Como el cine de Yasujiro Ozo, esta producción de Madama Butterfly resplandece a través de un minimalismo desprovisto de esas puerilidades de sobreactuación tan comunes en el caso de regisseurs que aspiran a transformarse en protagonistas y que en Madama Butterfly tratan piruetas de kabuki, turismo sexual y condenas a las armas atómicas y el imperialismo estadounidense. No así en el cuadro escénico de Christian Fenoulliat, con paneles de papel arroz que solo se corren para permitir asomarse al mundo exterior con una noche estrellada, un jardín desbordante de flores y, finalmente, un huérfano que, como el hijo de Wozzeck y Marie, enfrenta su destino con una inocencia totalmente ajena a su tragedia.
Moshe Leiser y Patrice Caurier instruyen un movimiento de personas tan nítido como el horizonte marítimo donde Butterfly proyecta su autoengaño…
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