Bajo la alfombra de Enrique Granados

23] Granados estudió con Pedrell. Cierto, ¿pero cuándo?

Maruxa Baliñas y Xoán M. Carreira

viernes, 13 de abril de 2018
Enrique Granados © Josep Parera Romero, ca. 1890

Existe una opinión unánime en cuanto a la influencia de Felipe Pedrell (1841-1922) sobre Enrique Granados. Un consenso tan deslumbrante que parece haber impedido plantear dos preguntas imprescindibles. La primera es en qué consiste dicha influencia, cuánto tiempo se mantuvo, qué forma toma o a qué variables afecta, si es una cuestión profesional-corporativa, de estética, ética, ideología, política, religión, técnica musical, pedagogía, economía, gestión y producción,  o cualquier otro que no sea el de técnica pianística, puesto que en este aspecto Pedrell no era un modelo a seguir. Regresaremos sobre estos temas en entregas futuras de Bajo la alfombra de Enrique Granados.

La segunda pregunta, a la que intenta aproximarse este artículo, es: ¿En qué momento se estableció el discipulado de Granados respecto a Pedrell? 

Permítasenos adelantar nuestra conclusión respecto al cuándo. Proponemos suspender provisionalmente toda datación de esta relación docente anterior a 1890. Esta propuesta se basa en la evidencia de que no existen datos, documentos o pruebas que sostengan la convención general de adelantar esta relación a los años previos a los estudios parisinos de Granados (1887-1889). Y cuando no existen argumentos o pruebas, hay que suspender el juicio. 

Pasamos a continuación a hacer una somera relación de las principales narraciones acerca de los estudios de Granados, en orden cronológico de publicación desde 1890 hasta 2018. 

1890. L. M. en La Ilustración Musical Hispano-Americana

Nació este distinguido y joven artista en Lérida el 27 de julio de 1867. A la edad de cinco años vino a Barcelona, en donde empezó el estudio de la música practicándose en el solfeo y piano, desde 1878 hasta enero de 1882, bajo la entendida dirección del profesor D. Francisco Xavier Jurnet. Desde esta fecha cursó el piano con el eminente pianista Pujol, asistiendo al mismo tiempo, durante un año, a las clases de solfeo de la capilla de la Merced.

En mayo de 1883, obtuvo el primer premio de piano en el Concurso-Pujol. Continuó el estudio del piano, bajo la dirección del citado profesor, durante el año de 1884, estudiando, a la vez, algún curso de armonía y composición, hasta que en septiembre de 1887 pasó a París con ánimo de ingresar en el Conservatorio de aquella capital. No pudo conseguirlo, desgraciadamente, a causa de gravísima enfermedad, que lo tuvo postrado en cama a su llegada a París por espacio de mucho tiempo. Tuvo que desistir de presentarse al año siguiente, no muy restablecido de salud, por haber cumplido en aquel intermedio la edad reglamentaria de admisión. Asistió, sin embargo, como oyente a las clases de piano de dicho Conservatorio, gracia especial que le otorgó el celoso profesor de aquel establecimiento, M. C. de Beriot, del cual recibió lecciones hasta el año próximo pasado en que regresó a Barcelona.1

Esta pionera biografía de Granados, obviamente basada en los datos proporcionados por el propio Granados, fue publicada en La ilustración musical hispanoamericana, revista quincenal dirigida por Pedrell. Por lo que conocemos de la personalidad de Pedrell, la idea de entrevistar a Granados tuvo que ser idea suya o cuando menos contar con su beneplácito. Y dado que Granados no menciona a Pedrell como profesor, siendo Pedrell el director de la revista, la explicación más plausible es que Granados no había estudiado con Pedrell antes de julio de 1890. La fecha de 1890 resulta además muy relevante, porque es a partir de este momento cuando empiezan a surgir evidencias de la relación discipular entre ambos. 

1910. Memorias de Granados

Una mañana se presentó mi madre conmigo en casa de don Juan Bautista Pujol, este señor dijo que tenía muchos alumnos y no podía encargarse de mí, pero mi madre le rogó que me oyese aunque no me diera lecciones. Al fin el buen señor me hizo sentar al piano, y desee aquel momento fue otro hombre. Yo no recuerdo bien todos cuantos buenos augurios hizo concebir a mi madre mi nuevo maestro.

Pasó un poco de tiempo y mi maestro pensó en hacerme presentar a uno de sus célebres concursos de piano. En efecto: una mañana me tocó en el hombro y con algo que parecía énfasis, echando un poco atrás y ladeada su cabeza, me dijo después de mirarme unos momentos, con los ojos medio entornados y fruncido el entrecejo, “Preu la Sonata en sol menor de Schumann”. 

