SIZE XS SIZE SM SIZE MD SIZE LG

Discos

Fenomenología celibidacheana

Paco Yáñez

viernes, 5 de enero de 2018
Franz Schubert: Sinfonía Nº8 en si menor "Unvollendete" D 759. Antonín Dvořák: Sinfonía Nº9 en mi menor "Z nového světa" opus 95. Gustav Mahler: Kindertotenlieder. Richard Strauss: Tod und Verklärung opus 24. Brigitte Fassbaender, mezzosoprano. Münchner Philharmoniker. Sergiu Celibidache, director. Münchner Philharmoniker y Bayerischer Rundfunk, productores ejecutivos. Wolfgang Karreth, Gerhard von Knobelsdorff y Hans Schmid, ingenieros de sonido. Dos CDs ADD/DDD de 74:12 y 60:49 minutos de duración grabados en la Herkulessaal y en la Gasteig Philharmonie de Múnich (Alemania), los días 17 de febrero de 1979, 30 de junio de 1983, 16 de junio de 1985 y el 30 de septiembre de 1988. Münchner Philharmoniker Archive MPHIL0004 (Schubert & Dvořák) y MPHIL0006 (Mahler & Strauss).

El año que acabamos de dejar se llevó a uno de los comunicadores más sabios y carismáticos de cuantos ha conocido la música clásica (y la cultura, en general) en España: José Luis Pérez de Arteaga, musicólogo, crítico y locutor al que echamos cada vez más en falta en una Radio Clásica progresivamente a la deriva, en la que voces del empaque y la seriedad de la suya se han ido 'sustituyendo' (salvo honrosas excepciones: 'Música Viva', 'La dársena', 'Ars canendi'...) por presentadores con un perfil más propio de un programa de variedades (en su concepción más trivializada, atestando de músicas fuera de lugar y de superficialidad una emisora a la que cada vez hay menos motivos para conectarse). Ajeno a esa progresiva banalización del medio, José Luis Pérez de Arteaga fue uno de los mayores estudiosos y divulgadores en nuestro país de la vida y la obra de Gustav Mahler (Kaliště, 1860 - Viena, 1911), como demuestran tanto sus programas de radio como sus publicaciones bibliográficas. En el último de sus libros dedicados al compositor bohemio, Pérez de Arteaga nos ofrece una prolija valoración de la discografía de Gustav Mahler, personal y discutible, como todas, pero siempre interesante y producto de décadas de atenta escucha. En el apartado dedicado a los Kindertotenlieder (1901-04), Arteaga concede su máxima calificación -compartida con otras lecturas que tienen en las voces a Kathleen Ferrier (1949, EMI; 1951, Decca) y a Dietrich Fischer-Dieskau (1962, Melodram; 1963, Deutsche Grammophon)- a una versión mítica que llevaba años esperando una edición oficial: la del director rumano Sergiu Celibidache, en uno de sus escasísimos acercamientos a la música de Mahler, acompañado en aquel superlativo concierto del 30 de junio de 1983 en la Herkulessaal muniquesa por la mezzosoprano Brigitte Fassbaender y su Münchner Philharmoniker.

Después de que en su día apareciera en el sello Topazio (TP 2604-9), por fin el Münchner Philharmoniker Archive acaba de reeditar una de las grandes joyas de la discografía mahleriana: una versión que nos pone los pelos de punta, tan pausada, detallada y expresiva como podamos imaginar y pedir a un Sergiu Celibidache del que hoy nos congratula presentar estas cuatro soberbias grabaciones registradas por la Bayerischer Rundfunk: parte de la tan demorada publicación de su legado fonográfico...

