Esta vez pedí mi entrada para la segunda función, una “de estudiantes” presumiblemente no de literatura y música. De lo contrario esa suposición de Barrie Kosky plasmada en el programa de mano de que el noventa por ciento de la audiencia no ha escuchado una nota de la obra no hubiera tenido mucho sentido. Aparentemente yo me encontraba entre el diez por ciento. ¡Y para peor también he leído la novelita de Gogol! A poco de comenzada la obra el adolescente sentado al lado mío se acurrucó tiernamente en la pechera de su chica, para reaccionar con una carcajada cuando Platon Kuzmith Kovalov se quejó con un agresivo “¡Joder!” al no poder colocarse su nariz. En la tristemente pedestre traducción al inglés de David Poutney, el joder fue repetido varias veces, para regocijo de los pícaros estudiantes, y no es para menos. Porque la expresión…
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