Esta fue la primera obra decente que yo estudié. Mi nuevo maestro era muy posseur y tenía voz de bombo. Sus palabras repercutían en algunos metros a la redonda. Se escuchaba mucho, pero enseñaba bien. Era un buen profesor. Sabía hacer muchas cosas medianamente, y se mostraba satisfecho de sí mismo ¡Pobre señor! Hablaba bien el castellano, el catalán, el francés, tocaba bien el piano, componía, jugaba al tresillo, al billar y a la bolsa. Sus alumnos lo admiramos durante mucho tiempo y lo defendimos con ardor. Se supo dar importancia. Hacía valer su autoridad. No nos permitía tener criterio, nos imponía el suyo. Yo no he estado conforme con este modo de proceder desde hace ya bastantes años. He procurado no imponer mi personalidad a los discípulos que han presentado caracteres y rasgos de algo propio y definido. Algunos (¡infelices!) han interpretado mi espíritu liberal en la enseñanza como algo parecido a sumisión al alumno por parte de su maestro.

A lo de antes. Trabajé la Sonata de Schumann, llegó el concurso y me llevé el primer premio. Tenía yo entonces quince años. Mi primer premio les hizo gracia a todos y sobre todo al jurado, formado por Felipe Pedrell y por mi entrañable amigo Isaac Albéniz. De las otras personas que lo formaban no me acuerdo mucho, ni me interesa.

Granados, en su cuadeno de Memorias, dedica mucha atención a su infancia y a la formación musical recibida en su adelescencia. En estas páginas ofrece todo su reconocimiento a Pujol, e incluso los comentarios sobre los defectos de su profesor son presentados cariñosamente. Sin embargo notarán los lectores que a Albéniz lo califica de su "entrañable amigo" mientras de Pedrell sólo da su nombre. Nada permite suponer que Pedrell fuera profesor suyo antes de su regreso de París. 

1916. Orpheus

En las presentes dolorosas circunstancias, una visita al venerable compositor tortosino para escuchar lo que pudiera decir del malogrado Granados, su discípulo ilustre, la hemos creído muy necesaria, y por lo tanto nos hemos personado en casa del autor de La Celestina, quien nos acogió con su afabilidad acostumbrada.

Encuentro a Felipe Pedrell, que es considerado y apreciado en el extranjero, más que en nuestro país, leyendo telegramas de felicitación de numerosas personalidades italianas, pues dos días antes le habían interpretado en el Augusteo de Roma, el prólogo de Los Pirineos, por los mismos elementos directores que tiempo atrás lo hicieron en Venecia. Al exponerle el objeto que allí me llevaba, se conmovió.

Enrique Granados ha sido uno de los discípulos que he preferido y el que ha seguido también más pureza las teorías de mi escuela que tan elevó el Albéniz y prosigue con verdadero talento el maestro Falla en La vida breve. Sus estudios conmigo datan de cuando tenía 18 años y acababa de obtener el premio extraordinario de piano en el concurso Pujol del cual era yo miembro del Jurado, siendo sus progresos rapidísimos y demostrando una asimilación extraordinaria reveladora de una privilegiada inteligencia, pues me preguntaba, ¿qué es una Murciana?, ¿qué es música oriental?, y con tan sólo una ligera explicación y darle algunos datos de investigación se presentaba al siguiente día con páginas de exquisito aroma y de admirable mérito folclórico, porque estudiar era su predilección y esa es una característica que se encuentra en toda su notable producción.

Las Danzas españolas, es de lo más puro y personal de Granados. Respecto a estas bellas composiciones me viene ahora a la memoria la visita que le hicieron expresamente para escucharlas Guim, Bordes y otros compositores extranjeros, que con motivo de un congreso de Música en Bilbao, vinieron después a esta ciudad. Por más de que yo le había dicho de que queríamos escucharle las Danzas, se salió con una obra que no era suya; y una nueva insinuación mía los complació, siendo memorable la satisfacción y entusiasmo que produjo.

Otras cosas nos dijo el respetable musicógrafo y compositor, demostrativas del gran cariño que profesaba al desaparecido artista. Nuestra misión ya estaba completa, nos retiramos dándole gracias por su amabilidad de proporcionarnos estas declaraciones íntimas que doy a la publicidad (perdone estimado Maestro) para ensalzamiento de la memoria del autor de Goyescas, cuya pérdida es irreparable.2

Esta es la primera ocasión -y por boca de Pedrell- en la que se afirma que Granados estudió con Pedrell antes de 1890. Pero obviamente Pedrell está hablando de memoria y su relato es anacrónico: en 1883 Granados tenía quince años, no dieciocho, y el relato que hace Pedrell sobre las inquietudes musicales de Granados no se corresponden con lo que sabemos sobre los años previos a su marcha a París. Por otra parte, el solitario testimonio de Pedrell es interesado y carece de neutralidad, imparcialidad e independencia, por lo cual no puede ser tomado en consideración mientras carezcamos de fuentes ajenas al propio Pedrell. Y esta cuestión no es baladí, puesto que en el estado actual de nuestros conocimientos, estas declaraciones de Pedrell son el origen único de la narración unánime de todos los autores posteriores, que datan el discipulado en la década de 1880. 

