España - Cataluña

El show de Flórez

Jorge Binaghi

jueves, 26 de abril de 2018
Barcelona, martes, 17 de abril de 2018. Palau de la Música. Recital de Juan Diego Flórez, tenor, acompañado por la Orquesta de Valencia. Director: Riccardo Minasi. Arias y fragmentos orquestales de Mozart, Gluck, Donizetti, Massenet, y Verdi. Bises: canciones de Chabuca Granda y C. Veloso con guitarra y con orquesta ‘Granada’ de Lara

Que Flórez es un número uno desde hace poco más de veinte años ni hay que decirlo. Que siga siendo único en su repertorio es cuestión abierta a debate, con respuestas disímiles según el nivel de adhesión que despierte o de distancia que se tome. Por descontado, un éxito de público que además aplaudió con calor desde el primer momento (cuando el tenor aún no había aparecido). Dejo imaginar el resto: banderas peruanas, gritos embravecidos (desde un sonoro ‘guapo’ que últimamente se propina a los cantantes -agrego las cantantas, por las dudas- líric@s como si fueran más -o menos- que eso. Sigo sin acostumbrarme; supongo que soy algo así como un caso sin remedio y por supuesto ‘mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa’), una señora que se inclina peligrosamente desde un balcón, lo que da pie a que el divo explique que lo sigue a todas partes.

También, como en el caso de Terfel y otros, Flórez ha decidido que un concierto es para dialogar con el público. No me parece mal si aporta algo y no es muy largo (los cantantes- y las cantantas- siempre lo han hecho, pero en modo discreto y puntual). Pero recibir explicaciones sobre por qué Orfeo está contento y luego triste, o por qué Edgardo se muere como les suele pasar a los pobres tenores (pero no se interpreta el aria de la muerte), o si el duque de Mantua es asqueroso pero simpático y hoy lo tendría crudo no parece en sí demasiado interesante aunque se explique en modo simpático. Curiosamente Tamino y Alessandro (de ‘Il re pastore’) y Des Grieux y Werther, e incluso el papanatas de Alfredo Germont son cantados sin más (el suscrito agradecido). Otra cosa es que se explica por qué se canta por primera vez una canción de la Granda, Coplas a fray Martí, con anexo sobre quién era este moreno y a quiénes protege, con un agregado debido a una imagen en el Duomo de Milán, o se repite el Cucurrucucú paloma. Y esos son los dos momentos más bellos y puros del programa. Que termina con un despliegue escénico-vocal que comparten solista y director, más unas rosas rojas que se doblan o saltan por el aire oportunamente (y al decir ‘flores’ -y repetirlo, fuera de texto- en Granada, el tenor se señala entre modesto y orgulloso. No nos vamos a poner ortográficos sobre todo cuando ‘s’ y ‘z’ en muchos lados suenan iguales).

Vayamos al programa. La orquesta de Valencia me parece buena, pero seguramente lo sería más si la dejaran respirar. Ejemplo: imprecisiones de las cuerdas (introducción a la escena de La traviata) probablemente debidas a tiempos frenéticos que hacen parecer lento a Toscanini. O cambios bruscos de ritmo, un forte casi continuo (sorprende cuando se inicia en piano el fragmento de ballet de I vespri siciliani) y que convierte al ballet de L’assedio di Calais de Donizetti en algo así como ‘funiculí funiculà’ (y el público que naturalmente habla despectivamente de este fragmento sin acertar a preguntarse cómo sonaría dirigido por,digamos, Mariotti). De las oberturas, la que sale mejor parada es la de la verdiana Alzira (aunque yo desearía verla alguna vez en vivo -en concierto o forma escénica- seguro que cuando el autor dijo ‘quella è proprio brutta’ debía de pensar en este fragmento entre otros); las dos de Mozart (La clemenza di Tito y Don Giovanni) salieron relativamente con bien del paso pese a que ya sorprendían ciertas ‘peculiaridades’ de la batuta que pasado un tiempo yo había pasado del desconcierto a la irritación (el público pareció apreciar; yo aprecié que Massenet no recibiera ningún tratamiento orquestal, como Gluck, aunque siempre están las arias y allí a veces el vendaval se llevó la voz del tenor, o el ‘fraseo’ del lamento de Orfeo se convirtió en una monotonía metronómica pero imposible de obviar).

Al tenor. Comenzó con dos Mozart, y si su Tamino (aria del retrato) fue muy bueno, diría aplicado y con un alemán bueno pero también escolar, el aria de Alessandro  ‘Si spande al sole in faccia’ del juvenil Re pastore resultó superior, por el italiano y el maravilloso manejo de la coloratura.

Los dos fragmentos de Gluck vienen muy a cuento. En Milán fueron geniales, por el intérprete y el acompañamiento orquestal; aquí no sólo fueron claramente inferiores por lo segundo sino que, es obvio, Flórez estuvo muy bien, pero poco inspirado en su fraseo (y no era para menos). La voz de ahí en adelante sonó más oscura y con más cuerpo en el centro, pero no con más volumen. Hubo algún engolamiento y los agudos -perfectos en sí mismos (salvo el del final de la cabaletta de Alfredo donde la entonación no fue la deseable aunque sí fue una ‘puntatura’interminable) o sonaban rossinianos en el Des Grieux, magníficos en el canto de Ossian de Werther, pero para eso antes había habido una interpretación deliberadamente reservada, demasiado ‘íntima’ y, sobre todo, monocolor.

La voz sigue siendo bellísima, pero en sí misma no permite tanto juego de matices manteniendo el color, por lo que o suena opaca o blanquecina. Dicho esto, el aria que abre el tercer acto de Lucia fue mucho más adecuada en todos los aspectos que en el Liceu. A veces aparece un problema puntual de fiato que acorta los finales de frase y los hace inaudibles (sobre todo si se producen en zona grave). Por la importancia de todo esto en los recitativos de Donizetti y Verdi (en los otros, correctamente, no tuvimos, salvo en la introducción de ‘Ah, fuyez’ de Manon o el breve verso anterior al canto de Ossian en Werther) hubo momentos en que faltaba ese ‘algo’ que tienen incluso naturalmente voces no siempre tan privilegiadas como la de Flórez. A algunos extrañó que no intentara la cabaletta del Duca tras ‘Parmi veder le lacrime’ (que acabó de modo muy propio), pero creo que teniendo luego que hacer la de Alfredo -una vez, no dos- tuvo su razón de ser. Con lo que, de todo Verdi, lo mejor me pareció ‘Questa o quella’.

Es cierto que los cantantes -y las cantantas- tienen derecho a cambiar y/o ampliar su repertorio, que repetir incesantemente lo mismo puede producir tedio o amaneramiento. También es cierto que ha habido grandes cantantes que han cantado puntualmente (o grabado sin llevarlo a la escena) otros papeles que a veces han bastado para ponerlos entre los intérpretes históricos -y las intérpretas históricas-, pero cuya fama se ha debido a un grupo reducido de papeles. El ejemplo más reciente y obvio es la gran Berganza. Soy de los que cree que la calidad es mejor que la cantidad, y también de los que cree justo el proverbio aquel de que quien mucho abarca poco aprieta, aunque la tentación existe y no hay por qué no ceder a ella… Flórez en el momento de cantar por primera vez la canción de su connacional dijo ‘¿y por qué no? Hay que atreverse’. Toda una actitud de vida que comparto aunque no sé si vale exactamente igual en todos los ámbitos en que nos movemos, por ejemplo en el del oficio, trabajo, tarea o misión, como se lo quiera ver.

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