...y lento es, tal y como tenía por costumbre Celibidache, especialmente a partir de la década de los ochenta, el comienzo en el oboe de estos Kindertotenlieder repletos de matices, capaces de exprimir al máximo su calidad camerística, haciendo de la Münchner Philharmoniker una orquesta de solistas, especialmente en vientos y metales (sin olvidar a arpa, glockenspiel y celesta, que tendrán un papel muy realzado en esta versión). Ese énfasis en los matices lo percibimos ya nítidamente en un primer lied, Nun will die Sonn' so hell aufgehn, por Celibidache expuesto de forma serena, sin desbordar las tensiones que dentro de la orquesta se expanden de forma contraria: entre las que deprimen la armonía hacia un oscuro modo menor y las que realzan su brillo hacia el modo mayor: dicotomía entre la noche del poeta que llora su pérdida y el amanecer progresivamente luminoso del mundo. Complejo papel, en una versión tan extrema, para la voz solista; pensemos que Brigitte Fassbaender, tan sólo un lustro después, en su grabación de los Kindertotenlieder con Riccardo Chailly y la DSO Berlin (Decca 425 790-2) empleará dos minutos menos en cantar este primer lied (7:42, con Celibidache; 5:39, con Chailly), con la rebaja en la tensión vocal y expresiva que ello supone, deparando una lectura berlinesa más neutra y atenuada en matices que la más intensa cantada con Celibidache sobre el podio, capaz de hacer de la voz de Fassbaender un instrumento más en esa tensión dicotómica entre la luz y la oscuridad. La forma en que ha de prolongar sus fraseos, estirando su canto en paralelo al acompañamiento orquestal, crea dos sustancias vocales dentro de un mismo verso: más compacta y firme, en el ataque; progresivamente marcada por el vibrato y la tensión armónica contrapuesta, cuando la voz se 'desestabiliza' al forzarla más allá del tempo que -quizás- el propio Mahler hubiese impuesto como director. Ello hace de la voz un espejo sonoro de la tensión contrapuesta del verso rückertiano, mostrando una belleza que es, como siempre en Celibidache, proceso fenomenológico en pos de la verdad; aquí: la dualidad del sentimiento humano entre la vivencia de su desgracia y la paralela contemplación de la belleza del mundo, escindido entre la pérdida y la esperanza. Pocas veces se ha expresado Nun will die Sonn' so hell aufgehn de un modo instrumentalmente más elegante, sugerente y contenido; así como vocalmente más repleto de matices.

La segunda canción, Nun seh ich wohl, warum so dunkle Flammen, muestra un tempo más convencional, lo que depara una lectura de 5:39 minutos, en línea con muchos otros directores mahlerianos de fuste. Celibidache los emplea en crear, de nuevo, un gran contraste anímico a través de la luz como sustancia vocal-instrumental, desde las siniestras fantasmagorías de su arranque, hasta esa claridad final, aquí demorada, matizada y con cierta veladura obscura en unos motivos conclusivos de arpa y vientos que nos revelan que esa visión de los ojos infantiles como estrellas en noches venideras, esa asimilación y transubstanciación del dolor, no está, ni mucho menos, resuelta en esta segunda estación del particular martirologio rückertiano (frente a otras versiones en este lied más -prematuramente, creo- asertivas).

Similares presupuestos en Wenn dein Mütterlein tritt zur Tür herein, lied en el que Fassbaender imparte toda una lección de flexibilidad en el canto, desde su registro grave inicial hasta sus agudos más acusados, mostrando un rango de mezzosoprano de ley (el pasaje "sondern auf die Stelle, / näher nach der Schwelle, / dort, wo würde dein" resulta paradigmático al respecto, como el radiante "O du, des Vaters Zelle" final). A lo largo de sus 5:45 minutos, volvemos a encontrar una vinculación estrechísima entre la voz y unos vientos tratados casi a modo de corales, con una polifonía que sirve a Celibidache para individualizar los sentimientos de tristeza y melancolía; pero, también, los de culpa, vacío y horror, algo que complejiza emocionalmente este eje central de los Kindertotenlieder que, nuevamente, nos muestra que para el director rumano la cauterización del trauma aún está lejana. Como es habitual, el final del lied vuelve a ser enormemente despojado y sereno, aunque fuerzas armónico-emocionales de signo antagónico imposibilitan una estabilización musical y psicológica, haciendo que la tensión se prolongue.

