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Discos

Divino Dante

Raúl González Arévalo

jueves, 11 de enero de 2018
Benjamin Godard: Dante, ópera en cuatro actos (1890) sobre libreto de Édouard Blau. Edgaras Montvidas (Dante), Véronique Gens (Béatrice), Jean-François Lapointe (Bardi), Rachel Frenkel (Gemma), Andrew Foster-Williams (L’ombre de Virgile/Un vieillard), Diana Axentii (L’écolier), Andrew Lepri Meyer (Un héraut d’armes). Chor des Bayerischen Rundfunks. Müncher Rundfunkorchester. Ulf Schirmer, director. Dos CD (DDD) de 141 minutos de duración. Grabado en el Prinzregententheater de Munich (Alemania) el 29 y 31 de enero de 2016. Ediciones Singulares ES1029. Distribuidor en España: Semele Music.

Ya he tenido ocasión de decirlo con anterioridad, pero esta no va a ser menos: a pesar de cierta sensación infundada de que en ópera ya se conoce y se ha grabado todo lo que merece la pena, iniciativas como la de Ediciones Singulares desmienten el mantra una y otra vez con cada nuevo lanzamiento. Dante está perfectamente a la altura de la serie que la discográfica dedica a la ópera francesa con el apoyo del Palazzetto Bru Zane.

El sujeto era demasiado goloso para que no se convirtiera en un drama lírico: un marco histórico inigualable, Florencia, en una coyuntura compleja, el enfrentamiento entre güelfos y gibelinos. Con un protagonista potente, el poeta Dante Alghieri, en su doble faceta de político y de creador. Un sujeto amoroso entre la realidad y la imaginación: Beatrice Portinari. Y un gran libro: la Divina comedia. Berlioz ya había demostrado la potencialidad de trasladar a escena un proceso creativo extraordinario con un protagonista poderoso en Benvenuto Cellini (1838). Pero el atractivo de su Perseo con la cabeza de Medusa es mucho más tangible e inmediato que el de una obra literaria, por más que sea culmen de la lengua italiana. Ahí residía uno de los desafíos a los que se enfrentaba Benjamin Godard cuando decidió emprender su nueva ópera después del éxito de la que está considerada su obra maestra, Jocelyn (1887).

No puedo valorar si Jocelyn es superior a Dante. Pero sí puedo decir que la grabación de la segunda basta por sí sola para restaurar en todo su valor el reconocimiento que su autor merece. La escucha revela inmediatamente el antiwagnerianismo del que hacía gala Godard, frente a otras óperas de compositores contemporáneos como Reyer (Sigurd, 1884) o Chabrier (Gwendoline, 1886). Al mismo tiempo, la escritura orquestal revela un fuerte influjo de compositores como Gounod o su maestro Thomas, dedicatario de la partitura, que había cosechado un fracaso con su última composición lírica, Françoise de Rimini (1882), sujeto histórico cuya versión más conocida procede curiosamente del "Infierno" de la Divina comedia. Ambos temas, el amor de Francesca y Paolo, como el de Dante y Beatrice, resultaban obsoletos si no eran tratados conforme a los cánones musicales en boga.

Godard fue definido por sus contemporáneos como un romántico tardío, que no era un hombre de su tiempo. Ante eso poco podía una inventiva deslumbrante en la instrumentación, que rivalizaba sin problemas con la de Massenet. No en vano algunos pasajes recuerdan a Werther, aunque sin alcanzar el nivel de carga dramática desplegada por el compositor. Con todo, quizás el mayor problema resida en la incomprensión del público ante el aspecto más original de la partitura: la recreación del "Infierno" y el "Cielo" de la obra maestra de Dante. Massenet lo tuvo más fácil en Le roi de Lahore (1877) porque el Paraíso de Indra en el que está ambientado el tercer acto resultaba exótico y era ajeno a la cultura occidental. Por el contrario, las referencias católicas presentes en la civilización occidental hicieron más vulnerable la propuesta de Godard.

La brillante prestación de la Orquesta de la Radio de Múnich permite disfrutar plenamente de la orquestación ideada por Godard gracias a la calidad del conjunto y la transparencia del sonido, realzado por la calidad de la toma sonora. El coro se desempeña muy bien, aunque la dicción no siempre es clara. La dirección de Ulf Schirmer es difícilmente mejorable. El alemán no da tregua en el desarrollo de la obra, no solo no hay caídas de tensión, sino que es capaz de conjugar sin problemas el lirismo de la escritura vocal con el drama en el que se inserta. Ni siquiera en la Visión sacada de la Divina comedia hay concesiones hedonistas, que habría sido lo más fácil. Sin necesidad ya de justificar la modernidad o no de la partitura (llegados a este punto todas son de otra época), Schirmer se puede concentrar en sacar el mayor partido a la armonía original que Godard propone sin cesar. Esta es la tercera ocasión en la que el director de orquesta consagra al disco una grabación indispensable para profundizar en el repertorio francés de la mano del sello español tras Proserpine de Saint-Saëns, Cinq-Mars de Gounod y previsiblemente habrá más. Deseando estoy.

El reparto es una parte fundamental de la impresión sobresaliente que causa la obra. Edgaras Montvidas se ha convertido, si no me fallan los cálculos, en el tenor más grabado de la serie, con los precedentes de Les barbares de Saint-Saëns y Herculanum de David. El lituano se encuentra en un momento vocal espléndido, responde con arrojo, arriesgando, a las exigencias dramáticas y vocales de un papel de tesitura masacrante, siempre en estilo, con una articulación perfecta del idioma, sin caer en el verismo que se ha apropiado de otros papeles franceses (Don José) ni en el wagnerianismo que requieren Reyer o Chabrier.

Aunque sea poco original, uno no sabe ya qué decir de Véronique Gens cuando canta el repertorio galo, da igual que se trate del barroco o del tardorromanticismo, en todos los estilos reina como tragédienne suprema. La soprano ha alcanzado ya una talla histórica, es la mejor defensora actual de la escuela lírica francesa por su dominio de la prosodia y la intención que confiere a la palabra, siempre desde una autoridad vocal intachable. Su Béatrice es femenina y dulce como corresponde al personaje. Con Montvidas compone una pareja protagonista creíble, insuperable. Hay ganas de más, deseando escuchar su Catarina Cornaro de La reine de Chypre de Halévy, que el Palazzetto Bru Zane patrocinó el verano pasado.

Jean-François Lapointe y Rachel Frenkel son el contrapunto necesario como la pareja de malos (Bardi y Gemma) que dan perfecta respuesta vocal e interpretativa a los dos protagonistas. Para muestra, el dúo que comparten en el segundo acto.

En 2018 se celebra el bicentenario del nacimiento de Charles Gounod. Previsiblemente el patrocinio de la fundación Palazzetto Bru-Zane de La nonne sanglante y Le tribut de Zamora (de nuevo con Montvidas) terminará asimismo en los libro-discos de Ediciones Singulares, como previamente ocurrió con Cinq-Mars. Hasta que se confirme primero y ocurra después la espera se hace larga.

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