La Staatsoper de Múnich es, hoy en día, la cuna de la ópera en absoluto, quizás haya otros teatros a la par, no lo pongo en duda, pero nunca por encima, y no porque de vez en cuando dé pinceladas magistrales en su soberbio lienzo, sino porque con inusitada frecuencia provoca que el género en sí vuelva a nacer y brille con esplendor al proponernos veladas como la del presente Tannhäuser. Adelanto que no fue una noche perfecta, no las hay en estas lindes, pero sí memorable.
El impecable casting y la segura dirección de Kirill Petrenko –pese al reto que supone una partitura que el propio Wagner nunca dejó de revisar– podía haber servido de parapeto para ofrecer una puesta en escena que simplemente acompañase, sin embargo, pusieron la escena, el vestuario y hasta la iluminación en manos de Romeo Castellucci, cuyos precedentes trabajos…
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