Bajo la alfombra de Enrique Granados

18] Las memorias de Enrique Granados

Maruxa Baliñas y Xoán M. Carreira

viernes, 9 de marzo de 2018
Memorias de Enrique Granados © Museo de la Música de Barcelona, 2018

El Fondo Enrique Granados del Museo de la Música de Barcelona preserva, entre otros muchos tesoros, un cuaderno rojo de tapas duras sin título (MMB, FEG:EG0001) que contiene el manuscrito de unas breves memorias -desde su infancia hasta 1900- que Granados redactó en 1910 con estilo desenfadado y sin la menor pretensión de rigurosidad, más atento a las anécdotas entrañables y a las evocaciones emotivas que a la precisión de los datos y al análisis de los actos y sus consecuencias. No parece que estas memorias deban considerarse un diario ni un texto destinado a la imprenta, más bien parecen una muestra más del agudo sentido del humor granadino, escritas a vuelapluma para deleite propio y de su familia. 

El motivo principal que nos ha llevado a publicar este manuscrito como parte de la serie Bajo la alfombra de Enrique Granados es que, seis décadas después de conocerse su existencia y ubicación, no aparece citado entre las fuentes bibliográficas ni documentales de la bibliografía académica de referencia sobre el artista, ni siquiera cuando toman información del manuscrito o reproducen párrafos enteros tomados de él sin mencionarlo. En consecuencia hemos decidido publicar aquí el manuscrito íntegro sin ningún tipo de interpolación ni comentarios, que reservamos para futuros capítulos de esta serie.1 

Enrique Granados. Cuaderno de memorias

1910

¡Cuarenta y dos años! -Me parece que era ayer cuando jugaba con mis compañeros de diabluras ¡Cuántas penas y alegrías desde aquellos días en que nuestra mejor diversión era cazar grillos (para tormento de nuestros vecinos) hasta hoy! Entonces no comprendía a Beethoven, pero creía en los Reyes Magos-. Empezaba yo en aquel tiempo mis estudios de piano y recuerdo que pedí a los Reyes me trajeran un violín. Y me trajeron uno que prestó grandes servicios a las brigadas de obreros que por entonces se ocupaban en los trabajos de una gran granja en la Rambla de Cataluña ¡Pobre violín! En menos tiempo del que se necesita para aprender el do quedó convertido en una pala, con la que ayudaba a llenar de tierra los capazos de aquellos pobres hombres!

Recuerdo al portero de la casa donde yo vivía como si lo viera ahora: Miguel. Era un venerable zapatero remendón, gordo, colorado, canoso ¡Pobre! ¡Cuántas duchas caseras administradas con un aparato que deja mucho que desear como estética! Una de estas célebres duchas (esto sí que lo he recordado todo lo que llevo de vida) me valió una monumental bofetada de mi padre, que resonó en todo el patio de la casa con gran regocijo de Miguel. Creyendo que una bofetada de tal calibre valía la pena de hacer algo me dediqué a escoger el tomate más grande y mejor cultivado con el propósito de estrellárselo en la calva al buen zapatero … propósito que fue cumplido y que me valió unas cuantas bofetadas más, con más regocijo (si cabe, que la primera vez) de aquel buen hombre, y con el propósito decidido por mi parte de tomar la revancha de un modo cruel, aún a trueque de todas las bofetadas que pudieran caer. Jugó grande papel el tirador de goma; el agua, como calmante para los accesos de cólera del zapatero; las bolas de fango; los monigotes de papel colgados en la espalda de aquel Hans Sachs de la Rambla de Cataluña, y de muchas otras cosas, inspiraciones del mismo diablo, que con sus tretas se convirtió en la desazón del barrio sirviéndose del terreno abonado de la chiquillería (a la cual yo tenía el honor de pertenecer).

Recuerdo también (cosa extraña) mis impresiones de entonces; lo que yo pensaba, lo que yo recordaba en aquellos tiempos del pasado mío. Recordar ahora la impresión que me causaba a los once años repasar los primeros de mi vida, es cosa que parece extraña y un tanto inverosímil: me acuerdo desde los cinco a los once años como si fuera un sueño casi desvanecido.

Todos los recuerdos me asaltan a la vez; sin poder precisar; pero con un gran encanto poético, que podría servir de fondo a los recuerdos de años posteriores.

