Discos

Fagioli reinventa a Rossini

Raúl González Arévalo
jueves, 17 de noviembre de 2016
Franco Fagioli: Rossini. Arias de Demetrio e Polibio (“Pien di contento in seno”), Matilde di Shabran (“Ah, perché, perché la morte”), Adelaide di Borgogna (“Vieni, tuo sposo e amante... Al trono tuo primiero”; “Soffri la tua sventura... Amica speme”), Tancredi (“Dolci d’amor parole”), Semiramide (“Ah, quel giorno ognor rammento”), Edoardo e Cristina (“La pietà che in sen serbate... Come rinascere vi sento in core”). Franco Fagioli, contratenor. Armonia Atenea. George Petrou, director. Un CD (DDD) de 75 minutos de duración. Grabado en el Megaron de Atenas (Grecia) en noviembre de 2015. Deutsche Grammophon 479 5681. Distribuidor en España: Universal
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El anuncio a bombo y platillo del fichaje inédito de Franco Fagioli como primer contratenor exclusivo de Deutsche Grammophon generó unas expectativas enormes. Lo justificaba el éxito obtenido especialmente en el repertorio barroco, refrendado con su participación en una serie de grabaciones históricas como Siroe, re di Persia de Hasse o Catone in Utica de Vinci (los dos para Decca), las recuperaciones de los Artaserse de Vinci y de Hasse (Virgin y Dynamic), sin olvidar el gran Händel (Rodelinda en Dynamic, Berenice en Virgin), acompañadas de incursiones puntuales hacia el Clasicismo, con Caldara (La concordia de’ pianeti) y Gluck (Orfeo ed Euridice). Si se añaden los recitales dedicados a Porpora y las arias compuestas para Caffarelli (ambos en Naïve), se explica que en poco más de un lustro haya conquistado la categoría de cantante de primera línea, gracias a un registro vocal que abarca tres octavas nada menos y una capacidad para la coloratura sobrehumana, exponentes de una técnica férrea. 

Sin embargo, el argentino no se conformaba con permanecer en lo que habría de considerarse su repertorio natural. Siguiendo los pasos de Max Emanuel Cenčić, que consagró hace unos años un recital a Rossini (Virgin), se anunciaba un monográfico dedicado asimismo al Cisne de Pesaro. No se trata de los únicos, también el italiano Marco Lazzara había cometido la misma osadía, aunque a dúo con Annick Massis. Sin embargo, Fagioli es el único que ha abordado un papel completo del genio de Pésaro sobre el escenario, Arsace de Aureliano in Palmira (grabado por Dynamic), operación que se justificaba porque se trataba de un personaje compuesto para el último de los grandes castrados, Giambattista Vellutti, quien, por cierto, también llegó a cantar en escena el homónimo de Semiramide. Pero precisamente un monográfico rossiniano se antojaba una operación un tanto excéntrica. 

Las notas de introducción justifican el repertorio elegido con varios argumentos. El primero es la propia opinión elogiosa del compositor sobre las capacidades y las características de los capones, cuyos días de gloria ya habían pasado. El segundo, el hecho de que Rossini -y otros compositores contemporáneos como él- ante la carencia de evirados a disposición, optó por asignar el papel de héroe protagonista en algunas óperas serias a la voz que más se le podía acercar, la de la mezzosoprano en travesti, en una regla sólo rota en Nápoles, donde tenía a disposición tenores tan extraordinarios como García, Nozzari y David. De esta forma surgieron Edoardo (Matilde di Shabran), Ottone (Adelaide di Borgogna), Tancredi o Arsace (Semiramide). La presencia además de la Armonia Atenea garantizaba una sonido orquestal reducido, alejado del orgánico romántico que habría dificultado la operación, además de resultar incongruente con la operación musical. También en esto se contaba con antecedentes, como la grabación parcialmente fallida de Norma con Fabio Biondi y su Europa Galante (TDK / ArtHaus). 

Quiero adelantar que, para mi sorpresa, la impresión final es muy positiva. La calidad del instrumento -no hablo aquí del magisterio canoro- hace que suene mejor incluso que otras voces femeninas que se han labrado parte de su fama precisamente con Rossini. Pienso especialmente en Jennifer Larmore, que grabó un recital para Erato con un programa muy parecido, además de numerosas integrales. La americana tenía una gran capacidad para la coloratura, pero un grave débil, engolado, y un centro hueco, que suplía a base de una técnica formidable que le permitía afrontar las partituras con soltura, e incluso brillantez, pero que no escondía las carencias del instrumento. Sorprendentemente, Fagioli resulta más convincente, sobre todo en aquellos papeles que conocen menos grabaciones discográficas, como precisamente Matilde di Shabran o Adelaide di Borgogna

La admiración salta en realidad cuando resulta que también ofrece una alternativa válida a otras interpretaciones como las de Lucia Valentini Terrani (gloriosa en el recital rossiniano para Fonit Cetra) o Martine Dupuy (poco grabada, desafortunadamente), de voces más plenas y redondas, ciertamente, pero de fraseo menos fantasioso. Pero además Fagioli compite sin complejos en el manejo de la coloratura. Con todo, también hay límites: así, no puede con el legado de Marilyn Horne, con la que en esta ocasión coincide en Arsace y Tancredi. Ciertamente Calbo, Malcolm y Falliero escapan al alcance de Fagioli por la personalidad marcial y el empuje de los protagonistas. Por el contrario, Arsace y Tancredi comparten una dulzura y una ingenuidad más asequibles. De hecho, el primero lo abordará en escena el año próximo en escena. Del segundo ofrece el aria alternativa (que también grabó la Horne, como Kasarova) en lugar del famoso “Di tanti palpiti”. De Arsace, la cavatina de entrada, donde acusa una cierta falta de empuje y, extrañamente, mayor espectacularidad en las variaciones, como si estuviera intimidado. Es el único momento en el que realmente no está a la altura de la expectativa y de los logros en las demás arias. 

La dirección de Petrou es perfecta, con una adhesión total al estilo rossiniano, no suena como un director barroco metido en Rossini, como ocurría con el Tancredi de René Jacobs. Ayuda, además, el sonido cálido, nada seco, de la orquesta, y los tiempos ajustados, vivos, pero no atropellados, como a veces ocurre con especialistas historicistas al acercarse al Clasicismo y el Romanticismo. Realmente no se le puede objetar nada. 

Seguramente no nos encontremos ante un nuevo tiempo (a diferencia de lo que ha ocurrido, lógicamente, en el Barroco), aunque si Rolando Villazón se permite cantar papeles de castrado en su disco de Händel (DG), con más razón aún este recital permite reinventar Rossini e imaginar que hubiera compuesto más para castrados como Vellutti. Sin embargo, Fagioli no hay más que uno, las capacidades de los contratenores no están hechas para Rossini (y no siempre siquiera para Mozart) y el repertorio de los siglos XVII-XVIII aún reserva posibilidades que se antojan infinitas. Pero después de esta experiencia espero con gran curiosidad el desarrollo del proyecto del argentino sobre los papeles del último castrado, en especial su Armando de Il crociato in Egitto de Meyerbeer (muy bien grabado por Michael Maniaci en Dynamic), pero también obras más desconocidas como Coriolano de Nicolini y Andronico de Mercadante. Y sobre todo, la publicación de esa Giulietta e Romeo de Zingarelli representada en Salzburgo en mayo pasado. Aunque, hasta entonces, estaré encantado de escuchar la próxima primicia: Adriano in Siria de Pergolesi (Decca), que aún no conoce una grabación brillante. 

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