La película de Murnau está reconocida como una cumbre de su género y periodo. Conserva una intensidad y una agudeza narrativa impresionantes, y el paso del tiempo la sumerge en un espacio de prestigio y vigencia reservado a las obras maestras de las Artes. Exige una mirada activa e impone respeto, y lo primero que cabe decir de la composición de Sánchez-Verdú es que provoca una mirada más ávida del espectador hacia las imágenes y que respeta escrupulosamente el filme, sin parasitarse en él ni ponerse a su servicio al modo de una banda sonora, cosa que no es en absoluto. Sólo en momentos muy puntuales la música y la narrativa fílmica parecen converger, como en los redobles de tambor del bando en el que se le anuncia a la ciudad la llegada de la peste, o en efectos de viento, pero es sólo para volver a cobrar una inmediata distancia: ambos…
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