Apuntaré algunos de ellos que me parecen algo así como el reflejo de otra vida ¡Cuántas veces he soñado haber estado en otro mundo antes que en este! Cuántas veces me ha preocupado un algo que me estaba encomendado; que había dejado de cumplir; que había olvidado … sin poder precisar que fuera de esta u otra época; sin poder determinar qué, ni cómo, ni cuándo. No me cabe duda de que es el recuerdo de los cinco a los once años lo que me da la sensación de haber vivido dos veces

[Tenerife]

Comprendo que me he apartado de la idea que tuve al principio de recordar mi vida desde los once años; edad en que empecé el estudio de la música; pero repito, que los anteriores recuerdos pueden servir de fondo; fondo como de un gris azulado, de ideas casi desvanecidas, del que se destaquen una porción de hechos más recientes.

A este fondo le da gran valor un pequeño huerto de naranjos y limoneros en flor, que era mi delicia recordar cuando tenía once años y que pertenecían al ex convento de franciscanos donde yo habitaba en Santa Cruz de Tenerife siendo muy niño. Apenas tuve tiempo de nacer en Lérida cuando destinaron a mi padre a Santa Cruz; desempeñando este el cargo de gobernador militar durante tres o cuatro años.

El puerto de Santa Cruz lo recuerdo ahora como un aguafuerte de B[…] con sus escalinatas de piedra de vieja pátina, que tan bien ligaban con el azul opaco del agua y aquella multitud de barcos de vela con sus trapos extendidos al sol, como alas extendidas de palomas que buscan el apacible calor de una mañana de invierno

En Santa Cruz fui confirmado, y durante algunos años guardé rencor a aquel buen señor que me había puesto la mano en la cara, y aunque en aquellos tiempos lo que se daba al confirmar eran bofetones de regular importancia, el que me diera su Ilustrísima lo tuve a mis once años por muy bien dado y lo conceptué como una caricia comparado con el que recibí y no de manos de Obispo como paga del remojón propinado a calva ajena [nota al pie: “la del zapatero”].

Y vuelvo a mi huerto de naranjos y limoneros.

El aroma de la flor de azahar alimentó mi espíritu durante cuatro años. La flor de naranjo fue mi primera vida.

Ahora comprando y me doy perfecta cuenta de que estuve cuatro años en un paraíso ¡qué de imágenes baila por mi cerebro, sin que pueda acertar a ordenarlas!

Recuerdo la galería acristalada que daba a un patio exterior del ex convento; recuerdo mi cuarto dormitorio donde la lamparilla con su débil luz me causaba algún que otro susto con sus oscilaciones, agrandando las sombras movedizas en las paredes y techo de modo que me parecían fantasmas. Recuerdo un balcón interior que daba a la iglesia desde el que oíamos la misa los domingos. Al poco tiempo de nuestro regreso a la Península recordé que había visto el mar en calma desde la cubierta de un gran buque. Más tarde supe que nuestro regreso fue debido a un accidente desgraciado de mi padre, que yendo una tarde a caballo, resbaló este por un despeñadero arrastrando al jinete en su caída; mi padre quedó gravemente herido, salvándose milagrosamente.

[Barcelona, 1874-75]

Tengo idea de que fue hacia el año 74 cuando mis padres se instalaron en Barcelona. Recuerdo vagamente la calle de Fenosa donde vivimos, el Paseo de la Muralla (lo que hoy es Paseo de Colón), los pabellones del cuartel de la Barceloneta donde pasamos después unos meses, luego, el Prado Catalán, donde hoy está el corral (y no teatro) del Tívoli y algo a lo que llamaban Tívoli (donde hoy es calle de Valencia, chaflán Paseo de Gracia) emplazado donde hoy existe un adefesio en forma de casa, otra de tantas gracias arquitectónicas (?), demostración palpable de la epidemia de arquitectos que sufrimos.

En nuestra ciudad la arquitectura ha tenido la culpa de muchas desgracias. La creación de neoestilos ha sido una plaga … y perdón.

Volviendo a lo mío: en la calle de Valencia estaba el Tívoli. Era mi gran diversión a pesar de ciertos espectáculos que me repugnaban grandemente, como las luchas de perros de presa y otras por el estilo. Allí aprendí a hacer lo que hacían los monos (que los había en abundancia) y parece ser que los imitaba a la perfección, tanto que mis padres obsequiaban a sus amigos con alguna de mis monadas (eso cuando no me daba por dejarlos mal y no querer hacer el mico).

¡El mico! ¡Y los gigantes! Parece ser que también los imitaba a la perfección ¡El mico y los gigantes! ¡Dos cosas tan opuestas! Nada: un don de imitación. Don por medio del cual muchos hombres han llegado a pasar por sabios

Fuimos luego a vivir al Paseo de Gracia (entre las calles de Consejo de Ciento y Aragón).

