Los dos conciertos protagonizados por estos intérpretes parecieron tener una impronta algo similar, con una primera parte volcada hacia lo dionisíaco (la exuberancia sonora de Strauss en uno, el exacerbado lirismo amoroso wagneriano en éste) mientras las segundas mitades estaban consagradas a obras de corte apolíneo, importantes sinfonías de Brahms y Bruckner. En el caso del presente programa con aún una mayor imbricación: las dos páginas de Wagner están ligadas de manera estrecha a la vez que hay pocos músicos tan rendidos ante el embrujo provocado por este creador como el gran sinfonista de Ansfelden.
El expuesto ataque del Preludio de Tristan e Isolda exige, sin duda, una concentración y un silencio especiales. De ahí que Nagano demorara más de lo habitual antes de comenzar su interpretación, seguramente buscando lograr ambas cosas. La…
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