Memoria viva

Gorras y bombines en el Madrid de 1889

Xoán M. Carreira

jueves, 22 de febrero de 2018
Melitón González © 1890 by Escaler

Revolviendo en el arcón de mi bisabuela a la búsqueda de objetos de atrezzo con los que ilustrar una conferencia sobre bombines vs gorras en La verbena de la paloma (1894) encontré un más que centenario ejemplar del diario La Vanguardia publicado el 18 de mayo de 1889, en cuyas páginas 2 y 3 se publica un vitriólico artículo escrito e ilustrado por Melitón González, en el cual bajo el disfraz de un inocente reportaje sobre la vida cotidiana de la Villa y Corte, el autor se despacha a gusto propio y el de sus lectores sobre las modas casticistas del momento, en las cuales se integra el archipopular sainete lírico de Ricardo de la Vega y Tomás Bretón, cuyo título alternativo fue El boticario y las chulapas o Celos mal reprimidos, estrenado cinco años después de la publicación del reportaje de Pablo Parellada y Molas (Valls, 1855-Zaragoza, 1944), un prolífico escritor y dibujante humorístico que, entre otros pseudónimos, firmaba como Melitón González.  Confieso a mis sufridos lectores que he sido incapaz de reprimir el impulso de compartir el muy ilustrativo artículo de don Melitón.

Reflexiones sobre el santo patrón de Madrid y los usos y costumbres de sus apadrinados

A primera vista parece extraño que un santo labrador sea patrón de los madrileños; entendiendo por madrileños, no sólo los hijos de Madrid, sino todos aquellos españoles que abandonan su pueblo natal y se trasladan a la corte, prefiriendo la vida de pobre de levita a la de labrador bien acomodado o inteligente industrial.

Estos últimos son los que aumental el censo de la corte.

Un labrador afortunado de los que cosechan seis o siete mil arrobas de aceite y otras tantas de vino; que mima los desvanes de su masada llenos de jamones y rastras de pimientos y que en invierno contrarresta el efecto de las rendijas de las carcomidas ventanas con inmensas chamaradas producto de la última poda; ese labrador cree denigrante que su hijo siga en el pueblo aumentando los bienes de su familia. El hijo tiene que ir a Madrid a seguir una carrera a trancas y barrancas o meter la cabeza en una oficina; es decir, a ser un pobre de levita y pasar toda su vida pensando en labrarse un porvenir.

Por esta razón, bien está el santo labrador como patrón de los madrileños.

Hay otra razón más poderosa y que, por ella, debiera San Isidro ser patrón de España entera.

Este santo, según cuentan sus contemporáneos, abandonaba el trabajo para dedicarse a sus rezos, mientras algunos ángeles le despachaban las faenas. Entrad en cualquier ministerio u oficina del Estado y veréis a todos los empleados dedicados al éxtasis religioso, abandonados sus expedientes y esperando que bajen los angelitos y se los despachen. Pero los angelitos no bajan, generalmente, y esto hace que los interesados se entreguen a los demonios cuando van a enterarse del estado de sus asuntos.

Algunos madrileños verdaderos pasan mal rato cuando piensan que hay pueblecillos de poco más o menos que tienen por patrón un santo Rey y un río caudaloso a la vera, mientras Madriz tiene que conformarse con un santo labrador y el inmundo Manzanares.

En cuanto al río tienen razón que les sobra; en cuanto al santo patrón, no.

Madrid no debiera tener santo patrón sino un ídolo de los muchos que le conmueven con harta frecuencia.

El público corre, ¿qué pasa? que Frascuelo sale a caballo vestido con chaqueta peluche verde, sombrero de queso y grandes chorreras en la camisa. Primer ídolo.

El público se agolpa en la puerta de una casa, se estruja, discute y alborota ¿qué ocurre? Que la Lolilla la gibosa está de parto. Segundo ídolo.

Todos los paseantes de la calle de Alcalá y Puerta del Sol se paran para mirar a un punto determinado como si se tratara del parto de los montes. ¿Será cosa importante? No, es el célebre perro paco. Tercer ídolo.

