Solamente la idea de programar el Otello verdiano en un teatro como el Villamarta de Jerez merece ya toda una consideración y respeto ante tal muestra de valentía. No sólo por el enorme esfuerzo que requiere a todos los niveles (dirección musical y escénica, trabajo vocal, orquestal, coral...), sino porque esta obra es la quintaesencia de lo que Verdi buscó con ahínco en sus veintiseis trabajos operísticos anteriores y que, en una de sus cartas (dirigida en 1870 a Ghislanzoni, el libretista de Aida) resumía con una feliz expresión: la parola scenica. Decía el maestro, "No sé si me explico al decir 'palabra escénica', pero me refiero a la palabra que esculpe y hace clara y evidente la situación". En definitiva, el logro de la plenitud dramática a través de la simbiosis teatral entre palabra y música.
La producción mallorquina utilizada en…
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