1916. J. Salvat

Enrique Granados y Campiña nació en la ciudad de Lérida el 27 de julio de 1867. Su padre, capitán del ejército español, era hijo de la isla de Cuba, y su madre de Galicia. Hay que tener en cuenta la naturaleza de los progenitores de Granados, porque ella explica la ausencia del espíritu catalán que notamos en casi todas las composiciones del llorado maestro, víctima de la odiosa lucha que en nuestros tiempos avanzados debemos presenciar. Granados, sin embargo, pertenece a la escuela catalana en realidad, porque en Barcelona, donde vino de pequeño con su familia, hizo sus estudios musicales, y aquí, entre nosotros, fue desarrollando su arte, bien personal, ciertamente, pero tampoco original del todo, ya que la influencia de los maestros más significados de nuestra tierra en la música españolizada, como son Felipe Pedrell e Isaac Albéniz, se deja sentir de manera frecuente.

Retomemos el hilo de nuestra historia y digamos que las felices disposiciones que ya desde el comienzo de sus estudios con el profesor Francisco X. Jurnet reveló el pequeño Granados, que durante un tiempo había pertenecido también a la escolanía de la Merced, decidieron a sus padres a buscarle un maestro de renombre, y con muy buen acierto lo confiaron a la dirección del reputado profesor Juan Bautista Pujol, al que se le ha venido nombrando con bastante razón el maestro de los maestros catalanes. Discípulos de Pujol fueron, entre otros, también muy destacados, los tres pianistas más eminentes de Cataluña, desgraciadamente desaparecidos a poca distancia uno del otro: Malats, primeramente; Vidiella, cuya muerte sienten sus discípulos con la misma intensidad de los primeros días, y ahora Granados, cuya madurez apenas comenzaba, haciendo esperar los mejores frutos de su delicada insipiración. Rendimos, pues, al esclarecido maestro Pujol la gloria que su enseñanza superior del piano le ha proporcionado a Cataluña, mediante una tan bella cosecha de artistas, y seamosle reconocedores de la memoria que la ciudad de Barcelona habría debido conservar de una manera algo perdurable.

Granados se presentó en público, por primera vez, en el Concurso Pujol del año 1883. Ejecutó, al igual que los demás concursantes, el primer tiempo de la sonata en sol menor (op. 22) de Schumann, y, a primera vista, una pieza escrita ex profeso por el maestro Martínez Imbert. La seguridad y brillantez de su ejecución lo pusieron en primer lugar, aún siendo hombres ya de barba sus contrincantes. Un año más tarde toma parte en la fiesta de reparto de premios del propio concurso; interpretando la característica Bámbula [sic] de Gottschalk, donde demostró ya su estilo personal. En esa misma época, Granados empezó los estudios de armonía y composición bajo la docta dirección del maestro D. Felipe Pedrell. Cabe decir que no fue nunca un discípulo modelo; pero, a cambio de los trabajos impuestos en general a los alumnos del mismo curso, él presentaba a menudo pequeñas composiciones, o mejor dicho, bocetos donde se refleja ya su personalidad llena de distinción y de una sensibilidad exquisita. Si no en público, fue manifestándose Granados como pianista en diversos centros privados, lo cual le hizo ganar muchas simpatías y no menos admiradores. Durante una corta temporada toca, también, en el café de las Delicias, el mismo donde había actuado el pianista Vidiella. No por esto dejó sus estudios, que dirigen siempre los mencionados maestros Pujol y Pedrell, hasta que en septiembre de 1887 pudo irse a París, gracias a la protección de su entrañable amigo D. Eduardo Conde. Su deseo era ingresar en el Conservatorio de aquella capital, y lo habría conseguido sin duda de no haberse puesto enfermo, lo cual impidió que se encontrara en condiciones favorables para ganar las oposiciones impuestas en el citado centro oficial, y, esperando otro año, le pasara el tiempo reglamentario para la admisión. Restablecido de su grave enfermedad, quedó, sin embargo, en París, y asistió como oyente a varias clases de dicho Conservatorio, mientras recibía lecciones particulares del eminente profesor de piano Charles de Bériot.3

El florido estilo de Joan Salvat se corresponde con la retórica del elogio fúnebre, tal como se entendía en aquellos momentos. Se trata pues de un discurso en el cual lo emocional prima sobre lo riguroso y además -ya desde el primer párrafo- manifiesta una indisimulada intencionalidad política, de sesgo nacionalista y esencialista. Al igual que sucede con las declaraciones de Pedrell, la narración de Salvat presenta un anacronismo cuando habla de las pequeñas composiciones que Granados muestra a Pedrell, que por lo que sabemos fueron esbozadas en París a partir de 1888. A destacar que Salvat es el primero en afirmar que Granados estudió armonía con Pedrell, cosa que Pedrell no dice en ningún momento.

