Tomo prestado como título de esta reseña el del célebre estudio de Deryck Cooke fechado en 1975 sobre las diferentes versiones y ediciones de las sinfonías brucknerianas. Aunque no para hablar de ellas (la versión de la Octava escuchada hoy es la de 1890 en la edición de Leopold Nowak), sino para referirme a otro tipo de problemas. Mientras en la margen derecha del Rhin las obras de Bruckner siempre han formado parte del menú sinfónico ordinario, a este otro lado del río la recepción de estas sinfonías ha sido mucho más trabajosa: el público reconoce su carácter germano, pero echa de menos la concisión de Brahms, y además -al contrario de lo que ocurre con Mahler- su extensión las hace difícilmente tolerables por la falta de dramatismo.
El caso es que la escucha de Bruckner requiere de una virtud tan poco ibérica como la paciencia: como…
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