Rusia

Cinderella

Maruxa Baliñas

miércoles, 16 de agosto de 2017
San Petersburgo, jueves, 6 de julio de 2017. Mariinski II. Sala nueva. Cinderella, ballet en tres actos. Coreografía de Alexei Ratmansky. Música, Sergei Prokofiev. Libreto, Nikolai Volkov sobre el cuento de Charles Perrault. Ilia Utkin y Yevgueni Monajov, decorados. Elena Markovskaya, vestuario. Intérpretes: Anastasia Matvienko (Cenicienta), Alexander Sergeev (Príncipe), Daria Pavlenko (Madrastra), Elena Yevseyeva (Judishka), Tatiana Tkachenko (Kubishka), Irina Prokofieva (Hada), Andrei Yakovlev (Padre de Cenicienta) y otros. Ballet del Teatro Mariinski. Orquesta del Teatro Mariinski. Valeri Ovsyanikov, director musical. XXV Festival 'Estrellas de las noches blancas'.

Si el público del Teatro Mariinski es 'maniático' con la ópera, en el caso del ballet el problema es aún mayor. Como pasa con el fútbol en España, muchos rusos son 'expertos' en ballet, discuten apasionadamente los repartos de cada función y tienen clarísimo qué bailarín debe hacer qué y cómo. Los coreógrafos son vistos más o menos cómo nuestros entrenadores, y cada nuevo título o montaje es todo un problema para la dirección del Mariinski. En este momento Alexei Ratmansky es uno de los coreógrafos más presentes no porque sea el mejor -que a lo mejor lo es- sino porque es bastante bien aceptado. Sus ballets incluyen una dosis moderada de novedad, pero fuertemente anclada en la tradición, de modo que se le puede criticar, pero no rechazar frontalmente. Hace unos días comenté su Ana Karenina, que me encantó, y ahora toca abordar su Cinderella, que no me acabó de convencer, por más que reconozca que formalmente está bien planteada.

La historia está bien contada, Ratmansky recupera elementos de la pantomima que en Rusia aún se conservan bastante bien (se representan muchos Don Quixote, Corsario, Giselle, etc.) y ocasionalmente utiliza gestos del ballet decimonónico, por lo que la narración se sigue perfectamente. Incluso por momentos resulta excesivamente evidente y enseña donde debería sugerir. El decorado es escaso, pero suficiente, y los elementos fundamentales se mantienen por lo que tampoco en este aspecto hay problemas. ¿Qué falla entonces?

Pues precisamente lo que sobraba en Karenina: la emoción, los sentimientos. La historia de Cenicienta, maltratada por su madrastra y hermanastras, olvidada por un padre volcado en el alcohol -un aspecto que aquí se deja clarísimo- que sólo ve en ella un fantasma de su primera esposa, puede funcionar todavía perfectamente por más que sea un tópico. Todos seguimos sintiéndonos ocasionalmente maltratados por la vida y olvidados por aquellos que deberían defendernos.

Los bailarines defendieron bien sus papeles. Anastasia Matvienko (Cenicienta) pareció una auténtica adolescente, insegura y tímida, incluso en sus danzas con el Príncipe. Es elegante y expresiva. Alexander Sergeev (Príncipe) llegó a poco, en buena medida porque tampoco el coreógrafo le reserva un gran lucimiento fuera de sus pas de deux con Cenicienta. Daria Pavlenko (Madrastra) en cambio sobrepasó su papel, es muy buena mímica y baila bien, pero además tenía un aspecto bastante juvenil, por lo que añadió un matiz a su papel: no sólo era una madrastra más egoísta que malvada, sino además de esas que aspiran a competir con sus propias hijas en atractivo. Las hermanas, Elena Yevseyeva (Judishka) y Tatiana Tkachenko (Kubishka), en cambio se quedaron cortas, tanto en mímica como en maldad, prácticamente en ningún momento llegaron a ser ridículas ni cómicas. Por supuesto son unas bailarinas correctas, sin errores, pero su madre las superaba casi siempre.

Espléndida la compañía en los bailes colectivos en el palacio, sin esa exactitud rígida de la época soviética que aún les duró unos años más, pero muy bien marcados siempre. Asimismo es un lujo -que a menudo se olvida- el contar con una buena orquesta para acompañar y sobre todo con un director especializado. La música fue un placer.

En resumen, una buena representación marcada por una coreografía de una calidad inferior a la partitura y a los bailarines. ¿Merece la pena verla? Sí, rotundamente. La partitura de Prokofiev es muy buena, los solistas y compañía de ballet son de alta calidad, y la coreografía de Ratmansky tiene valores atractivos, como el entroncamiento con la tradición y el interés en hacer real y creíble la historia. ¿Una función inolvidable? Pues por lo menos para mí, no. Agradable y entretenida simplemente.

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