Creo que, como en el caso de Guillermo Tell, una versión escénica de Semiramide debería empezar sin esa obertura descomunal que inmediatamente distrae la atención de todo lo que sigue. Porque en el caso de Semiramide lo que sigue es un inolvidable refrito abarcador de un extenso período de cambio, con números que como la cabaletta de Arsace evocan la acrobática brillantez de coloraturas a lo Tancredi e incluso tonalidades de Cenerentola y monólogos que anticipan al mejor Verdi (Azur: “deh! ti ferma”). Pena que la narrativa teatral sea un deshilvanado pelmazo, porque, musicalmente hablando, Semiramide no tiene desperdicio. Solo se trata de abandonar cualquier pretensión de entenderla como unidad dramática coherente para concentrarse en las arias, dúos o conjuntos por separado. Es entonces que podemos apreciar la convicción y coherencia de…
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