Por entonces empezaban las obras del convento de las monjas de la Enseñanza, situado entre las calles de C[onsejo] de Ciento y Aragón. Yo me pasaba las horas entretenido en mirar aquellas obras, sentado en el suelo de la galería con las piernas fuera de la baranda y colgando ¡Qué delirio me entró por ser albañil en aquellos tiempos! Mi pobre Madre tuvo que reñirme algunas veces porque le llenaba la casa de pedazos de ladrillo, arena, cal, y qué se yo cuántas cosas más que yo recogía de alrededor de aquellas obras del convento, con el propósito de edificar dentro de nuestro piso una catedral por lo menos.

Pasó algún tiempo del que apenas recuerdo nada. Fuimos a vivir cerca de Gracia (como veréis, nos mudábamos con frecuencia, pero parece ser que mis padres pagaban religiosamente al casero por lo que me ha quedado el vicio de pagarle con regularidad).

Recuerdo que una mañana lloraba mi pobre Madre (no hizo más que llorar en esta vida) porque mi hermano mayor se preparaba para irse a la guerra: por entonces había guerra carlista. Recuerdo aquel año y medio que mi hermano estuvo en el Norte. Los nombres de Estella, Tafalla, Somorrastro, Monte Esquinza y otros nos sobresaltaban a cada momento. Destinaron luego a mi hermano al regimiento de Navarra que operaba en Cataluña. Un día vi a mi madre desesperada, oí que decía algo de Bañolas, Castelfugit, vi [que] arreglaba deprisa su equipaje y que se disponía a marchar. Mi padre estaba al frente de las oficinas de administración y abastecimiento de la provincia de Gerona, y allí fue mi madre llamada urgentemente por mi padre pues mi hermano mayor había sido herido de algún cuidado.

[Barcelona 1876-24/06/1882]

Era una tarde de esas apetecibles, de esas que hoy aprovecho para dar un paseo por los alrededores del Real Monasterio de Pedralbes, estaba mi madre cosiendo, y otro hermano mío y yo estábamos ocupados en nuestra tarea de cada día de ver pasar la gente, cuando oímos cornetas. Llegaba un regimiento, venía a buscar alojamiento en Gracia y era casualmente el regimiento de Navarra. Venían mi padre y mi hermano.

La música y las cornetas oíanse ya muy cerca, las música tocaban inútilmente, los soldados no podían marchar, la gente se abrazaba a ellos sin dejarles dar un paso

¡Venían mi padre y mi hermano!

Puede ser que las impresiones de hombre sean más grandes, más intensas y que tal vez no las haya sentido con toda la fuerza, debido a la gradación de emociones por [las] que venimos pasando desde niños, pero es el caso que no recuerdo nada en toda mi vida que me haya impresionado tanto como la llegada de aquella división.

Mandaron romper filas un poco más allá de nuestra casa, a la entrada de Gracia: el resto de las fuerzas que formaban la división se había quedado en Barcelona.

Al caer la tarde ya todo era bullicio en la calle Mayor de Gracia, creo que aquella noche echaron los vecinos la casa por la ventana. Mi pobre madre se desdineró también. Rosa, una leridana tan fea y noble como buena cocinera, recibió órdenes muy severas y en menos que canta un gallo, quedaron dos sin vida.

Cuando Rosa vino del pueblo yo no supe conocer si era hombre o mujer. Era más ancha de cintura que de hombros. La cara marcada de viruela, ojos muy pequeños que desaparecían en cuanto que se reía, abriendo una boca que era casi tan grande como la cara. De aquella misma boca salían unas canciones ¡qué canciones! Se había inventado una que me dedicaba y que hasta hace poco (una mañana que pasaba yo a caballo por una calle de Gracia que desemboca en la G[ran] V[ía] Diagonal) no había vuelto a oír. Decía así

¡Hay amor miyu! ¡cuánto tiempo que no t’hay visto!

Y a las horas rigulares ….

La poesía está a la vista pero la música …

Dicen que la música nació de la palabra. Muy bien, pues de las palabras de Rosa nació un ruido que ella llamaba canción, que hacía que uno se tapara los oídos a más de las narices, cuando cantaba de cara. [nota al pie: “no se crea esto una cosa imposible: puedes taparte los oídos y las narices al mismo tiempo, y quien no lo sepa que lo busque”]

Hacía cerca de diez años que no me había encontrado con Rosa, cuando hace unos meses la vi salir de un comercio de ultramarinos y dirigirse a mí como un rayo y sin más ni más, allá te va:

¡Hay amor miyu! ¡cuánto tiempo que no t’hay visto!

Y a las horas rigulares ….

Los que me acompañaban la tomaron por loca.