A este respecto conviene tener presente la pertinencia de dos cuestiones. En primer lugar, en la práctica de la época la enseñanza del piano incluía la formación en armonía, habilidad que el alumno necesitaba para su carrera profesional que incluía la improvisación, la composición de pequeñas piezas y la interpretación de breves preludios originales a las obras maestras del repertorio, especialmente las sonatas. En segundo lugar, tanto Pujol como Beriot eran compositores competentes ellos mismos y estaban muy preocupados por la formación estética y técnico-musical de sus discípulos. Recordemos a este respecto que en su cuaderno de memorias, Granados relata como tareas poco atractivas la obligada realización de largos ejercicios de armonía por él y Viñes. 

1917. L. Villalba

Granados llevaba ya a París un bagaje artístico considerable, la enseñanza de Pujol y las orientaciones estéticas de Pedrell, quien en el concurso para el premio extraordinario del concurso Pujol al actuar como jurado conoció al sobresaliente concursante. Granados alcanzó este premio a los catorce años. Martínez Imbert y Albéniz completaban el Jurado. Tales enseñanzas influyeron mucho y marcaron profundas huella en la dirección artística de Granados, quien si en París adquirió esa irreprochable pulcritud del modo francés, no perdió su condición española.4

A Luis Villalba (1872-1921) debemos una curiosa información sobre el prematuro talento musical de Granados: en su más tierna infancia afinaba las escupideras de su casa para luego tocar con ellas la Marcha Real. Debía ser un talento común a los niños prodigio españoles, pues también existen testimonios sobre cómo Pepito Arriola tocaba esta misma Marcha Real con su sonajero a la edad de seis meses. A la espera de que algún musicólogo investigue este curioso fenómeno, me limitaré a constatar que en esta ocasión el siempre imaginativo monje agustino se limitó a repetir los tópicos que ya funcionaban desde la muerte de Granados, aderezándolos con un chorrito de "esencia española". 

1921. G. Boladeres

Enrique Granados Campiña nació en Lérida el 29 de julio de 1867. Por haber advertido, probablemente, sus prematuras aficiones musicales, su padre, oficial del ejército, le puso en edad temprana bajo la dirección artística del capitán don José Junceda, que le enseñó los primeros rudimentos del arte. Más tarde, establecida su familia en Barcelona, continuó sus estudios musicales con los profesores don Francisco Jurnet y don Juan Bautista Pujol, pianista de gran mérito que descubrió rápidamente las felices disposiciones de su discípulo. Granados se distinguió muy pronto en los cursos de la Academia Pujol, en la que obtuvo un premio de piano. Otro artista de mérito, el célebre compositor y tratadista don Felipe Pedrell, le enseñó la armonía y la composición. Pero el joven Granados, deseoso de conocer otros ambientes artísticos, siguió el ejemplo de tantos otros compatriotas, y solicitó su admisión en el Conservatorio de París.5

Guillermo de Boladeres concibió su libro como un estudio de la obra y enseñanzas de su maestro, Granados, motivo por el cual dedica muy poco espacio a los datos biográficos. Desde el prólogo deja claro que se ha limitado a sintetizar de modo ordenado y claro los datos ya conocidos. En estas breves líneas aporta un dato pertinente y relevante: que José García-Junceda tenía el grado de capitán lo cual explica que fuera vecino de los Granados, quienes en ese momento probablemente vivían en un edificio reservado a oficiales. 

1948. H. Collet

Habiendo dado prueba de un gusto precoz por la música, el niño fue confiado por su padre al capitán don José Junceda, el cual le enseñó los primeros elementos del solfeo y de la técnica del piano. Después, en Barcelona, donde la familia Granados fijó felizmente su domicilio, Enrique continuó sus estudios, en la Escolanía de la Merced, bajo la férula del profesor Francisco X. Jurnet, y finalmente bajo la dirección del reputado Joan Baptista Pujol, fundador de una Academia de música que produjo los tres mejores pianistas catalanes de nuestra generación: Malats, Vidiella y Granados. Este último obtuvo el primer premio de piano en 1883 con la Sonata en sol menor de Schumann.

Al mismo tiempo, Granados comenzó sus estudios de armonía con Felipe Pedrell que, naturalmente, no pudo enseñar al joven Enrique lo que él mismo ignoraba: la construcción musical. Pero Granados podía sobrevivir sin maestro. Incluso tocando el piano en casas particulares o en el Café de las Delicias, continuó instruyéndose en el arte de los sonidos, buscando y encontrando en su piano los agregados armónicos o las fórmulas rítmicas que pasado el tiempo constituyeron toda su estética.6

El compositor y crítico musical Henri Collet (1885-1951), claramente deudor de Boladeres y de Salvat, es el primer y único autor que muestra su escepticismo sobre la cualificación técnica de Pedrell como maestro de composición, especialmente en lo que respecta al dominio de la forma. La opinión de Collet subyace en las críticas habituales al dominio de la forma por parte de Granados, así como en la minusvaloración de su obra de cámara. Pero quienes siguen a Collet -a menudo sin citarlo- olvidan que la perspectiva de Collet se corresponde al formalismo posterior a la 2ª Guerra Mundial, que invisibilizó gran parte de la creación musical de la Belle Époque y de las estéticas simbolistas. Por otra parte es llamativo que quienes reprochan a Granados su antiformalismo coincidan en elogiar a Pedrell, que es quien componía sinfonías y otras músicas formales. 

