Mi última visita en Buenos Aires, me permitió cubrir, en reemplazo de Gustavo Otero, el tardío estreno americano de esta ópera de Eötvös a veinte años de su première mundial. Se trató de una una laudable iniciativa del Teatro Colón que abrió con ella su temporada de este año. Y el escenario inusualmente vasto del teatro demostró ser particularmente apropiado para la simultánea multiplicidad de planos dramáticos que reemplaza la narrativa cronológica de la obra en cuatro actos de Chejov. Eötvös propone un prólogo y tres “secuencias” que el regisseur para esta oportunidad ubica en una residencia de los Prozorovs concebida como un gran salón abierto, con troncos que sobre el fondo sostienen la plataforma donde una segunda orquesta de 50 músicos (dirigida por Santiago Santero) dialoga con la de dieciocho ubicada en el foso. Es de esta ultima…
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