Discos

Aún hay espacio para un nuevo Mesías

Raúl González Arévalo

martes, 26 de diciembre de 2017
George Friedrich Handel: The Messiah, oratorio en tres partes, versión del Foundling Hospital (1754). Sandrine Piau y Katherine Watson (sopranos), Anthea Pichanick (contralto), Rupert Charlesworth (tenor), Andreas Wolf (bajo). Coro y Orquesta Le Concert Spirituel. Hervé Niquet, director. Dos CD (DDD) de 116 minutos de duración. Grabado en Nuestra Señora del Líbano, París (Francia) del 20 al 22 de diciembre de 2016. ALPHA CLASSICS, ALPHA 362. Distribución en España: Semele Music.

Con decenas de grabaciones del oratorio más famoso del repertorio a disposición del melómano, es lógico que en la presentación de la grabación el director, Hervé Niquet, lo primero que plantee sea "por qué un nuevo Mesías". La respuesta es rápida y sencilla: en la práctica empresarial que Handel desarrolló paralelamente a su faceta creativa nuestro compositor adaptaba sus obras al reparto disponible. De la misma manera que componía nuevas arias y transportaba las existentes en sus óperas londinenses cuando los repartos se sucedían después del estreno, incluso a años de distancia, Handel adaptó en diversas ocasiones su oratorio El Mesías. Niquet calcula que existen una docena de versiones con variaciones respecto a la original estrenada en 1742. Su atención se ha detenido en la de 1754, montada a beneficio del orfelinato Foundling Hospital, pocas veces interpretada porque requiere cinco solistas en vez de los cuatro habituales. Tan esporádica es la atención que se le ha prestado que, de hecho, apenas había una grabación de ella, de la mano de Christopher Hogwood, de 1979 para L'Oiseay-lyre (entonces filial para barroco de Decca). Lástima que el extenso texto del libro-disco no se detenga en explicar las singularidades de la versión. Se trata de un homenaje en toda regla al director, que concede una extensa entrevista en su interior.

La grabación de Hogwood, convertida en un clásico, es pues el punto de partida de la propuesta de Niquet, que aun declarándose admirador del registro, señala que desde el punto de vista organológico la versión ha quedado desfasada a día de hoy. Y tiene razón. Más aún, no esconde una fuerte crítica al decir que no se debe interpretar la partitura como en tiempos de la reina Victoria, con una solemnidad que la aleja de la teatralidad que subyace en ella y que la acerca al género operístico, perspectiva desde la que declara abordarlo.

En consecuencia, lo oportuno es comparar las dos versiones dejando fuera (en la medida de lo posible) otras versiones conocidas. Empezando por el reparto. Hogwood tuvo a disposición un elenco de cantantes (Emma Kirby, Judith Nelson, Carolyn Watkinson, Paul Elliot, David Thomas) que representaba a la perfección el ideal británico del barroco. Las dos sopranos y el tenor son básicamente voces blancas, carentes de color y que restringen al mínimo el uso del vibrato como recurso expresivo y estilístico. La mezzosoprano interpreta con una enorme sobriedad su parte y solo el bajo se sale de esta tónica, ayudado sin duda por el carácter de las arias. La Academy of Ancient Music sigue este planteamiento que casi se podría considerar de ascesis musical. Hogwood, a pesar de su fama, nunca me ha parecido un director fantasioso, aunque ciertamente el oratorio convenía más a su personalidad que las óperas.

Niquet declara querer situarse en el polo opuesto. Ciertamente, sus cantantes hacen uso del vibrato, presentan más variedad en la ornamentación (no era difícil) y acentúan el aspecto dramático de la obra, en particular en los recitativos, que son interpretados y no tratados como lecturas de iglesia que buscan sublimar el texto. Como calidad vocal en conjunto lo encuentro superior. Solo prefiero el material vocal de Watkinson frente a Pichanik y de Thomas frente a Wolf, un punto claro este último. Pero se trata de una consideración de gusto personal y no afecta a la interpretación. En particular destacan Sandrine Piau y Rupert Charlesworth, soberbios en sus arias.

En esta misma línea, Le Concert Spirituel suena, tanto el coro como la orquesta, inevitablemente más moderno, acorde con el modo de interpretar a Handel en nuestros días. El sonido es mucho más cálido, espléndido en los colores y el empaste, la interpretación se aleja de la sobriedad de Hogwood. Solo hay un punto en el que encuentro que Niquet no ha logrado su objetivo: aun siendo sin duda más dramático en su dirección, no encuentro que sea tan teatral como pretende. Para muestra, los tiempos de los recitativos y algunas arias. Apenas las del bajo transmiten urgencia. El mejor exponente de esta óptica radica en el archifamoso "Allelujah", al que falta grandiosidad, en el sonido y en la interpretación, que resulta un tanto desvaída. En última instancia, no causa un impacto que te corte la respiración ni te levanta del asiento. Para interpretaciones realmente dramáticas, por no decir operísticas, me sigo quedando con las propuestas de Jacobs y Minkowski. 

En todo caso, para la versión de 1754, no lo duden: Niquet mejor que Hogwood (aunque sea de obligado conocimiento para quienes deseen ver la evolución en la interpretación de la obra).

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