A tres semanas de comenzado el año parece evidente que 2017 no será un año anodino, ni tampoco fácil. El desfile de desapariciones importantes, de dolores y catástrofes viejos y nuevos, vergüenzas propias y ajenas (ayer, día 20, la última con un cambio de presidencia que no sólo no augura nada bueno para el país concreto, sino para el resto del mundo) es incesante. Uno podría legítimamente deprimirse, encerrarse en su casa, echarse al monte, hacerse congelar en la esperanza de dentro de un siglo la situación fuera algo mejor. Lo último es cuestionable y fuera de las posibilidades de casi todos, lo primero no conviene ni sirve demasiado. Queda aferrarse con fuerza de lo poco o mucho que, cerca o lejos, permita una cierta esperanza sin caer en optimismos fáciles e irresponsables.
Será una casualidad, pero en Barcelona estas semanas hay una…
Comentarios