Glyndebourne es tradicionalmente un festival hecho para Mozart y Rossini y el regreso del Barbero, después de treinta y cinco años, no pudo ser más acertado, primeramente gracias a la puesta tan innovadora como simple propuesta por Annabel Arden, enmarcada en un poético paisaje de mosaicos azules de jardín andaluz. El resto del decorado es minimalista: un balcón y una puerta de filigrana con flores rojas entrelazadas en la primera escena, un gigantesco armario lleno de cajones que Bartolo vaciará desesperadamente en busca del certificado de exención de alojamiento a militares, y dos clavecines en la última escena. Los vestuarios evocan un hispanismo mixto: los miembros de la guardia civil que allanan la casa de Bartolo llevan tricornio y Rosina se da el gusto de probarse algunas faldas de manola.
La liviana efectividad del marco visual…
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