Desde el instante en que, sobre el suave tapiz de un murmullo orquestal, surgieron de su Stradivarius las primeras notas del concierto de Saint-Saëns -ese intenso motivo en el registro grave del violín- la figura de Joshua Bell se erigió como formidable protagonista de la velada. Un protagonismo en toda regla en el que se aunaron la calidez y limpieza de su sonido (de una amplitud suficiente como para que su discurso prevaleciera por sobre el trabajo orquestal), lo perfectamente ajustado de su técnica, tanto digital como de arco y su arrolladora personalidad.
Joshua Bell parece estar sólidamente integrado con su instrumento, acompañando con todo su cuerpo los vaivenes de la música que interpreta; se percibe de forma clara que disfruta con intensidad su tarea. Pero sus movimientos no son gratuitos ni buscan encandilar a los oyentes…
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