España - Andalucía

Nadie sube a sus hijos a una patera, a menos que el agua sea más segura que la tierra

Raúl González Arévalo

jueves, 28 de junio de 2018
Nerja, sábado, 16 de junio de 2018. 59 Festival Internacional de Música y Danza Cueva de Nerja. Barbara Hendricks: The Road to Freedom. Blues, Gospels and Negro Spirituals. Barbara Hendricks (voz), Mathias Algotsson (piano, órgano Hammond), Ulf Englund (guitarra, luces), Max Schultz (guitarra). Aforo: 400 plazas. Ocupación: 100%.
Barbara Hendricks © 2018 by Fundación Cueva de Nerja

“Nadie abandona su hogar, a menos

que su hogar sea la boca del lobo.

Solo corres hacia la frontera

cuando ves el resto de la ciudad corriendo también

Tus vecinos corren más rápido que tú

con aliento sangriento en sus gargantas.

El chico con el que fuiste a la escuela,

el que te besó tras la vieja fábrica de hojalata

sostiene ahora un arma más grande que él

Solo dejas tu hogar

Cuando tu hogar ya no te deja estar

Nadie deja su hogar

si su hogar no le echa ,

Fuego bajo los pies,

Sangre hirviendo en el vientre.

no es algo que hubieses pensado hacer ,

Hasta que el cuchillo ardiente amenazó tu cuello

e incluso entonces llevaste el himno en tu aliento,

pero romper tu pasaporte en el baño de un aeropuerto ,

Sollozando por cada pedazo de papel

te dejó claro que jamás volverías.

Tienes que entender que nadie sube a sus hijos a una patera,

A menos que el agua sea más segura que la tierra.

Nadie abrasa las palmas de sus manos bajo los trenes, debajo de los vagones,

Nadie pasa días y noches en las entrañas de un camión,

Alimentándose de periódicos, a menos que

las millas recorridas signifiquen algo más que un simple camino.

Nadie se arrastra bajo las vallas

nadie quiere que le golpeen,

que le compadezcan

Nadie escoge los campos de refugiados

O ni los cacheos que dejan su cuerpo desnudo y dolorido

Nadie elige la prisión, pero la prisión es más segura que una ciudad en llamas,

Y un carcelero en la noche es preferible

A un camión cargado de hombres que se parecen a tu padre.

No hay quien pueda soportarlo

nadie tendría las agallas,

nadie tendría la piel suficientemente resistente.

Los gritos de volved a casa, negros,

refugiados,

sucios inmigrantes,

buscadores de asilo,

quieren robarnos lo que es nuestro,

negros pedigüeños, huelen raro,

son salvajes,

destrozaron su país y ahora quieren destrozar el nuestro.

¿Cómo puedes soportar las palabras, las miradas sucias?

Quizás puedas, porque estos golpes son más suaves

Que el dolor de un miembro arrancado.

Quizás puedas porque estas palabras son más delicadas

Que catorce hombres entre tus piernas.

Quizás porque los insultos son más fáciles de tragar que el escombro,

Que los huesos, o que el cuerpo de tu niña despedazado.

Quiero irme a casa, pero mi casa es la boca del lobo.

Mi hogar está plagado de armas,

y nadie dejaría su hogar a menos que su hogar le achara hacia el mar,

a menos que tu hogar te dijera que te dieras prisa

que dejes atrás tus ropas, que te arrastres por el desierto,

que navegues por los océanos,

“Naufraga, sálvate, pasa hambre, suplica, olvida el orgullo,

tu vida es más importante”.

Nadie deja su hogar hasta que su hogar es

en una voz que le dice:

‘Vete, huye de mí ahora.

No sé en qué me he convertido, pero sé

que cualquier lugar es más seguro que éste”.

Este desgarrador poema de la poetisa somalí Warsan Shire, leído por Barbara Hendricks con toda la fuerza que le permitía su español perfectamente inteligible, recoge el sentido y el espíritu de un concierto que desbordó en cada nota y en cada palabra lo que de otra manera habría sido un mero acontecimiento artístico y musical. Si no empezara esta reseña por aquí estaría contradiciendo mi propia visión de la crítica musical, cuando concluía que “escribo desde un compromiso ético que nace de un modo de entender la vida y la sociedad a la que aspiro”. Pero, sobre todo, no estaría dando difusión a lo que importaba a la protagonista absoluta de la cita que abría la 59 edición del Festival Cueva de Nerja.