Antes de que tal estallido se desborde en el quinto lied (a través de algo tan arquetípicamente romántico como la contemplación de una naturaleza que es trasunto anímico del poeta), la cuarta canción nos muestra a un Celibidache más raudo, con los 2:56 minutos que emplea para desgranar un Oft denk ich, sie sind nur ausgegangen que, seguramente, no era el lied más afín, por su ingenua plenitud, tan frágil y engañosa, al espíritu del director rumano. No esconde, en todo caso, su colorido y su paleta orquestal ampliada, sobre la que se eleva una Brigitte Fassbaender colosal en sus versos finales, revelando la belleza y el cromatismo de la naturaleza con gran lirismo, presencia y pujanza vocal (anticipando la acongojante rubrica que pondrá, un año después de este registro con Celibidache, al 'Abschied' de Das Lied von der Erde (1908-09) en su grabación en estudio con Carlo Maria Giulini para la Deutsche Grammophon (413 459-2): una de la versiones señeras de esta partitura).

Por último, en In diesem Wetter, in diesem Braus podemos echar en falta en la Münchner Philharmoniker el poderío orquestal que muestran, por tomar dos ejemplos tan paradigmáticos como apabullantes, Leonard Bernstein en su versión del año 1988 con Thomas Hampson y la Wiener Philharmoniker (Deutsche Grammophon 431 682-2), o Rudolf Kempe en su registro monoaural del año 1955 con Dietrich Fischer-Dieskau y la Berliner Philharmoniker (EMI 5 67556 2). La orquesta muniquesa no se muestra tan poderosa como las anteriores, ni tan moderna como un Riccardo Chailly a la hora de apurar el expresionismo de su arranque en el registro antes citado con la DSO berlinesa. ¿Qué aporta, por tanto, Celibidache ante la prolija nómina de versiones que han desgranado tan sabiamente este último lied? Pues, de nuevo, un magistral dominio de la tensión y de los matices a través de la creación de atmósferas y ambientes perfectamente diferenciados entre el tormentoso y romántico comienzo, y la progresiva catarsis a la que conduce el previo diluvio emocional para transubstanciarlo en forma de canción de cuna; aquí, por medio de una Brigitte Fassbaender, de nuevo, inconmensurable. De este modo, los dos grandes bloques que conforman los 7:13 minutos del último lied encuentran su transición en el interludio instrumental que va del minuto 2:51 al 3:18, con arpa y flautín apoyados en una cuerda que asciende hacia el re mayor como tonalidad finalmente 'redentora': cura en la que se alcanza la serenidad que desgrana el acto de fe que expone la última estrofa del poema de Friedrich Rückert. Fiel a su concepción tan marcada de los tempi como trasunto de una verdad que subyace tras las notas (nada más mahleriano, por tanto, que el espíritu fenomenológico de Celibidache en estos lieder) el director rumano estira hasta casi cuatro minutos de duración el final del lied desde la entonación del último "In diesem Wetter". En la lectura de Celibidache, la celesta se realza de tal modo, que prácticamente conforma un dúo con la voz y, más importante programáticamente, trae al espacio musical ese mapa celeste que Nun seh ich wohl, warum so dunkle Flammen había prometido: los ojos de los niños se han convertido en estrellas, y éstas rodean al poeta (aquí, a la propia Fassbaender), adentrándose en él y habitándolo, lo que posibilita el asumir su destino en un más allá amparado por la mano de Dios. El recogimiento y la belleza genuina en la que esta versión termina, hacen que uno se reafirme en la referencialidad que ya le había concedido cuando conocí esta grabación en la edición de Topazio; referencialidad, por supuesto, que no agota la potencia expresiva y musical de los Kindertotenlieder; de ahí, que siga necesitando a Ferrier & Walter (EMI), a Baker & Barbirolli (EMI), a Fischer-Dieskau & Böhm (DG), o -muy especialmente en mi caso- a Hampson & Bernstein (DG), pero con el binomio Fassbaender & Celibidache siempre en lo más alto.

