Cada nuevo lanzamiento de Philippe Jaroussky es saludado con un grado de expectación mayor que el anterior, como corresponde a una auténtica estrella de la música. Se espera que se supere a sí mismo con cada paso que da. Que siente cátedra con cada nota que grabe. En esta ocasión la mercadotecnia había animado el interés bajo la premisa de que se trataba de la primera vez que el francés cantaba en alemán. Así que estaba justificada tanta expectativa. Otra cuestión es que los méritos indudables del intérprete y las salvas de la proyección obnubilen el criterio de los oyentes, aunque aquí, lo reconozco, entramos en el terreno de la subjetividad más absoluta. Así que vaya por delante la siguiente premisa: el contratenor canta divinamente -nunca mejor dicho-, explota su capacidad para el legato y el virtuosismo, la dulzura del instrumento y…
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