En la calle de Sevilla vemos un corro que va aumentando como la bola de nieve y llega a tomar dimensiones respetables. Alguien hay en el centro que habla a la concurrencia ¿será algún personaje? Es un lilaila conocido por Ángel primero. Cuarto ídolo.

Lola la billetera y el Ciato también , son ídolos del pueblo de Madrid y por ellos se conmueve y agita; más por el Chato que por la Lola.

Si algún día, con razón o sin ella, Varela llega a pasearse por la calle será otro ídolo tanto más querido y simpático cuanto más palante se peine y más ancha sea el ala del sombrero.

Lo mismo sucedería con la Higinia y adláteres.

Señores; no exagero. Todas estas cosas dislocan a los madrileños hasta el punto de que hoy se ¿mira como ser superior, a todo el que, por fas o por nefas, ha intervenido en el proceso de la calle de Fuencarral que a tantos ha hecho célebres por sus buenos golpes en las declaraciones. Y teniendo en cuenta esta moderna idolatría ¿qué ídolo, qué símbolo o signo cabalístico podrá servir de emblema o representación del pueblo de Madrid y que satisfaga a la idiosincrasia de la mayoría? Si se pudiera canonizar a un torero el problema quedaba perfectamente resuelto.

Además quedaban explicadas las continuas broncas y barracheras con que se amenizan las giras a la pradera del Santo, y que hoy deben ruborizar indudablemente a San Isidro ya que no a sus feligreses.

Y no se crea que las tales camorras y papalinas son patrimonio exclusivo del tradicional chulo de Madrid; el chulo de chaqueta corta, gorra a lo rata y peinado flamenco va desapareciendo; la chaqueta es más larga, el pantalón ya no marca tanto las formas y el hongo casi igual al del señorito han hecho de aquel chulo un pseudo-señorito. En cambio el señorito madrileño tiende a achulaparse; se peina a la sevillana, viste cazadora lo más corta posible y ajustada, sombrerito cordobés y.... navaja los que ya están del todo achulados. Señoritos y chulos tanto se han acercado y revuelto pues ha sucedido como cuando se meten en un saco piedras de distintas formas y se revuelven algún tiempo; acaban por salir todas redondas.

Hoy el tipo clásico ya no es el del rata; es el del señorito achulado, entre los que figuran hijos de personas respetables en la política, en el foro y las artes.

¿Cómo arman una camorra estos modernos flamenquidermos?

—Muy sencillo: Entra una persona decente en uno de aquellos improvisados restaurants da San Isidro, o en una taberna aristocrático flamenca como «La Frascuela», «La Venus taurina» y otras que al primer golpe de vista no parecen tascas; se sienta tranquilo a tomar lo que tiene gana; enfrente están algunos tipos de los expresados, y si comprenden que el que acaba de entrar es persona de buenas costumbres, que el bastón que lleva no es de estoque y no tiene tipo de llevar navaja o revólver, empiezan a reirse, a decir indirectas en voz alta aludiendo al señorito que tienen delante. La prudencia, algunas veces, y otras el conocimiento de esta repulsiva clase hace que el señorito se levante y tome la puerta; entonces es cuando los señoritos chulos redoblan las cuchufletas y dicharachos más soeces de su repertorio.

Así se empieza la bronca y así el camino de presidio.

Un silletazo o un palo es la contestación que una persona digna da a un insulto que hiere o a un mendrugo da pan arrojado.

La juelga se arma; se corre, viene la pareja que encuentra a los bronquistas de oficio con las navajas empalmás y al víctima con el bastón enarbolado.

De allí van todos a la prevención.

Es lo que se deseaba.

Aquella noche ya tienen de que hablar en el lupanar de preferencia. Esto da cierta importancia entre cierta clase de mujeres, la prevención, bronca, navajas, la pareja, todo esto viste mucho y da patente de barbián que es a lo que hoy se aspira.

Los frutos que dan estos chulo señoritos.... son tan frecuentes, que no hay para qué citarlos.

Terminaré dando un remedio contra esta plaga; el bastón de hierro, la llave inglesa y nada de palabras. 

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