Debió ser hacia finales de los años ochenta cuando vi a Jesús López Cobos por primera vez. Fue en Barcelona y al frente de la London Philharmonic. Dos piezas en cartel –Muerte y Transfiguración de Strauss y la Séptima Sinfonía de Bruckner-, y una nota muy reveladora al pie del programa de mano: las dos obras se interpretarían sin interrupción, y el maestro López Cobos rogaba al público que si quería aplaudir lo hiciese sólo al final del concierto. Aquel día se juntaron muchas emociones en alguien que aún era veinteañero, porque al conocimiento en vivo de dos obras fundamentales del canon se unió el orgullo de ver a un español dirigiendo a una prestigiosa orquesta extranjera.
Seguramente ésos son los dos trazos que mejor definen a López Cobos: el canon y el extranjero. No sólo mantuvo una fructífera relación como invitado de la Filarmónica…
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