1956. A. Fernández-Cid

Granados nace músico. Gusta, vibra con la música. Estudia con afán. Denota precocidades limpias, al margen de efectismos non sanctos. A los doce años conoce infinidad de obras y las domina ya no sólo en el aspecto material de la ejecución, sino, lo que es más importante, en el sentido poético, en el valor emocional que encierran. El capitán José Junquera [sic] le ha brindado en Lérida las primeras lecciones, sembró la base que pronto ha de cristalizar en resultados capaces de causar pasmo a propios y extraños. Pero los padres no tienen prisas, ni él conoce la impaciencia. Cuando el traslado a Barcelona se produce, continúa sus estudios, en la Escolanía de la Mercé, con Francisco Xavier Jurnet. Después, ya pronta la sensibilidad, forjada la sólida base que autorice despliegues a muy elevados horizontes, Juan Bautista Pujol, de cuyas enseñanzas admirables se benefician también Joaquín Malats y Carlos Vidiella, depura conocimientos, mientras Felipe Pedrell, de tan trascendente y patriarcal representación para los artistas de la época, explica, una y otra vez, lo que puede ser el camino por el que España consiga la mayoría de edad en el campo del concierto y pueda figurar, sin desdoro, en el mapa del arte universal.7

El gran periodista Antonio Fernández Cid (1916-1995) siempre intentó primar la información sobre la opinión y en su condición de coronel de Intendencia sabía de lo que hablaba cuando se refería a cuestiones militares. Es el primero que afirma que Granados recibió las primeras lecciones del capitán Junceda en Lérida, pero no dice cuándo. Respecto a la enseñanza de Pedrell, retoma lo dicho por el propio Pedrell de que se trataba de clases de cultura musical y estética, y no propiamente de armonía o composición. Fernández-Cid, quien no duda en valorar la importancia de las clases de Pedrell, se abstiene de datarlas. 

1966. P. Vila

Eduardo [sic] Granados Campiña llega a Barcelona y recibe las primeras lecciones de música de un modesto profesor don Francisco Xavier Jurnet, al mismo tiempo que ingresa en la Escolanía de la Merced, donde sobresale por sus aficiones musicales. El honrado profesor recomienda a los padres que procuren al niño mejor enseñanza, dadas sus condiciones, y Enrique acude a la Academia de don Juan Bautista Pujol, renombrado músico que ya cuenta entre sus alumnos con los que luego han de ser eminencias: Vidiella y Malats. En el primer concurso público de la Academia (1883) toca a primera vista la Sonata en sol menor (op. 22) de Schumann y al año siguiente con motivo de un reparto de premios ejecuta la Banbula [sic] de Gottschalk ante el asombro de técnicos y público. Se le considera pianista excepcional y el maestro Felipe Pedrell de renombre nacional le enseña armonía.8

El libro de Pablo Vila San-Juan es una narración fantástica entreverada de retazos de documentos reales e inventados y testimonios de personas que conocieron a Granados medio siglo atrás. Raramente permite Vila que la realidad le estropee una buena historia, motivo por el cual no duda en contradecir incluso lo escrito por Granados en su cuaderno de memorias. Aún así se muestra extraordinariamente parco en su referencia a Pedrell, limitándose a afirmar que le enseñó armonía en fecha no especificada. 

1991. C. Hess

Granados inició estudios con Pujol en 1880; en 1883 ganó un concurso organizado por su academia, el Concurso Pujol, en el cual interpretó la Sonata en sol menor de Schumann y leyó a primera vista una obra encargada a Martínez Imbert. El comentario posterior de Granados de que la Sonata de Schumann fue ‘la primera obra decente’ que estudió nos da una idea del nivel de sus estudios anteriores. Junto a Albéniz, el jurado del concurso Pujol incluía a Felip Pedrell (1841-1922); aparentemente este momento fue el primer contacto de Granados con el importante crítico, musicólogo, profesor y compositor. Al año siguiente inició sus estudios de armonía y composición con Pedrell. […] Las lecciones con Pedrell pudieron haber finalizado debido a las estrecheces financieras provocadas por la muerte temprana del padre de Granados.9

La biobibliografía de Carol Hess fue la primera monografía académica y rigurosa sobre Enrique Granados, y sigue siendo una referencia imprescindible para quienes investigamos sobre este artista. Hess escribió su libro -más plagiado que citado- con los medios, fuentes e instrumentos disponibles hace treinta años, por lo cual faltan datos y no es raro encontrar imprecisiones como sucede en su breve narración sobre el discipulado de Granados con Pedrell. Hess acota corectamente la fecha de 1883 para el primer contacto de Pedrell con Granados pero no fundamenta la datación en 1884 de las primeras clases y no argumenta en modo alguno su afirmación de que Granados abandonó las clases por las dificultades financieras subvenidas tras la muerte de su padre, cuestión esta que ya he tratado en otro capítulo de esta serie