La segunda partitura reunida en este compacto ha traído a mi mente una mañana de enero de 2015, a orillas del Atlántico, de paseo y (siempre interesante) conversación con Helmut Lachenmann. Éste me decía que, pese a lo que se podría pensar, no era mahleriano en detrimento de un Richard Strauss (Múnich, 1864 - Garmisch-Partenkirchen, 1949) que entiende no como su reverso antinómico, sino como su complementario (antinomia que algunos miopes musicales perpetúan tozudamente). La lucidez y la habitual sabiduría del compositor alemán parece compartirla, desde la batuta, un Celibidache que, como en el caso de Mahler, tampoco recorrió en la medida que hubiésemos deseado el catálogo de Richard Strauss, si bien la fonografía del director rumano cuenta con más registros del muniqués que del bohemio. Tod und Verklärung opus 24 (1889) es un buen ejemplo, así como una de las partituras straussianas más afines a la sensibilidad de Celibidache. Diría, incluso, que por su complejidad emocional, por su coqueteo con la muerte y por su -paradigmáticamente temprana- crepuscularidad, Tod und Verklärung -destacadamente en esta lectura- es una página de aroma y sentido netamente mahleriano (haciéndonos imaginar, a la par, cómo hubiesen sonado las sinfonías postreras del bohemio en la batuta de Celibidache).

Página magníficamente servida en disco compacto, Tod und Verklärung ha sido revelada con maestría por directores como el antes citado Rudolf Kempe (EMI 5 73614 2), Otto Klemperer (EMI 3 80008 2), Bernard Haitink (Philips 464 743-2) o, muy especialmente, un Herbert von Karajan del que destacaría sus lecturas con la Berliner Philharmoniker de los años 1974 (Deutsche Grammophon 447 422-2) y 1984 (Sony 88697232229 -en formato DVD-). Ambas, con sus 26:59 y 25:21 minutos de duración, están por encima de la media para esta página, demostrando un carácter ciclópeo y heroico: un Strauss visto desde la arrolladora personalidad futura, proyectada sobre un poema orquestal aún -diría- ingenuo en sus ensueños y visiones de una muerte que espejea la vida (como en el final de la Cuarta sinfonía (1899-1901, rev. 1902-10) de Gustav Mahler el paraíso refleja pantagruélicos deseos del todo mundanos). Strauss se muestra más espiritual y tenso en Tod und Verklärung, uno de sus más bellos trabajos orquestales. La lectura de Sergiu Celibidache trae a nuestra mente a otro ilustre director en la nómina de las mejores batutas para este poema: a un Wilhelm Furtwängler cuyo enfoque profundamente humanístico comparte Celibidache; desde luego, más que la titánica dirección de Herbert von Karajan (eso sí, con una Berliner Philharmoniker superior a esta Münchner Philharmoniker de 1979). Como Furtwängler, Celibidache maneja el fraseo y su expansión buscando una tensión poética, al tiempo que una monumentalidad en sus clímax de naturaleza casi bruckneriana; siendo las transiciones entre estos de una morosidad exquisita (para algunos, sin duda, exasperante) que dibuja la orquesta al detalle, atril por atril. De nuevo, el pensamiento fenomenológico de Celibidache está detrás de ese tempo tan demorado: una búsqueda de la claridad y la transparencia, de mantener las tensiones armónicas para llegar tras las notas (al abrirlas, literalmente, en canal) y conocer otra visión de la muerte, con sus miedos, ensueños, delirios y anhelos de realización (en otro deje netamente romántico que Celibidache respeta por completo; de ahí, ese nuevo final -que hermana las dos partituras del disco- en el que se trasciende la muerte en una luminosa tonalidad mayor que triunfa sobre los golpeos y presagios que habían dificultado la superación de las contingencias y el tiempo. Y es que tal es la sensación que nos deja esta lectura celibidacheana al alcanzar su ocaso: la de haber conjurado el tiempo tras unos intensísimos 30:11 minutos que la convierten en la más lenta de las versiones que conozco). Una nueva revelación.

