Eschenbach dirige de memoria la Sinfonía número 5 de Mahler, pero la partitura no es lo único que tiene perfectamente estudiado: cada paso por el escenario, cada mirada y cada gesto parecen meditados para construir un icono casi tópico de maestro dominador, exigente hasta el capricho, también algo misterioso gracias a su aspecto mitad frágil, mitad férreo. Todo eso es, en apariencia, bastante peculiar, y encuentra en la orquesta de Stuttgart un instrumento dúctil, eficaz y sugestivo a través del que expresar una visión ciertamente personal de la gran Sinfonía número 5 de Mahler. También puede conducir al vacío, a una nada: ese fue el resultado del concierto de Ravel, programado de acuerdo a la creencia -discutible- de tener que ofrecer una obra como prólogo de otra tan amplia, densa y autónoma como la Número 5, que ciertamente se basta y…
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