España - Cataluña

La mitad más uno

Jorge Binaghi

lunes, 11 de junio de 2018
Barcelona, jueves, 31 de mayo de 2018. Palau de la Música. Recital de Olga Peretyatko, soprano, acompañada por Giulio Zappa, piano. Arias, canciones y páginas pianísticas de Fauré, Liszt, Rossini, Donizetti, Bellini, Chopin, Chaicovsky y Rachmaninov. Bises de Dell’Acqua, Rimsky Korsakov y Gounod
Peretyatko y Zappa © A. Bofill, 2018

Nunca me había ocurrido llegar tarde a un concierto porque un avión entre dos ciudades europeas con menos de dos horas de vuelo entre ambas me hiciese llegar con tres horas de retraso y a la misma en que empezaba el recital. Parece que Vueling se supera a sí misma a la hora de comenzar cada vez más temprano sus fechorías. Además de tiempo perdido, disgustos, un taxi con el que no contaba, tuve que escribir varias veces al servicio de prensa, que me respondió con gran paciencia y cordialidad. Cuando, maleta en mano y algo impresentable de aspecto, recogí mi acreditación de prensa sonaban ya las notas de Corinna en Il viaggio a Reims, que más bien intuí desde fuera de la sala esperando la pequeña interrupción antes del último número de la primera parte…

Y, tras perder tres importantes ‘mélodies’ de Fauré (Les roses d’Ispahan, Clair de lune y  Après un rêve), otras tantas de Liszt (la inmensa O quand je dors, Loreley y O lieb, so lang du lieben kannst), una pieza instrumental de Rossini (que me registren si sé por qué está cada vez más de moda añadir fragmentos instrumentales a la manera de las intervenciones de la orquesta en los conciertos de canto, pero constato el hecho), Une caresse à ma femme, llegó la mencioanda aria de Corinna y para finalizar el famoso ‘Bel raggio lusinghier’ de Semiramide.

Con excepción de su creación sensacional de la protagonista de La scala di seta en Pésaro, nunca me ha parecido Rossini el autor más afín a la bella y simpática señora Peretyatko (que había sido anunciado como en los últimos tiempos como Peretyatko-Mariotti, pero al parecer hemos vuelto a su estado primero), y mucho menos su Desdemona, que le he escuchado en dos momentos y teatros alejados en su carrera. Las agilidades fueron aplicadas pero tímidas, como las variaciones, poco interesantes, el timbre no resulta el más adecuado por su debilidad en centro y grave, y algún agudo sonó áspero. Tampoco la ayudó algún más que vistoso portamento. Pero se ve que la cantante tiene sus forofos (tal vez desde la época en que cantaba la Blöndchen del Rapto en el serrallo) y, aunque la sala distara de encontrarse llena, obtuvo su buena ración de aplauso y bravos que subían -y mucho- de intensidad en la segunda parte.

‘O luce di quest’anima’ de la Linda donizettiana  presentaba, no obstante, los mismos -al menos para mí- inconvenientes; incluso más evidentes porque el aria de entrada es mucho más conforme a la vocalidad de la soprano. El recitativo precedente (una excepción en el programa) fue absolutamente convencional e inexpresivo. Sin recitativo (ni, mucho menos, como es obvio, la cabaletta) la cavatina ‘Casta diva’ se convertía en una plegaria algo incompleta y monótona, muy feliz en las notas emitidas en piano, demasiado introvertida, y los sonidos velados advertidos ya en ‘Bel raggio’ volvían a aparecer. Para colmo equivocaba el texto de una frase, y no es que su dicción fuese perfecta, dicho sea de paso. La afinación, en especial en las dos notas finales no fue del todo impecable.

Luego se nos obsequió con la ejecución de dos mazurcas de Chopin (opus 67, números 3 y 4)  interpretadas al piano por Giulio Zappa, quien, como por lo demás en el resto del  programa, salvo alguna nota aislada y un empleo a veces exagerado del pedal, se mostró muy correcto.

Llegaban luego las canciones rusas y el nivel subía vertiginosamente, pero no siempre con igual fortuna. En las tres de Chaicovski era bien clara la diferencia entre las dos primeras (En el bullicio del baile op.38/3, y ¿No era yo una brizna de hierba? op.47/7), excelentemente recreadas, y la tercera (Que reine el día.. op.47/6) en la que extrañamente se notaba una falta total de empatía y emotividad.  De Rachmaninov se escuchaba en primer lugar la op.21/7, muy conocida (¡Qué bien se está aquí!), con una maravillosa messa di voce hacie el final in fine. Luego, la famosa Vocalisse subrayaba la carencia de seducción en el timbre, algo metálico todo el tiempo, y de nuevo con un centro de escaso.  Lo mismo ocurría en la famosísima Aguas de primavera (op.14/11) en el registro grave y en el agudo final, muy apretado.

Tras las ovaciones de los presentes llegaron tres bises, la magnífica Villanelle, de la belga Anna Dell’Acqua, en una gran versión, una canción de Rimsky Korsakov tan fantástica como la interpretación que Peretyatko le dio, y una buena ejecución (entre anónima y anémica) del celebérrimo ‘Vals de Julieta’ de Roméo et Juliette de Gounod. 

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