El segundo compacto que hoy reseñamos presenta un gran interés, como todo lo dirigido por Celibidache, aunque diría que el dedicado a Gustav Mahler y Richard Strauss es de mayor enjundia. Abre este segundo disco Franz Schubert (Viena, 1797-1828), con su Sinfonía Nº8 en si menor "Unvollendete" D 759 (1822), en una lectura del 30 septiembre de 1988 en la Gasteig Philharmonie de Múnich. Contábamos ya con precedentes celibidacheanos para este D 759; destacadamente, su versión del 14 de junio de 1963 al frente de la Orchestra della Radio Televisione della Svizzera Italiana (Aura Music AUR 106-2), una lectura de 23:45 minutos con presupuestos estilísticos muy similares a ésta de 1988 con una Münchner Philharmoniker que emplea 24:36 minutos en dar cuenta de la Incompleta. El de Celibidache es un Schubert musculoso, germánico, netamente beethoveniano, que hemos de enraizar en una línea interpretativa que conecta a Celibidache -de nuevo- con Furtwängler (si bien las versiones schubertianas del alemán deparan una pluralidad de lecturas y matices expresivos más acusada). Celibidache es más homogéneo en sus diferentes acercamientos, con una firmeza y un denso halo postromántico. Para quienes, a lo largo de los últimos años, nos hemos ido decantando estilísticamente por los enfoques de directores (en versiones 'historicistas') como Roy Goodman (Nimbus NI 5270/3) o Jos van Immerseel (Zig Zag Territoires ZZT308), este Schubert de Celibidache puede parecer hasta 'elefantiásico' (aunque por tempo no lo es tanto como otras lecturas del rumano), pero de innegable belleza, construido y respirado en un solo aliento de noble trazo, tanto en su sombrío 'Allegro moderato', como en el más viril y optimista 'Andante con moto' (aquí, moto de carburación lenta, pero de sabio aplomo).

Por último, Antonín Dvořák (Nelahozeves, 1841- Praga, 1904) y su Sinfonía Nº9 en mi menor "Z nového světa" opus 95 (1893), en una grabación registrada en la Herkulessaal muniquesa, el 16 de junio de 1985. En noviembre de 2011, reseñamos en Mundoclasico la lectura de esta misma sinfonía dirigida por Sergiu Celibidache igualmente a la Münchner Philharmoniker en el año 1991 (EuroArts 2066558): una interpretación filmada en la Gasteig Philharmonie que nos mostraba al director en sus últimos años en ejercicio, algo que pesaba sobre los 53:25 minutos a los que se disparaba una lectura de sentido global más bruckneriano que dvorakiano, escorando el aliento de la Sinfonía "Del nuevo mundo" más hacia al ámbito germánico que hacia el eslavo; y desligándose, por tanto, de las versiones más 'idiomáticas' y canónicas: las de los István Kertész, Rafael Kubelík, Ferenc Fricsay o Karel Ančerl.