Rosa es hoy casi una anciana: yo no tengo una peseta, pero ella es la dueña de un buen comercio de ultramarinos.

A todas estas me olvidé de decir que la noche que siguió a la tarde de uno de los días más felices de mi vida, fue completa: rica cena y narraciones de los episodios de la guerra, escuchados con la boca abierta, sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la falda de mi madre.

¡Qué difíciles son de llenar los huecos que dejan los desaparecidos en el alma!

Mi primera intención fue recordar mi vida desde este punto en adelante, mejor dicho desde las fechorías al zapatero Miguel. Entre algún que otro bofetón, fueron deslizándose los días, algunos de ellos felices.

Rosa era la encargada de ayudarnos cuando terminada su faena después de cenar, bajaba con nosotros al horno de Pan de Viena (que aún existe hoy en la misma casa que entonces) donde jugábamos al escondite con nuestros compañeros, los hijos de los dueños. Nuestro campo de batalla era el gran pastador (?). Allí estaban amontonados cientos de sacos de harina que nos servían de escondite. Trepábamos a aquellas montañas de sacos con una facilidad asombrosa.

Los domingos (¡hoy tan tristes!) eran para nosotros una felicidad. Aguzábamos nuestros ingenios en las estratagemas que usábamos para con nuestros adversarios en el escondite. Mi sobrina Carmen era la más ágil, la más lista, guapa, muy guapa, delgada, ojos azules penetrantes, nerviosa y graciosa al mismo tiempo, corría como un gamo y tiraba las piedras mejor que yo.

Como dije al principio de esta historia, había empezado a estudiar el piano: don Francisco Javier Jurnet fue mi primer maestro, pero antes había sido iniciado en música por don José Junceda,2 militar rapado a la antigua, castellano viejo y flautista, aunque con algún trabajo pues le faltaban dientes y estos son muy necesarios para soplar bien, o tañer, según los sabios.

Seguí haciendo progresos en el piano, no sin menoscabo de mi salud, la que hubo necesidad de reponer. Decidió mi Padre que fuésemos mi hermano menor y yo con mi Madre a pasar una temporada a Olot, donde estaba destinado mi hermano mayor con su batallón, y a los pocos días marchábamos.

En Olot pasé días muy felices. El Ferial lo recuerdo como si lo viera ahora. La fuente de San Roque, la de las Trías y todos aquellos alrededores de agreste belleza.

Al volver a Barcelona enfermó mi padre para abandonarnos dos meses después. La enfermedad y muerte inesperada cambiaron por completo mi temperamento. Fue para mí una revelación de la vida la muerte del Padre al que tanto quería.

[Barcelona, 1882-84]

Desde entonces empecé a hacer grandes adelantos en la música. Pasados dos años tocaba yo en casa para unas cuantas personas, entre las que se encontraba un joven llamado Picó, pianista del Café de Lisboa, antiguo establecimiento con un pequeño jardín al fondo donde de cuando en cuando tocaba una charanga militar.

Todos celebraban mis grandes disposiciones pero Picó se quedaba siempre mohíno en un rincón, era muy seco de carácter. Un día se dirigió a mi madre y sin más preparativos la dijo “Es un cargo de conciencia lo que pasa con esta criatura, hay que llevar este muchacho a Pujol” (Juan Bautista Pujol, todos lo han conocido: gran maestro entonces)

Muy bien, pero cómo decir al señor Jurnet, ¡le quitamos a usted a Enrique! El señor Jurnet se lucía mucho conmigo, me hacía tocar obras muy sentimentales. La harpe d’or2 de Godefroid, Les perles3 de Nollet [Eugène Nollet, c. 1829-1904], La última esperanza4de Gottschalk, El poeta moribundo5

En el piso de al lado del nuestro vivían entonces los señores Miralles con su linda hija Carmen, arpista ya notable, venerable madre hoy de seis jóvenes que no han menester de andadores. Carmen tocaba muy a mi gusto, tanto que yo procuraba imitar su arpa con mi piano. Era una especie de amistad del arpa y del piano pared por medio. Desde pequeño he amado la poesía de las cosas, comprendo que me deleitaba acercar mi oído a la pared medianera y escuchar aquellos acordes.

Como decía antes ¿quién se atrevía a dar la noticia al señor Jurnet? Se convino en que uno de los días de lección, en vez de entrar en nuestro piso, entraría en el de don José Junceda. Aquel buen amigo de casa fue el encargado de hablar a mi maestro ¡Pobre señor Jurnet! Tuvo mucho disgusto, le duró años, pero tenía que hacerse y se hizo.

