Argentina

Tres hermanas en América

Agustín Blanco Bazán

jueves, 3 de mayo de 2018
Buenos Aires, viernes, 16 de marzo de 2018. Teatro Colón. Tres hermanas. Ópera en tres secuencias con libreto de Peter Eötvös y Claus H. Henneberg y música de Peter Eötvös. Regisseur: Rubén Szuchmacher. Escenografía y vestuario: Jorge Ferrari. Irina: Elvira Hasanagić. Masha: Anna Lapkovskaja. Olga: Jovita Vaškevičiūtė. Andrei: Lucina Garay. Natasha: Marisú Pavón. Vershinin: Héctor Guedes. Anfisa: Victor Castells. Kuliguin: Walter Schwarz. Tusembach: Alejandro Spies. Solioni: Mario De Salvo. El doctor: Carlos Ullán. Fedotik: Pablo Pollitzer. Rodé: Santiago Martínez. Orquesta Estable del Teatro Colón bajo la dirección de Christian Schumann
Szuchmacher: Tres hermanas © Arnaldo Colombaroli, 2018

Mi última visita en Buenos Aires, me permitió cubrir, en reemplazo de Gustavo Otero, el tardío estreno americano de esta ópera de Eötvös a veinte años de su première mundial. Se trató de una una laudable iniciativa del Teatro Colón que abrió con ella su temporada de este año. Y el escenario inusualmente vasto del teatro demostró ser particularmente apropiado para la simultánea multiplicidad de planos dramáticos que reemplaza la narrativa cronológica de la obra en cuatro actos de Chejov. Eötvös propone un prólogo y tres “secuencias” que el regisseur para esta oportunidad ubica en una residencia de los Prozorovs concebida como un gran salón abierto, con troncos que sobre el fondo sostienen la plataforma donde una segunda orquesta de 50 músicos (dirigida por Santiago Santero) dialoga con la de dieciocho ubicada en el foso. Es de esta ultima que emerge al comienzo el sonido de un acordeón, espectral y oxigenado, gracias a la incomparable acústica del teatro, que también permitió perfilar con nitidez los oboes y el corno inglés descriptivos de las confundidas esperanzas de Irina, las flautas para la manipulación pseudo maternal de Olga y los clarinetes que acompañan la desventura de Masha, la única capaz de desencadenar una escena final que inserta un dramatismo vital a esta asfixiante descripción de frustraciones provinciales. 

Al frente de la orquesta estable y desde el foso Schumann logró reproducir la orquestación de Eötvös, con una calidoscópica diferenciación de detalle y también coordinó impecablemente con la orquesta escénica. Y a despecho de algunos desajustes, el compositor, que asistió para cosechar los entusiastas aplausos que siguieron al estreno, habrá gozado de la claridad y lubricación casi mágicas con que en esta sala llega cada nota al espectador. 

El elenco fue de gran calidad y con dos cantantes excepcionales. Marisú Pavón insufló a su Natasha no solo una voz de impresionante agilidad en la coloratura sino una antológica expresividad de la neurosis fronteriza con la locura de esa cuñada intrusiva y encargada de destruir la solidez del vínculo entre su marido Andrei y sus tres hermanas. Y Anna Lapkovskaja interpretó una Masha histriónica en su amor adultero por Vershinin y atravesada por el dolor cuando el alejamiento de éste la precipita a la devastadora conclusión aplicable a todos los personajes, esto es, la imposibilidad de amar. Pero no quiero decir que el resto no haya estado a la altura de estas dos grandes, sino mas bien que éstas se beneficiaron de un pathos que el compositor da a estos personajes como a ningún otro. 

Como en otras de sus creaciones, Eötvös usa su creatividad como un bisturí que escarba un dramatismo sin inmediatez emocional y siempre calculado. Con ello logra una intensidad y sensibilidad profunda gracias al exponer, mas que una narrativa, una colección de estampas que interactúan entre sí. Szuchmacher respondió con gran percepción a este desafío del compositor y presentó una regie inteligentemente destinada a intensificar el perfil de cada personaje antes que tratar de exceder con estertores melodramáticos a la profunda pero a veces glacial sensibilidad de Eötvös. Fue gracias a esta contención que la escena final surgió con un dramatismo irresistiblemente conmovedor. El castillo de Bartok surgió inevitablemente en mi memoria frente a esta lograda síntesis de intelectualidad y lirismo. 

Un colega local comentó sobre lo inusual de comenzar una temporada con una obra que, al presentarse sin solución de continuidad, imposibilita la celebración del rito tradicional en que los abonados se reencuentran para una primera copa después del verano rioplatense. Ello contribuyó seguramente a la sobriedad e inteligencia de este auspicioso comienzo de temporada. 

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