Hace unas semanas, con ocasión de sus crónicas desde Leningrado (perdón, se me ha escapado), Maruxa Baliñas se preguntaba cuántas orquestas del Mariinsky hay. Tampoco tengo la respuesta, pero sí sé que la de esta noche –formada en su mayoría por músicos muy jóvenes, y a su vez mayoritariamente chicas, empezando por la concertino- sonaba como suena siempre: por separado, la cuerda grave es más seca que la mojama, la aguda áspera, la madera incolora, y el metal tiende a la oquedad; y sin embargo, en conjunto todos ganan cuerpo, tocan estupendamente empastados, y obedecen tan disciplinados como el Ejército Rojo en un desfile del Primero de Mayo.
Lo cual es obra -y orden- de Valery Gergiev (Moscú, 1953), que ahí sigue, con su mondadientes en la mano derecha, el tembleque en la izquierda, sus bufidos nasoguturales, y esa cara de llevar treinta…
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