2001. X. Aviñoa

Granados cayó en buenas manos y en 1883, es decir, a los 16 años, tenía ya un dominio de la técnica pianística suficiente como para interpretar con gran maestría la Sonata op. 22 de R. Schumann y una obra de Cl. Martínez Imbert en el concurso que Pujol organizaba entre sus discípulos, hecho que impresionó a Felipe Pedrell que, como miembro del jurado, asistió al concierto, también en busca de discípulos para sus clases particulares de armonía y composición. Granados, que al cabo de un año volvió a participar en el concurso Pujol con la Bambola [sic] de Gottschalk, siguió desde 1884 hasta 1891 las enseñanzas de Pedrell en las materias citadas y pasó a formar parte del numeroso grupo de discípulos de Pedrell como Ricard Viñes, Robert Gerhard […] o Enric Morera, quien más tarde discreparía de manera ostensible de la pedagogía de su maestro. […] Según afirma J. Salvat, en las clases de Pedrell el joven Granados era muy poco sistemático, muy dado a exhibirse y tenía tanta fe en sí mismo como falta de trabajo riguroso.10

La biografía de Xosé Aviñoa fue redactada con destino a la edición de la Obra completa para piano de Enrique Granados en la editorial Boileau, inspirada por Alicia de Larrocha. Aviñoa amplía a siete años la enseñanza de Pedrell -incluyendo los dos de estancia de Granados en París- sin aportar ninguna prueba. Ningún otro biógrafo de Granados se atreve a plantear una enseñanza de Pedrell tan intensa y sobre todo tan extensa. Si Granados hubiera sido alumno de Pedrell tanto tiempo, existiría alguna prueba, se le citaría en los artículos periodísticos como alumno de Pedrell, y no sólo de Pujol y Beriot, y esto no ocurre en ningún caso. Incluso cuando en la prensa se habla de las conferencias que dió Pedrell en el Ateneo de Madrid en febrero de 1895, con Granados realizando los ejemplos musicales, no se dice de él que sea alumno de Pedrell. 

2006. W. Clark

¿Por qué Granados no adquirió la formación compositiva que necesitaba para afrontar los desafíos expuestos anteriormente? Quizá la razón principal es que, en aquel momento, los compositores en España carecían de oportunidades para estudiar con maestros de composición de primer orden y tampoco podían conseguir que se estrenaran sus obras instrumentales de gran formato. Generalmente los estudiantes tenían que ir a Francia o Alemania para conseguir ese tipo de formación. Granados estudió en París, pero piano, no composición. Su única formación real en materia compositiva la recibió en Barcelona, a mediados de la década de 1880, de la mano de Felipe Pedrell. […]

Tenemos, sin embargo, poca documentación que arroje luz sobre la naturaleza de la tutela pedagógica de Pedrell. Las lecciones que Granados recibió de él probablemente consistieran en conversaciones carentes de estructura o forma sistemática y regular. De hecho, uno de los errores que se le atribuye a Pedrell fue el hecho de no proporcionar una instrucción técnica sistemática a sus alumnos de composición. No obstante, disponemos de algunos documentos que muestran que no descuidaba totalmente su desarrollo técnico; así, Pedrell asignó a Granados la tarea de arreglar para trío de cuerdas la Sonatina, op. 36 de Clementi (el manuscrito de dicho trío lleva la inscripción “curso de composición del Sr. Pedrell”). Este era precisamente el tipo de ejercicio práctico de orquestación que podríamos esperar que se le asignara a un alumno como Granados. Además, Granados dedicó varias de sus primeras obras a su maestro, lo que sugiere que pudieran formar parte de este tipo de ejercicios.11 

A pesar de haber sido publicada como una biografía académica, Enrique Granados. Poeta del piano de Clark es una obra en la cual con frecuencia la opinión y la especulación predominan sobre la investigación. Lo cual, unido a la asunción acrítica de la bibliografía anterior, lleva a narraciones peregrinas cuando no autocontradictorias, de algunas de las cuales hemos dado cuenta ya en anteriores entregas de Bajo la alfombra de Enrique Granados.

De todo ello es un buen ejemplo el texto aquí citado. Clark copia información de varias de las fuentes citadas en este mismo artículo, y las combina con especulaciones y opiniones no argumentadas y rancios prejuicios franco-germanocéntricos, fruto de su escaso conocimiento de la historia de España. El autor de la única biografía de Granados es incapaz de datar las relaciones de Granados con Pedrell y su retórico excursus sobre la "naturaleza de la tutela pedagógica de Pedrell" -en buena parte deudora de Collet- mezcla churras con merinas sin que el lector llegue a advertir que está hablando de ovejas. 

Clark es el primero en mencionar el arreglo para trío de cuerdas de la Sonatina op. 36 Clementi que, por encargo de Pedrell, Granados realizó en 1891, fecha que Clark no aporta. Tampoco menciona Clark que se trata de un elemental ejercicio de instrumentación propio del inicio de una enseñanza, es decir, que si algo se deduce de este ejercicio es que en 1891 Granados llevaba muy poco tiempo estudiando con Pedrell. 

