El Festival de Glyndebourne abrió este año con su primera producción de Madama Butterfly en una regie cuya principal sorpresa fue, en el primer acto, el reemplazo de la casa de sueños comprada por Pinkerton por la oficina de Goro, aquí jerarquizado como próspero agente matrimonial en la Nagasaki de postguerra. Por la oficina deambulan constantemente marineros calientes por “casarse” con jóvenes japonesas que acuden engañadas a un entrenamiento que incluye la proyección de una peli sobre como ser una buena esposa “americana.” También puede verse a través de una ventana un cartel de “Hotel” en luces de neón, presumiblemente para que los marineros se lleven allí a sus nuevas esposas.
Pero ocurre que ni siquiera la falsificada traducción de los sobretítulos alcanza a soslayar el hecho que el texto se da de patadas con la escenografía. Ello…
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