Una mañana se presentó mi madre conmigo en casa de don Juan Bautista Pujol, este señor dijo que tenía muchos alumnos y no podía encargarse de mí, pero mi madre le rogó que me oyese aunque no me diera lecciones. Al fin el buen señor me hizo sentar al piano, y desee aquel momento fue otro hombre.

Yo no recuerdo bien todos cuantos buenos augurios hizo concebir a mi madre mi nuevo maestro.

Pasó un poco de tiempo y mi maestro pensó en hacerme presentar a uno de sus célebres concursos de piano. En efecto: una mañana me tocó en el hombro y con algo que parecía énfasis, echando un poco atrás y ladeada su cabeza, me dijo después de mirarme unos momentos, con los ojos medio entornados y fruncido el entrecejo

“Preu6 la Sonata en sol menor de Schumann”

Esta fue la primera obra decente que yo estudié. Mi nuevo maestro era muy posseur y tenía voz de bombo. Sus palabras repercutían en algunos metros a la redonda. Se escuchaba mucho, pero enseñaba bien. Era un buen profesor. Sabía hacer muchas cosas medianamente, y se mostraba satisfecho de sí mismo ¡Pobre señor! Hablaba bien el castellano, el catalán, el francés, tocaba bien el piano, componía, jugaba al tresillo, al billar y a la bolsa. Sus alumnos lo admiramos durante mucho tiempo y lo defendimos con ardor. Se supo dar importancia. Hacía valer su autoridad. No nos permitía tener criterio, nos imponía el suyo.

Yo no he estado conforme con este modo de proceder desde hace ya bastantes años. He procurado no imponer mi personalidad a los discípulos que han presentado caracteres y rasgos de algo propio y definido. Algunos (¡infelices!) han interpretado mi espíritu liberal en la enseñanza como algo parecido a sumisión al alumno por parte de su maestro.

A lo de antes. Trabajé la Sonata de Schumann, llegó el concurso y me llevé el primer premio. Tenía yo entonces quince años. Mi primer premio les hizo gracia a todos y sobre todo al jurado, formado por Felipe Pedrell y por mi entrañable amigo Isaac Albéniz. De las otras personas que lo formaban no me acuerdo mucho, ni me interesa.

Mis compañeros de concurso fueron las señoritas Carmen y Presentación Bastida, hijas de la condesa de Ardales7 (más tarde discípulas mías), Francisca Viñas, Francisco Viada, Jordán y Alcaide.

Por aquella época existían ya en la Rambla de Estudios los grandes almacenes del Siglo. Un día vino mi hermano Zoe diciendo que don Eduardo Conde deseaba oírme. Toqué la Sonata en sol menor de Schumann delante de don E[duardo] quien quedó prendado de mis dotes. Desde entonces fue mi protector y a él le debo todo cuanto soy.

[Barcelona, 1884-87]

La muerte de mi padre produjo en casa un vacío enorme bajo el punto de vista moral y un desamparo material que recuerdo ahora con mucha tristeza al pensar cuál debiera ser el martirio de mi pobre Madre. A su cargo quedamos diez entre hijos y nietos que se vio precisada a llevar adelante con dos tristes viudedades de militar y la paga de mi hermano mayor, total 250 pesetas (!!!!) ¡unos potentados!

Mi Madre pasó un calvario y nosotros no nos dábamos cuenta de sus penas. Más tarde he podido dármela y comprender cuánto sufrió por todos nosotros.

Muchas cosas se han borrado ya de mi memoria.

No debían andar muy bien las arcas del tesoro cuando se decidió que yo tocaría en un café y tuve la suerte de encontrar una plaza de pianista en el antiguo Café de las Delicias (hoy Lion d’Or). Me daban cien pesetas mensuales y tocaba desde las dos a las cuatro y media de la tarde y de las nueve a las once y media de la noche.

Tenía mi corro de admiradores. Una moza que se parecía mucho a Castelar me enseñaba a tocar las óperas, tal como les gustaba a los parroquianos de antiguo en la casa. Me enseñó los efectos de mis antecesores, pero yo no podía con aquellas cursilerías, cosa que no contentaba mucho al dueño que me miraba con mal ceño.