Por lo que se refiere a las dos mazurkas dedicadas a Pedrell12, y compuestas en París hacia 1888, la dedicatoria no aparece en el manuscrito parisino, sino en un segundo manuscrito de compilación, puesta en limpio y corrección del anterior. Desconocemos cuándo y dónde realizó Granados este segundo manuscrito, que contiene numerosas dedicatorias a personas diversas, pero es posible que fuese realizado en Barcelona en 1890, momento en que Granados estaba intentando lanzar su carrera profesional. Y no olvidemos que Pedrell era una figura poderosa tanto en Madrid como en Barcelona en la década de 1890, y que su apoyo era muy importante para un artista emergente como Granados. 

2005. C. Hess

En 1883, a la edad de 16 años, Enric Granados se presentó al concurso Pujol, interpretando la Sonata en sol menor de Schumann (la cual calificó años después como la primera «obra decente» que jamás había estudiado) y leyendo a primera vista una obra comisionada. Durante los tres años anteriores había trabajado intensamente con el homónimo del concurso, Joan Baptista Pujol, fundador de la llamada "escuela catalana" según el profesor norteamericano Mark Hansen, autor del artículo El uso del pedal y la escuela catalana en la enseñanza de Enrique Granados y Frank Marshall. En el tribunal estaba Albéniz, que se había trasladado a Barcelona desde Madrid ese mismo año, con el propósito de estudiar composición con otro miembro del tribunal, Felip Pedrell. Esta ocasión debe haber sido el primer contacto del joven Granados con esas grandes figuras de la música catalana. El concurso fue decisivo: el tribunal falló a favor del dotado intérprete ilerdense y Granados, como en su tiempo Albéniz, se decidió a emprender estudios de armonía y composición con Pedrell, tarea que empezó el año siguiente.13

Una vez más, Hess nos ofrece un texto de gran pertinencia y relevancia sobre Granados. En esta ocasión un artículo monográfico sobre Granados y Pedrell en el cual profundiza en la naturaleza de estas relaciones, justamente el tema sistemáticamente evitado por sus predecesores. Al centrar su atención en esta cuestión, y dada la falta de datos materiales, Hess propone la fecha de 1884 sin ofrecer ninguna prueba. 

2009. M. Perandones

Como es sabido, la relación entre Granados y Pedrell comienza con la participación del compositor en el concurso de piano de Pujol en el año 1883 en que resultó vencedor, y donde Pedrell era miembro del jurado. Desde ese momento Granados comienza a asistir a clases de composición regularmente con él. Tal como señalan Clark y Hess, no se puede precisar el contenido teórico de las clases de composición, por lo que no se puede saber hasta que punto influyó directamente en Granados. Ahora bien, podemos seguir el punto de vista del propio Granados a través del testimonio de Amadeu Vives en la Revista Musical Catalana de 1916 (p. 181), donde Granados se queja de que "Als trebta i pico d'anys encar no hem pogut estudiar seriosamente el nostre ofici".14

En este artículo Perandones se limita a sintetizar la información de fuentes anteriores, como ella misma manifiesta. Hay sin embargo un detalle muy curioso: Perandones ha dedicado gran parte de sus esfuerzos a demostrar la influencia masiva de Pedrell sobre las ideas estéticas, éticas, políticas, religiosas, sociales y profesionales de Granados. Por eso me llama la atención su afirmación en estas líneas de que: "no se puede saber hasta qué punto [Pedrell] influyó directamente en Granados". De hecho, Perandones es la única autora que hablando del magisterio de Pedrell se cuestiona si influyó realmente en Granados. Esta afirmación es además ilógica, porque si admite que Pedrell fue el único profesor de armonía y composición de Granados, y si además fecha estos estudios durante su adolescencia, no tiene sentido negar la influencia. Ciertamente hay algunos casos de compositores que abjuraron de las enseñanzas de sus maestros, pero se trata de alumnos con una fuerte personalidad y que buscaron otro magisterio fuera de las aulas, o sea, su maestro o modelo real fue otro del que figura 'oficialmente'. 

2016. M. Perandones

1882 se convirtió en un año clave en la vida del joven Enrique. […]. Granados comenzó a asistir a clases de piano con Joan Baptista Pujol, personaje clave del pianismo barcelonés que también fue maestro de otros grandes pianistas contemporáneos como Ricardo Viñes y Joaquín Malats. A partir de entonces comienza la “verdadera” educación musical de Granados. […] Al año siguiente conocería a su maestro Felipe Pedrell, con quien mantuvo una estrechísima relación a lo largo de su vida.15

Siete años después del artículo antes citado, ahora en una prolija introducción al epistolario granadino, Perandones parece haber cambiado de opinión sobre la influencia de Pedrell, que ahora es "una estrechísima relación a lo largo de toda su vida". No aportaba ninguna prueba de sus hipótesis en 2009 y tampoco lo hace en 2016, lo cual facilita enormemente su cambio de opinión. 

