Obituario

Un berlinés de Toro

Alfredo López-Vivié Palencia

lunes, 5 de marzo de 2018

Debió ser hacia finales de los años ochenta cuando vi a Jesús López Cobos por primera vez. Fue en Barcelona y al frente de la London Philharmonic. Dos piezas en cartel –Muerte y Transfiguración de Strauss y la Séptima Sinfonía de Bruckner-, y una nota muy reveladora al pie del programa de mano: las dos obras se interpretarían sin interrupción, y el maestro López Cobos rogaba al público que si quería aplaudir lo hiciese sólo al final del concierto. Aquel día se juntaron muchas emociones en alguien que aún era veinteañero, porque al conocimiento en vivo de dos obras fundamentales del canon se unió el orgullo de ver a un español dirigiendo a una prestigiosa orquesta extranjera.

Seguramente ésos son los dos trazos que mejor definen a López Cobos: el canon y el extranjero. No sólo mantuvo una fructífera relación como invitado de la Filarmónica de Londres –también con la Philharmonia-, sino que sus empleos en régimen de titularidad le llevaron a lugares tan dispares como Lausana y Cincinnati (hoy, 17 años después de dejar la orquesta americana, aún ostentaba el cargo de director emérito). Si ha muerto en Berlín no ha sido por casualidad: en la Deutsche Oper debutó a los 31 años con La Bohème; diez años después el legendario Götz Friedrich le fichó como «Generalmusikdirektor» (juntos hicieron un Anillo que aún se recuerda –López Cobos fue el primer español en dirigir completa la tetralogía nibelunga-); y en esa responsabilidad estuvo nueve años, aunque siempre siguió colaborando con el teatro (su última presentación, La Gioconda en 2014). Berlín era su casa.

Su casa no estuvo aquí. Aunque lo intentó dos veces -en los años ochenta con la Orquesta Nacional, y veinte años después en el Teatro Real-, de una y otro salió con mal sabor de boca. Pero con la ONE estrenó en España la Octava Sinfonía de Bruckner (eran los tiempos en que no sabíamos que esto forma parte del canon), y yo he asistido a un ciclo estupendo de las sinfonías de Brahms durante un fin de semana (cuando el Real seguía siendo sólo sala de conciertos), o a un vibrante concierto de fragmentos orquestales wagnerianos (en una de las raras visitas de la orquesta a Barcelona); y en el reconvertido Real he visto un Tannhäuser o un Don Carlo cuya decencia musical radicó en el mimo a los cantantes (López Cobos siempre sobresalió en este aspecto, y ahí están sus registros discográficos rossinianos en Lausana para demostrarlo), más que en el entendimiento con la orquesta.

Sin embargo –a la vejez, viruelas- en sus últimos años López Cobos se echó dos novias españolas con las que sí vivió un amor correspondido: la Sinfónica de Castilla y León (de quien igualmente era director emérito), y la Sinfónica de Galicia. El azar quiso que le viese por última vez hace casi un año -el pasado mes de marzo- en Valladolid dando una Sexta Sinfonía de Dvořák preciosa, y a la semana siguiente en Coruña dirigiendo una espléndida Sinfonía Alpina, más contemplativa que excursionista, propia de su formación filosófica. Sin duda esa cabeza ejercitada en el raciocinio le llevó al gesto claro y al concepto aún más claro: López Cobos transmitía lucidez y seguridad a ambos lados del escenario, sin poses ni exageraciones, y por eso podía permitirse dirigir de memoria –no era ostentación, sino afinidad- obras como el Requiem Alemán o justamente esa Alpina.

Tienen ustedes libremente accesibles esas dos interpretaciones en la página de inicio de la web de la Sinfónica de Galicia: creo que son de lo mejor que hizo López Cobos, y verlas y escucharlas me parece una buena manera de rendirle homenaje. Por cierto, cuando escribo esto son las once de la noche del 2 de marzo y compruebo que también las sedes digitales de la Deutsche Oper de Berlín, de la Orquesta de Cincinnati, y de la Orquesta de Cámara de Lausana tienen un recuerdo sentido para el maestro; la del Teatro Real, apenas tres líneas de mera cortesía y cuatro minutos de filmación; la de la ONE no dice ni pío. Y a pesar de todo, López Cobos ha querido que le entierren en su Toro: que su cuerpo descanse en paz; porque seguro que su alma se ha llevado consigo el cartapacio con las partituras brucknerianas, y está ahora mismo esperando la vez para tomar consejo con la fuente.

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