Los seis años que van de 1985 a 1991 pesan sobremanera en la interpretación que hoy presentamos, más ágil y enfática, con un director no tan mermado en su gesto como el que veíamos en la filmación de 1991. Pensemos en el hecho de que esta lectura de 1985 se 'acelera' hasta los 48:18 minutos, con la mayor energía y énfasis que ello supone; aunque, en todo caso, se trate de una versión -para lo habitual- lentísima, incluso más pausada que una de las más demoradas de la discografía: la tercera de Carlo Maria Giulini, que en su lectura del año 1992 con la Concertgebouworkest de Ámsterdam (Sony S2K 58946) se fue hasta los 46:56 minutos; mientras que treinta años antes, en su grabación de 1962 con Philharmonia Orchestra (EMI 3 50859 2) se quedó en 40:57 minutos. Pensemos que, entre la lista de versiones canónicas, István Kertész en 1966 se fue a los 43:41 minutos en su ciclo con la London Symphony Orchestra (Decca 430 046-2); mientras que Rafael Kubelík, en su ciclo con la Berliner Philharmoniker (Deutsche Grammophon 447 412-2), se quedó, en 1972, en 42:35 minutos. Parece, así pues, que tanto Giulini como Celibidache representan (sumemos a Karl Böhm, a Leonard Bernstein, etc.) el epítome del tempo lento que dominó los años ochenta y noventa del pasado siglo en las direcciones de algunos de los más reputados maestros de aquellas décadas (buena parte de ellos, en sus últimos años sobre el podio).

Se echará en falta, por tanto, un Dvořák más danzable y melódico, más lírico y colorista, con un aliento expresivo más vital: tal fue su contemplación del radiante nuevo mundo norteamericano, tan lleno de promesas y energía humana a finales del siglo XIX. La versión de Celibidache es, como afirmábamos de su lectura del año 1991, arrolladoramente sinfónica e implacablemente masiva; al tiempo que hiperdetallada en cada uno de sus atriles: aleccionados, ya desde el primer solo de trompa, para exponer los diversos temas al borde de la ruptura del discurso por su pulso tan pausado y meticuloso en cada arco e inflexión. Sin embargo, como en 1991, no hay ruptura del fraseo ni de la entonación en ningún momento (sí, una opción en tempo y estilo muy discutible), primando (dentro de esa tan personal óptica) la coherencia y la fuerza de una propuesta tan radical como firme y convincente en su exposición tan recia y germánica. De nuevo, lo más bello, trascendente y difícilmente cuestionable es un 'Largo' dirigido con los mismos presupuestos de hondura expresiva y tempo que en 1991 (siendo el movimiento en el que ambas lecturas se acercan más entre sí), recreado con un mimo indescriptible, al tiempo que con un denso cuerpo orquestal, afianzado sólidamente en la cuerda grave. Mientras, tanto el 'Allegro vivace' como el conclusivo 'Allegro con fuoco' resultan más convincentes en este registro de 1985, por su mayor arrojo y energía, más impetuosos que en una filmación de 1991 en la que, si bien sus respectivos arranques eran de gran poderío, posteriormente languidecían y acusaban pesadez. En todo caso, y tal como en su momento señalé: no siendo una versión 'al uso'; ni mucho menos, canónica; sí es homogénea, coherente y expuesta en un sólo bloque, aquí más monolítico, por lo que considero esta versión del año 1985 preferible.

Como se podrán imaginar, tratándose de alguien tan reacio a las grabaciones discográficas como Sergiu Celibidache (que decía que escuchar un disco era como irse a la cama con una fotografía de Brigitte Bardot, en lugar de con la de carne y hueso), las tomas provienen de transmisiones radiofónicas de la Bayerischer Rundfunk (como la mayor parte de sus registros oficializados por su hijo para la EMI), algo para lo cual Celibidache sí era más condescendiente. Se trata de grabaciones de gran calidad todas ellas, en el caso de las ADD (disco Mahler & Strauss), con transferencia de las cintas analógicas a 96 kHz/24 Bit, deparando un sonido de gran belleza y calidez. Los libretos de estos dos compactos presentan ensayos a cargo de Tobias Niederschlag, Hans Köhler, Peter Andraschke y Klaus Döge; además de los textos (sólo en alemán) de los Kindertotenlieder. Dos propuestas discográficas que, si al menos no nos traen a Sergiu Celibidache y a su orquesta muniquesa en carne y hueso, como él prefería a la Bardot, sí nos ofrecen un reflejo acústico lo suficientemente fiel como para seguir creyendo que el rumano fue uno de los más grandes y sabios directores del siglo XX.

Estos discos han sido enviados para su recensión por la Münchner Philharmoniker.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.