El café fue a menos y yo quedé como vulgarmente se dice en la calle. ¡Triste noticia para llevar a mi casa! El dueño con peor humor que de costumbre (sin duda por los apremios que pesaban sobre él) me dijo una tarde: hemos decidido suprimir el piano ¡Zas! Así como suena: mis ojos se abrieron tan desmesuradamente que el dueño del café quiso como sonreír y me dio satisfacción de por qué se suprimía la plaza de pianista. Me fui a mi casa llorando. Mi Madre adivinó en mi semblante lo que pasaba y quiso consolarme. Tenía mi pobre Madre grande energía para afrontar los momentos difíciles: “No te apures Enrique, Dios no nos abandonará”

Al día siguiente de mi cese en el Café de las Delicias estuve a ver a don Eduardo Conde en su despacho del Siglo. Al preguntarme cómo iban mis cosas apenas pude contestar una palabra: se me saltaron las lágrimas y mi buen protector me miró con la bondad de un ángel y me preguntó cuánto ganaba en mi colocación. – Veinte duros don Eduardo, le dije.

Pasados unos días fui llamado para ser profesor de los hijos de don Eduardo Conde. Mi buen protector me señaló cien pesetas mensuales como honorarios ¡¡Cien pesetas!! ¡Yo era el profesor más caro de Barcelona!

Pero esta no debía ser mi situación definitiva, don Eduardo Conde comprendió que yo podía llegar a ser algo y comunicó a mi madre el deseo de llevarme a París.

Empecé a hacer mis preparativos, para los que mi dignidad y pocos medios me aconsejaron trabajar cuanto pudiera para pagarme mis cuatro trapos de viaje.

Entré como pianista en un café de la calle del Hospital que tenía por mal nombre “Café Filipino”, y su dueño se llamaba “Negro”. Me guardé muy bien de decir a dicho “Negre” que pensaba solamente estar dos meses en su café, pues que debía marchar a París, porque seguramente no habría llegado a entrar.

Por fin debuté. El entusiasmo fue indescriptible. A los dos días se me acercó un sujeto que parecía algo así como de imprenta y me dijo que tenía voz de barítono. Yo me puse a temblar. No sé si fue por este motivo, o porque entonces estaba muy de moda, me lanzó con voz que hacía trepidar todo el Café (menos el de las tazas, pues era demasiado claro) la romanza aquella … que dice

¿Por qué, por qué temblar?

(y todo temblaba)

¿Por qué, por qué temblar?

¡Si el cielo está sin nubes!

(y todos aquellos distinguidos concurrentes miraban al techo)

¡Tranquila está la mar!

Y era de ver como mi mano temblaba en las octavas altas del piano, secundando los calderones del energúmeno gritón.

No se acabó aquí mi pequeño calvario, pasados algunos días se presentó un individuo con un enorme trombón y pidió permiso para hacerse oír. Al preguntarle qué era lo que deseaba tocar, contestó “la Sinfunie del Guillermu Tell. Yo hice heroicidades pero a pesar de ellas, aquel día gustó más el del trombón que yo, y eso que yo era un piunista qui feya anar pianu d’alló mes bé. Tuve que sufrir aquel prodigio durante dos o tres días.

Por fin llegó el día por mí tan deseado. Tenía entonces cumplidos 17 años y medio.

No pude dormir en toda la noche, sentía mucha emoción y al mismo tiempo tenía deseos inmensos de conocer París. Entró el vigilante a llamarme pero yo estaba ya en pie, me acabé de arreglar, me despedí de todos y abrazando y besando muy fuerte a mi pobre Madre bajé saltando, ilusionado con mis cuatro pobres trastos ganados en el Café Filipino.

[París, septiembre de 1887-julio de 1889]

Lo primero que hice al llegar a París fue perderme y estar durante más de media hora dando vueltas al Hotel de Cologne et d’Espagne donde me había alojado. Por fin me hice entender por señas y un guardia me condujo a casa, la juventud en todos lados se encuentra en su casa.

Me aguardaban algunos días tristes en París y estos dieron comienzo con una terrible enfermedad que a poco, muy poco más acaba con mi vida. Una tarde fui sacado en coche del hotel y conducido a la Maison de Santé. Recuerdo un cochecito de gomas por un pasillo ancho de cristales, mujeres con cofias blancas, señores con delantales de operador, una habitación muy bien amueblada casi con lujo, un señor venerable con un casquete de terciopelo y nada más, perdí el sentido hasta quince o veinte días después.

Durante la convalecencia la veladora me enseñaba palabras y frases en francés, me enseñó a decir lo que convenía para agradecer a Mr. Labé, Director del Hospital, sus muchos cuidados y, naturalmente, llegada la hora se lo dije todo al revés, con gran carcajada general de los practicantes que rodeaban al Director.

Mi convalecencia duró más de tres meses, durante los cuales perdí todo derecho a entrar en el Conservatorio, pues cumplí la edad reglamentaria y el plazo que se concedía para la admisión sin poder presentarme a las oposiciones.

Estudié libre y estudié bastante bien.

