Remedando un poco el título que adjudiqué en 2010 al debut en el Colón del director californiano (también para el Mozarteum Argentino, en ese caso al frente de la Sinfónica de Montreal) [leer nota], se puede hablar sin ningún tipo de eufemismos que los conciertos que brindó ahora significaron un nuevo y quizás aún más marcado éxito. Solo dos obras conformaban el primero de los dos programas absolutamente diferentes que desarrolló en esta oportunidad. ¡Pero qué obras! Abrió el concierto el complicado poema sinfónico straussiano, una página que requiere tanto una orquesta muy amplia y de excelente nivel como un par de solistas sobresalientes: aunque siempre se lo considera como una obra concertante para violonchelo y orquesta, la parte de la viola precisa asimismo de un intérprete superlativo. Las partes solistas son de tal envergadura que…
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