La soprano americana, nacionalizada sueca, abrió fuego cantando I believe, todo un credo de su manera de denunciar las injusticias del mundo, como explicó a continuación. Porque si algo hizo la intérprete fue establecer un diálogo fluido con el público a lo largo de la hora y media de su actuación. A continuación entonó We shall not move después de People get ready, y antes de continuar con Ain’t gonna let nobody turn me around, emblemático himno de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Con todo, el primer momento de emoción verdadera de la noche llegó inmediatamente después, con Amazing Grace, tras de relatar la historia del capitán de un barco esclavista, John Newton, que se convirtió en abolicionista, y de citar por primera vez a Martin Luther King.

King fue una presencia constante en el concierto, con su mensaje de conciliación y hermandad: “Debemos aprender a vivir juntos como hermanos, si no, moriremos como idiotas”, seguida de I wish I knew how it would feel to be free. Antes había abordado también Precious Lord, cantada en el funeral del pastor americano. Todo esto ocurría la semana antes de que Donald Trump confirmara, por si había alguna duda, que es el presidente más indigno de toda la historia de Estados Unidos con el trato inhumano y degradante que impone a los inmigrantes, y la noche antes de que el Aquarius hiciera su entrada en Valencia, cargado de dignidad y esperanza. Para cerrar, Hendricks citó la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, recordando que su Artículo 1 establece que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Y volvió a cantar Oh Freedom a modo de bis.

Pocas veces un programa ha estado mejor armado y cargado de mayor sentido e intención que en esta ocasión. Blues, gospel y espirituales negros fueron el hilo conductor. Aunque Barbara Hendricks se hizo famosa como artista clásica, conoce perfectamente las reglas del género. Hay que recordar que de niña cantaba en la iglesia en la que su padre era pastor, y que debutó como cantante de jazz en el Festival de Montreux en 1994, tras veinte años de carrera como soprano. El paso del tiempo no ha hecho particular mella en la voz, más allá de los cambios de color entre registros. El vibrato está controlado y el agudo retiene cierto brillo. La intérprete cantó relajada, con un dominio del estilo absoluto, haciendo gala de la flexibilidad y la libertad melódica que son necesarias, aprovechando al mismo tiempo su entrenamiento como cantante lírica, visible en ese fiato, aún considerable, y en la capacidad de sostener el sonido en pianissimo. A su lado los músicos, acompañantes habituales, demostraron una gran compenetración y complicidad entre ellos. Todos tuvieron importantes momentos solistas, en los que pudieron lucir su virtuosismo y su capacidad de improvisación.

Las canciones no solo se remitían a un momento social de enorme tensión social como fue la lucha por los derechos civiles en América, vivido en primera persona por la protagonista. Es imposible no establecer un paralelismo con el momento actual: desde los atentados de las Torres Gemelas en 2001 el mundo se volvió un lugar más peligroso y algunos gobiernos lanzaron un mensaje de miedo al otro, que a la postre sirvió de excusa para recortar en libertades y derechos ganados con tanto esfuerzo y sufrimiento. Más aún cuando la Vieja Europa, la Europa del bienestar que soñó convertirse en una nueva Arcadia, se mira al espejo sin reconocerse, en Hungría, en Italia, en la España de Rajoy hasta hace unas semanas, haciendo zozobrar el sueño europeo, zarandeado y maltratado por el auge del conservadurismo y la extrema derecha hermanada con el populismo. Barbara Hendricks fue capaz de elevarse por encima de todo ese ruido y, desde él, sacudir las conciencias de los asistentes, con la complicidad absoluta de sus músicos, para lanzar su mensaje como una bofetada de realidad y de conciencia. 

Lo mejor es que logró su objetivo. Fue evidente por la incomodidad con la que algunos entre el público escuchaban sus palabras, removiéndose en sus asientos –fue una ventaja estar en última fila–, soltando risitas entre nerviosas e impertinentes, e incluso escudándose bajo un protector “eso que dice está muy bien, pero todos sabemos que no es verdad” para limpiarse la conciencia. Bastaría con entender que “nadie sube a sus hijos a una patera, a menos que el agua sea más segura que la tierra”, como dice el poema de Shire, y no votar a quienes cierran inmisericordes las fronteras al tiempo que fomentan la desigualdad dentro de ellas. Porque, como la cantante recordó, “una amenaza a la justicia en alguna parte es una amenaza a la justicia en todas partes”.

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