¡Cuántas cosas podría contar de mi estancia en París! Allí fuimos compañeros inseparables Malats, Viñes y yo.

Casi todas las tardes rezábamos la oración de la tarde envueltos en sábanas, paseándonos por los tejados de zinc del hotel, sin comprender el peligro que corríamos de ir a parar a la “Rue Trevise” convertidos en tortilla. ¡Y todo por hacer gracia a unas modistas de sombreros que vivían frente por frente de nuestro 6º piso!

También teníamos unos cañoncitos que disparábamos con gran asombro de nuestras admiradoras y peligro de ser llevados a la prefectura.

¡Éramos muy felices!

Velamos Malats y yo toda una noche de junio del año 19008 para terminar la copia del concierto de Ch[arles] de Beriot (nuestro maestro) que yo debía traerme al día siguiente para España. A eso de las cinco de la mañana nos sentimos con debilidad y arreglamos una deliciosa cena con jamón, queso y un poco de vino que nos produjo un bienestar y un suelo dulcísimo. Yo soñé muchas cosas desde la hora de las cinco hasta bien entrada la mañana. Soñé muchas cosas que me han pasado luego. ¡Siempre que oigo cantar los ruiseñores me acuerdo de aquella madrugada de París en un 6º piso debajo del zinc en que me dormí oyéndoles cantar! ¡Y sin embargo qué distinto suena en mi alma el canto de los ruiseñores de hoy!

Mi alma era entonces joven, no conocía el lenguaje de las cosas muertas, ¡el eco del pasado! ¡No conocía las penas que dan los envidiosos y faltos de caridad para su prójimo!

Pero en cada espina de la corona del martirio viene clavada una hoja de laurel para el pobre artista. Muchas lágrimas llevo vertidas por causa de los malos, de los perversos impotentes ¡Ay Dios! Esas lágrimas rieguen la tierra por donde pisa el artista y hagan nacer flores que le sirvan de consuelo

[Barcelona, 1889-1894]

18949  Hasta aquí llegan los recuerdos de una vida que me parece haber soñado.

Después de un año cumplido de matrimonio mi queridísima Amparo me da un hijo precioso, se llama Eduardo como mi protector don Eduardo Conde.

Tengo deseos de hacerme conocer, de crearme una situación y me presento a concurso para una plaza de profesor de piano en la Escuela Municipal. Me la niegan y se la otorgan a un tal Pellicer.

Esto me proporciona un grave disgusto sin comprender, ¡necio de mí!, que mi suerte está en no alcanzarla. De haber tenido dicha plaza quién sabe si hoy sería un pobre maestro. Pasado el disgusto me dispongo a luchar y marcho a Madrid, y antes de que yo pudiera esperarlo mis Danzas españolas empiezan a darme nombre en España. Mis Danzas españolas datan de 1883, no está de más que se sepa.

[Madrid, 1894-96]

Una enfermedad gravísima me priva de hacer oposiciones a una plaza de profesor en el Conservatorio de Madrid. No importa, después de tres años de convalecencia en el campo y durante los cuales escribo María del Carmen y algunas otras obras, vuelvo a luchar y hago una importantísima campaña con Pablo Casals y Crickboom.

Después de dos años de la existencia de la Academia de la Sociedad Filarmónica de la que formamos parte Crickboom, Casals y yo, fundo mi Academia del piano. Lleva ya esta once años de vida, once años de grandes sacrificios que mis compatriotas no han sabido o no han querido ver. Durante la evolución de esta obra he ido yo también evolucionando y creo haber perfeccionado mi espíritu, mi alma ha cambiado, no sufro más que de mi propio descontento. Me siento bueno hacia los hombres que crean algo grande, aunque sean mis enemigos, no me importa ser ignorado con tal de que mi obra y mi criterio se afiancen por sí solos. Mi única ambición consiste en que mi obra quede aún a expensas de mis sufrimientos, pues causa grande tristeza ver cómo se encumbra a los malos, y causa grande tristeza vivir a merced de las pequeñeces y envidias de los fracasados.

Causa verdadera tortura pensar en la desviación que sufre la opinión del público con respecto a los artistas. Todo mi esfuerzo empleado durante tantos años no lleva a otro fin que el de formar un público con mis alumnos, público que, andando el tiempo, llegue a emocionarse con las obras grandes y los grandes intérpretes, poniendo raya a los intrusos, a los cabotins10 [], a los demoledores de la moral estética, de la noble religión universal, de ese sentimiento tan puro y que tanto eleva el espíritu hacia el Dios único, la música.11

[Barcelona, 1901 y 1910]

En 1901 fundé la Academia Granados en la calle de Fontanella y desde entonces hasta hoy llevo mucho sufrido … Olvidemos.