2018. T. Cascudo

Además de Pujol, otra de las influencias importantes bajo las cuales se desarrolló el joven Granados fue la de Pedrell, con quien estudió privadamente composición entre 1884 y 1887. De hecho, este es el segundo motivo por el que el concurso de 1883 marcó un punto de viraje en su trayectoria, ya que fue allí donde el maestro y su futuro profesor se encontraron. Pedrell, tal como Pujol, formaba parte de la élite más informada y cosmopolita del panorama musical español de las últimas décadas del siglo XIX, unidos por la voluntad de difundir en España las tendencias contemporáneas, como se revela en su compartido wagnerismo. Las manifestaciones públicas de Pedrell como compositor, crítico y musicólogo y su trayectoria fueron un acicate para quienes se incluían en su círculo de influencia en dos sentidos fundamentales: el de la valorización positiva del folklore y de la historia de la música, y el de la voluntad de internacionalización. En realidad, aunque la tradición crítica parece contradecirlo, debemos considerar que es típica de la época la unidad entre ambos elementos, que son rostros del mismo proceso cultural.16 

En su recientísima síntesis de la figura de Granados para el libro La música en España en el siglo XIX, Cascudo retoma la perspectiva de Hess en 2005 y la ilumina con valiosos instrumentos de la crítica cultural y la moderna historiografía. El texto es especialmente valioso si se lee sabiendo que fue redactado diez años antes de la muy retrasada publicación del libro, época en la cual Cascudo asumió la datación tradicional de los estudios de Granados con Pedrell entre 1884 y 1887. 

Tras esta amplia, y casi excesiva, revisión de las fuentes bibliográficas sobre la relación docente de Pedrell y Granados consideramos razonable proponer que ante la total inexistencia de pruebas es preciso renunciar provisionalmente a cualquier datación anterior a 1890. Es entonces, y sólo a partir de entonces, cuando disponemos de documentos y pruebas fehacientes de dicha relación. 

Notas

181. J. L., "Enrique Granados Campiña" en Ilustración musical hispano-americana. 30/6/1890, n.º 59, pp 2-3

2. Orpheus, 'El mestre Pedrell i el seu deixeble Granados', en El Teatre Catalá, año V, n 216, 15 de abril de 1916, p 137

3. Joan SALVAT, "Enric Granados. Notes biografiques". en Revista Musical Catalana, año XIII, 1916, pp 197-207

4. P. Luis VILLALBA, “Enrique Granados. Semblanza y biografía”, Madrid: Imprenta Helénica, 1917, pp 10-11

5. Guillermo de BOLADERES IBERN, “Enrique Granados”, Barcelona: Editorial Arte y Letras S. A., 1921, p 7

6. Henri COLLET, “Albéniz et Granados”, París: Éditions Le Bon Plaisir, 1948, p 175

7. Antonio FERNÁNDEZ-CID, “Granados”, Madrid: Samarán Ediciones, 1956, p 43

8. Pablo VILA SAN-JUAN, “Papeles íntimos de Enrique Granados”, Barcelona: Amigos de Granados, 1966, p 15

9. Carol A. HESS, “Enrique Granados. A bio-bibliography”, New York: Greenwood Press, 1991, p 6

10. Xosé AVIÑOA, “Compendio histórico-biográfico” en “Enrique Granados. Integral para piano”, vol. 18, Barcelona: Editorial de Música Boileau, 2001, pp 18-21

11. Walter Aaron CLARK, “Enrique Granados. Poet of the piano”, London, Oxford University Press, 2006, traducción española de Patricia Caicedo: “Enrique Granados: poeta del piano”, Barcelona: Editorial Boileau, 2016, pp 34-35

12. Se trata de las Mazurkas en fa mayor DLR III-1:31 y en sol menor DLR III-1:32 del "Álbum de melodías de París". En el segundo manuscrito consta la dedicatoria "A Don Felipe Pedrell. El autor", en Douglas RIVA, "Enrique Granados. Integral para piano", Juveniles 1, Vol 5, Barcelona: Editorial Boileau, 2003, pp 27-28, 62-65 y 7613. Carol HESS, "Enric Granados y el contexto pedrelliano", en Recerca musicologica, XIV-XV, 2004-2005, pp 47-56

14. Miriam PERANDONES, "Las Tonadillas (1912-1913) y las Canciones Amatorias (1914-15) de Enrique Granados: la herencia de Pedrell en el camino de una nueva estética", en María NAGORE, Leticia Sánchez de Andres y Elena Torres (ed), "Música y cultura en la Edad de Plata 1915-1939", Madrid; ICCMU, 2009, pp 509-10

15. Miriam PERANDONES, “Correspondencia epistolar (1892-1916) de Enrique Granados, Barcelona: Editorial Boileau, 2016, p 27

16. Teresa CASCUDO, "Poética romántica y evocación dieciochesca: Enrique Granados", en Juan José CARRERAS, "La música en España en el siglo XIX", vol 5 de "Historia de la música en España e Hispanoamérica", Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2018, p 691

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.