Hay tal amplitud y diversidad en esta deslumbrante misa de difuntos que su interpretación requiere, ante todo, de una acústica capaz. Ese es el primer gran instrumento imprescindible, y en primer lugar hay que constatar el magnífico comportamiento del auditorio del Kursaal con una obra comprometida, que propone con la misma calidad y pericia y en arrebatadora sucesión la proclama y el recogimiento, el fémur y el estribo. Libérrima, arrebatada y lúcida, esta misa requiere también de una orquesta segura y dúctil, de un coro mixto preferiblemente en estado de gracia, de un tenor solvente y de un maestro escultor, de esos que no dibujan la música, sino que la cincelan. Tugan Sokhiev lo fue. Supo crear un Requiem pasmoso, de una consistencia casi corpórea, y en el trance de crearlo con sus manos, de dejarlo brotar, asemejaba el centro del…
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