La caída de una seda, un terciopelo fruncido, tal vez el pequeño gesto de una exquisita mano enguantada en raso o en la más fina piel de cabritilla que con desdén toma la copa y mira al público haciéndolo suyo, su trofeo y su homenaje. No solo la voz, pero también, y primero la voz. La actitud, una cierta forma de entrar a escena que corta el aliento. Magia que solo unas pocas poseen y dosifican a su antojo; divas, diosas de la escena. En otras palabras, Anja Harteros. O Tosca, que viene a ser sinónimo en estos tiempos. Divago, lo sé. Empecemos.
La cita en la Wiener Staatsoper no podía ser más atractiva; Tosca es uno de esos títulos de los que es difícil cansarse, se reponía la producción de Margarethe Wallmann estrenada nada menos que en 1957 (y nada menos que con Karajan en el foso), y el trío protagonista, Anja Harteros, Jorge de León…
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