Holanda

El triunfo de Preziosilla

Jorge Binaghi

jueves, 5 de octubre de 2017
Amsterdam, lunes, 25 de septiembre de 2017. De Nationale Opera. La forza del destino (San Petersburgo, Teatro Imperial, 10 de noviembre de 1862, versión revisada para el Teatro alla Scala de Milán, 27 de febrero de 1869), libreto de F.M. Piave, completado por Ghislanzoni, música de G. Verdi. Puesta en escena: Christof Loy. Escenografía y vestuario: Christian Schmidt. Luces: Olaf Winter. Coreografía: Otto Pichler. Intérpretes: Eva-Maria Westbroek (Leonora), Roberto Aronica (Alvaro), Franco Vassallo (Don Carlos de Vargas), Vitalij Kowaljow(Padre Guardián), Alessandro Corbelli (Fray Melitón), Veronica Simeoni (Preziosilla), James Creswell (Marqués de Calatrava), Carlo Bosi (Trabuco), Roberta Alexander (Curra), Roger Smeets (Alcalde), Peter Arink (Un cirujano), y otros. Orquesta Filarmónica de los Países Bajos y coro del Teatro (maestra de coro: Ching-Lien Wu). Dirección de orquesta: Michele Mariotti.

Cada nueva producción de esta obra, la ‘maldita’ entre las de Verdi, es siempre objeto de gran atención. Más raro es que los resultados sean parejos y positivos. Sin que haya estado todo al mismo nivel esta vez ese ha sido el caso. Por fortuna. Si es lugar común decir que para Il Trovatore ‘basta’ (¿) con encontrar los cuatro mejores cantantes del momento en su cuerda nadie afirma lo mismo para, pongamos, Aida (al menos cuatro), Don Carlos (al menos cinco) o esta misma (seis). Porque en efecto son necesarios, imprescindibles, pero no bastan.

Nunca se insistirá bastante (incluso para el pobre Trovatore) en la necesidad de un muy buen director de orquesta. Tarea cumplida en esta ocasión. No muy bueno, sensacional: Mariotti es joven, ha aparecido como un gran maestro en el repertorio rossiniano y belcantista, pero hace tiempo que está extendiendo su repertorio. Y dirigir Forza no significa dirigir muy bien su famosa –con razón- obertura. Aquí hubo capacidad de acompañamiento (ni una voz quedó cubierta), matices, dinámica, ritmo (sólo un par de veces, en ese infernal segundo cuadro del tercer acto –‘infernal’ por lo difícil, no por lo ‘malo’ o ‘convencional’ o ‘poco exitoso’ como se suele afirmar- hubo algún tiempo excesivamente rápido) y sobre todo un sentido del drama que dejaban estupefacto. Hay frases, recitativos, que pueden parecer triviales y a los que Mariotti supo inculcarles toda su carga demostrando qué genio del teatro lírico era Verdi.

Más; como se sabe el ‘tema del destino’ se repite en varios momentos: ninguno fue idéntico al anterior, ninguno fue mecánico. Es rarísima la vez en que la introducción a los cuadros del convento –escenas 2 y 3 del acto segundo- han sonado tan integrados en la acción: la primera fue tan angustiosa como la situación de la protagonista; la segunda, preludio a la serenidad que supuestamente la espera.

La puesta en escena no queda libre de reservas, pero funciona; incluso me ha resultado la mejor de las que conozco de Loy. Sobre todo por su trabajo sobre todos los artistas y figurantes. Es cierto que la escena única resulta forzada, es cierto que algunos personajes y movimientos son superfluos o gratuitos (las arias siguen ‘molestando’ a los hombres de teatro, que insisten, como en este caso, en poner a otros personajes silenciosos o comparsas, y a buscar un ‘dinamismo escénico’ a cualquier precio), que la obertura –y en especial en este caso- pierde cuando se la interpreta por más que se le agreguen datos que estaban en el original de Saavedra, pero que Piave y Verdi dejaron de lado. Pero lograr hacer de Preziosilla un verdadero personaje, que el público estalle en aplausos en sus intervenciones de –precisamente- el tercer acto gracias, además, a la difícil pero fantástica coreografía de Pichler no es algo que se vea todos los días. Claro que en este caso concreto será difícil que vuelva a ser lo mismo cuando cambie la intérprete: Simeoni cantó magníficamente, pero se movió y bailó con una entrega y perfección notables con lo que entra, para mí, como la más completa intérprete del papel.

A Westbroek la había visto cuando debutó su protagonista en Bruselas, hace casi diez años. Como entonces, las notas filadas son escasas o cuestan, y con el repertorio que ha cantado, no es de extrañar que el agudo suene entre metálico y ácido o ambas cosas a la vez. Pero en cambio no ha habido defectos como en las últimas veces en que la he escuchado (notas calantes o crecientes, inestables, vibrato) y el centro y el grave fueron ideales, como la intérprete. Igualmente apasionado, pero con un canto seguro, directo, convencido y sin mostrar nunca fatiga fue el excelentísimo Alvaro de Aronica, voz oscura, extensa, sin necesidad de recurrir a subterfugios para cubrir el expediente.

Corbelli fue un Melitón inmenso, merecedor de los aplausos y carcajadas que se le tributaron: personalmente, no he visto uno mejor desde el genial Bruscantini.

Kowaliov repitió su conocido y muy buen Padre Guardián aunque en el terceto final se lo escuchó poco. Vassallo tiene una voz importante, que don Carlos de Vargas requiere, pero no sólo. Y sus limitaciones están allí: un fraseo genérico, efectos de gusto discutible en el agudo, un grave que a veces no funciona (cabaletta ‘Egli è salvo’) y en cualquier caso de feo color. Creswell tiene medios importantes, pero aún no los domina del todo. La veterana Alexander en un papel breve (prolongado aquí por su actuación en la obertura), pese a ser soprano y no mezzo, fue una Curra que no pasó desapercibida. El Trabuco de Bosi fue ejemplar, sencillamente. Con la complicidad de Mariotti cantó sus frases del tercer acto de tal modo que las similitudes con el inocente del Boris fueron más claras que nunca. Teatro repleto y, como se ha dicho, éxito enorme para todos.

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