Quizá el mejor elogio dispensable a esta espléndida escenificación de La Pasión según San Juan es que enaltece y probablemente democratiza en términos casi didácticos la inmensa belleza de los textos evangélicos y la música de Bach. Hay en ella un gran respeto, diríase reverencial, hacia la inexpugnable grandeza del BWV 245, un espacio en el parece que el teatro de Bieito no aspira a penetrar, pero hacia el que tiende puentes con inteligencia y sobriedad: una escena única y neutra, un excelente trabajo actoral y algunos recursos simples pero bien sustanciados: un cartel, mímica y cuerdas, entre ellos. Nada perturba la percepción del trabajo de Bach, sino que resulta subrayado; la escena resulta ser un instrumento más, complejo y coral, en la narración de un drama colosal, visceral, hondamente humano y, al tiempo, cuajado de implicaciones…
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