Un Bósforo separaba las dos partes del programa del atractivo segundo de temporada de la Sinfónica de Euskadi; una pausa breve, ciertamente, pero al mismo tiempo inmensa, sita entre dos continentes musicales distantes y singulares, el de Ravel y el de Shostakovich. A cada lado un estado de ánimo, emotivo y grácil en el comienzo y vigoroso hasta el ímpetu en la segunda parte. A esta amplitud atendían un maestro poderoso, de una calidad evidente y se diría que creciente, y una orquesta exigida, que supo desenvolverse no solo en Ravel, uno de esos compositores en los que esta formación encuentra su espacio más natural -¿y cómodo?-, sino también en una versión convincente de la 1905 de Shostakovich.
El protagonismo de la primera parte del programa recayó con toda lógica en Joaquín Achúcarro. En su concierto, cuidado nota a nota y…
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