1910. He tenido la dicha, por fin, de encontrar algo grande: “Las Goyescas, Los Majos enamorados” llevan ya mucho andado, a su paso por el sendero de la verdad se han cebado en los alamares de las vestiduras Goyescas una porción de reptiles. Gracias a esos seres tan bajos me voy perfeccionando, me sirven de punto de comparación y sin esfuerzo alguno me siento elevarme sobre ellos. ¡Perdonemos!

1912

Notas

1. Nuestro criterio de transcripción incluye la actualización ortográfica del texto del manuscrito y la normalización de los signos de puntuación y de expresión que Granados utiliza de manera bastante arbitraria. En las ocasiones en las que incurre en evidentes lapsus calami al escribir una fecha la corregimos, al igual que no mencionamos las esporádicas tachaduras y correcciones de errores de redacción. 

2. El Teniente-Coronel de Infantería, José García-Junceda y Mesanza (Barcelona, 27 de julio de 1843 - Lérida, 1 de noviembre de 1893) era hijo del Capitá Juan García-Junceda Fernández, Secretario del Gobierno Militar de Oviedo en el momento de su muerte, en 1885, casado con Patricia Mesanza y Ugalde en Vitoria el 15 de enero de 1844. José García-Junceda se casó con María del Pilar Supervía y Ribera, tía de la mezzo-soprano Conchita Supervía (Barcelona 1895-Londres 1936)

3.El arpista y compositor Dieudonné-Félix Godefroid (Bruselas: 24 de julio de 1818 - Bruselas: 12 de julio de 1897) fue denominado "el Paganini del arpa". Su 'morceau characteristique' para piano "La Harpe d'or" op 89 (Mainz: Schott, década de 1860) está dedicado a Madame Deloffre, esposa del director Adolphe Deloffre. Probablemente Granados utilizó la edición titulada "El harpa de oro", Barcelona: Juan Budó, ca. 1859-1868. También existe una edición de Bonifacio Eslava, Madrid.

4. El arpista y compositor Eugène Nollet (1828-1924) ganó en 1845 el segundo premio del Conservatorio de París y fue arpista de la Ópera de París y jurado de los concursos del Conservatorio en diversas ocasiones. Publicó casi un centenar de obras para arpa y para piano, muchas de las cuales obtuvieron bastante éxito y difusión internacional. El capricho-nocturno para piano "Les perles" op 31 (París: E. Girod, antes de 1867), está dedicado al compositor, pedagogo y pianista Félix Le Couppey (1811-1887), maestro, entre otros, de Cécile Chaminade y Józef Wieniawski. "Les perles" fue publicada en España por la editorial barcelonesa Andrés Vidal y Roger a finales de la década de 1860 y tuvo al menos tres ediciones. Actualmente "Les perles" se mantiene en el catálogo de Ed. Boileau de Barcelona.

5. El pianista y compositor Louis Moreau Gottschalk (Nueva Orleans, 8 de mayo de 1829 – Rio de Janeiro, 18 de diciembre de 1869), fue uno de los más grandes virtuosos de su instrumento. Tras su muerte, el editor parisino Leon Escudier publicó muchas de sus obras pianísticas. Esta edición tuvo una enorme influencia sobre los estilos pianísticos ca. 1870-1919, en particular sobre Chabrier, Albéniz, Chaminade, Granados, Carreño o Joplin. La meditación religiosa “The Last Hope” (Santiago de Cuba: 1854), New York: William Hall & Sons, 1855 tuvo numerosas ediciones europeas. Probablemente Granados utilizaba la edición "Última esperanza", Madrid: Bonifacio Eslava, ca. 1870-1880

6. Louis Moreau Gottschalk. La meditación “The Dying Poet” (1863-64), New York: William Hall & Sons, 1865 fue una de sus obras más populares. Probablemente Granados utilizó la edición titulada "El poeta moribundo", Barcelona: Vidal y Roger, ca. 1870. La obra se encuentra desde 1974 en el catálogo Ed. Boileau.

7. "Preu", en catalán: toma

8. Carmen Careaga y sus hijas María del Carmen y María de la Presentación de la Bastida y Careaga, III y IV condesa de Ardales del Río, respectivamente.

9. Obviamente, "1900" es un lapsus calami de Granados. Probablemente se trate de junio/julio de 1889

10. Granados pone 1884

11. "Cabotin", en francés pretencioso o afectado

12. Tras esta página, faltan un grupo amplio de hojas, arrancadas por Granados o posteriormente. Hay una página más con distinta tinta y escrita en diferente momento al resto del cuaderno.

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