La música de nuestro tiempo no podía permanecer de espaldas a la situación de crisis generalizada que vivimos en el siglo XXI: crisis económica (la más bombardeada por los poderes fácticos desde los medios de (in)comunicación, para que seamos conscientes de cuán necesario es que nos apretemos el cinturón -para que otros puedan holgarlo-), crisis ecológica (la que mayores estragos causará en un plazo de tiempo no muy largo), crisis política (véase el esperpento que padecemos en España, con capítulos renovados semanalmente -a diestras y siniestras-), crisis moral (producto de una concepción del ser humano cuya ontología se ha ido degradando desde ser al tener, para acabar como mera sombra en la caverna del parecer), o crisis -y tantas otras que podríamos añadir- cultural (aunque ésta parece importar a los menos, algo de lo que da fe tanto…
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