En el bicentenario de Bellini ha sido Lieja, en Bélgica, quien más y mejor se acordó de él. No sorprende, porque es el único de los teatros del país que ha conservado el gusto por la ópera belcantista y, en general, la idea de cómo hacerlo. Este año, además, apuntó donde debe, superando anteriores limitaciones que frustraron parcialmente esfuerzos interesantes como La Favorite. A la dirección de orquesta. Primero Zedda en La Sonnambula y ahora Giuliano Carella conocen el género, lo aman y eso se transmite ineludiblemente a una orquesta que en otras manos ha sonado absolutamente desorbitada. Personalmente, nunca he oído la primera escena -tan difícil- tan lograda en su atmósfera, ni tan lograda la continuidad dramático-narrativa. Ayudó sin duda que se abrieran los cortes, pero Carella consiguió el milagro de recordar que Bellini no era…
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