Rusia

Historia en escena

Maruxa Baliñas
lunes, 16 de julio de 2018
Kosta de Pliev © Teatro Mariinski, 2018 Kosta de Pliev © Teatro Mariinski, 2018
San Petersburgo, miércoles, 11 de julio de 2018. Teatro Mariinski 1. Sala Histórica. Kosta, ópera en dos actos de Khristof Pliev sobre un libreto de Maxim Tsagariov y Joakim Sharoev. Anatoly Galaov, director de escena. Ibragim Supjanov, decorados. Dzambolat Dulaev (Kosta), Anatoly Galaov (Voz del poeta, actor). Irina Gagite (Madre de los huérfanos), Gevorg Grigoryan (Kubady, el viejo narrador), Oleg Taisaev (Zapevala, el joven pastor), Emilia Tsallagova (Plañidera), Inara Kozlovskaya (Anna Tsalikova), Viacheslav Kozlowski (Príncipe Dzakhsorov), Elena Skaldina (Varvara Schroeders), Vadim Fedotov (Padre Alexander) y Anna Kidnaze (Voz del pueblo). Solistas de la Ópera y Coro de la República de Osetia del Norte - Alania. Solistas de la Academia de Jóvenes Cantantes del Mariinski. Director musical, Zaurbek Gugkaev. XXVI Festival Estrellas de las Noches Blancas
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Como muchos saben, me encanta la música de Shostakovich y el propio personaje me fascina. A veces escribo sobre él y a menudo cito un artículo sobre la música soviética que me gusta mucho: Stalin and the Art of Boredom (2004), donde Marina Frolova-Walker analiza la música soviética como un arte cuyo objetivo era crear una música funcional y funcionarial, y la originalidad o creatividad eran considerados valores negativos. Pero a pesar de Frolova-Walker y Taruskin, mi idea de lo que era la música soviética 'estándar', no la que hacían los grandes compositores como Prokofiev, Shostakovich o Jatchaturian sino la cotidiana, era bastante teórica, porque prácticamente nunca había escuchado a estos compositores 'menores'.

Por eso Kosta me dejó absolutamente fascinada. Tiene todos los tópicos de una ópera destinada a gustarle a Stalin, aunque el estreno tuviera lugar en 1960, con Stalin ya muerto. El protagonista es un joven poeta revolucionario (es un personaje real, Kosta Khetagurov, 1859-1906) que regresa a Osetia del exilio para ver otra vez su amada tierra. Cuando llega a Osetia conoce a una pobre viuda y sus hijos que le cuentan lo dura que es la vida, y se enfrenta al malvado Príncipe Dzakhsorov, al cual no le importa su pueblo, sólo sus diversiones, y cuyos criados abusan de los pobres y débiles. Por supuesto el poeta defiende al hijo de la viuda cuando los criados quieren pegarle por robar un trozo de pan, y Kosta comparte luego su pan con la viuda y sus hijos, y canta una tierna canción de cuna al bebé. Sigue su camino y canta un ampuloso himno donde a menudo se oye "Pueblo de Osetia" y la palabra "soviet", que significa "unión" y el verbo "uníos".

Finalmente llega a su pueblo, donde los segadores están cantando lindas canciones, y ¿qué hace al llegar? Pues ponerse a segar y sólo después se da a conocer y lo reciben alegremente con más cantos y bailes. Por supuesto, los bailarines hacen danzas folklóricas, pero sobre puntas como en el ballet clásico (Shostakovich se ríe de esto en su ballet La corriente límpida). La fiesta termina abruptamente porque los criados del píncipe incendian el pueblo y deben ser Kosta y sus amigos quienes salven heroicamente a viejos y niños.

En el segundo acto aparece la historia amorosa, si es que se le puede llamar así. Mientras celebra su cumpleaños, Ana, la prometida del Príncipe e hija del cura, el Padre Alexander, canta una canción para los invitados sobre un poema de Kosta. En ese momento llega Kosta y descubre que su amiguita de la infancia es ahora la prometida del Príncipe, pero no se ha olvidado de él. Al Príncipe esta amistad no le gusta y se enfrenta con Kosta nuevamente. En la segunda escena de este acto, Kosta se encuentra en un parque otoñal con Ana pero aunque ella le ama, él no se compromete, porque tiene que marcharse nuevamente al exilio. En la última escena, Kosta se despide de su país natal no sin antes hacer algunas proclamas revolucionarias, y finalmente todos cantan la palabra 'Libertad' y termina la ópera.

Musicalmente el estilo es chaicovsquiano, y muy pocas veces se va más allá. Pero como además se introducen temas folklóricos o pseudofolklóricos, el resultado es entretenido y se escucha agradablemente. El compositor, Khristov Pliev (1923-1995), osetio-soviético, es autor de un par de óperas -Kosta y Fatima-, sinfonías, un ballet, oratorios, cantatas y música para producciones teatrales y cinematográficas. O sea, lo habitual en un compositor - funcionario del momento.

Sobre este material el director escénico, Anatoly Galaov, realiza un montaje que no está nada mal. En primer lugar crea un nuevo personaje, duplica al poeta pero más viejo, quien recita -al hilo de lo que se está cantando en la ópera- poemas del propio Khetagurov, un poeta revolucionario que efectivamente se exilió varias veces de Osetia, y es el creador de la primera literatura en osetio, además de un importante dinamizador cultural y económico de su pueblo. Como Galaov recitaba en osetio, apenas me enteré de nada (el teletexto lo traducía al ruso), pero parecía sonar muy bien.

Más interesante es el trabajo de Galaov en algunos momentos de la representación, que adquiere así una seriedad que el argumento lleno de tópicos no le da. Destacaría especialmente la escena donde la plañidera canta a los muertos en el incendio, a capella, mientras las mujeres van poniéndole cariñosamente pañuelos negros en la cabeza a aquellas que perdieron a algún familiar en el incendio. Y sobre todo el cadaver de un bebé, un rollo de tela negro, que va pasando de mano en mano de un modo que realmente acongoja. Al final de la ópera, para representar la liberación de las cadenas que oprimen a los osetios, hace una cosa tan sencilla pero efectiva como hacer caer de lo alto unas cadenas que todos los personajes en escena agarran para luego ir soltándolas y que sea el Poeta quien acabe teniéndolas todas en la mano y soltándolas al final. En general Galaov hace un montaje donde no renuncia a los tópicos, los trajes nacionales, los hombres todos con su puñal adornado en la cintura, los abrigos y casacas, pero también consigue naturalidad, agilidad dramática, y un buen uso del escenario. No hay ni que decir que para la compañía y el propio Galaov, la ocasión era importante y se notaba el esfuerzo puesto en un montaje que no era lujoso, pero sí muy cuidado.

Como no conozco la partitura, ni siquiera al compositor, nada puedo decir de la interpretación concreta por parte de la orquesta y Gugkaev (un joven director de Vladikavkaz, la capital de Osetia del Norte, que se formó en San Petersburgo y trabaja en ambos teatros del Mariinski, el de Vladikavkaz y de San Petersburgo). Como la mayoría de los directores jóvenes del Mariinski no es muy sutil, pero sí efectivo, y enfocó bien un momento difícil, cuando tiene que introducir el tema de La internacional al final de la ópera sin que suene abiertamente pero al mismo tiempo se reconozca sin problemas.

Los cantantes, sin ser excepcionales, trabajaron muy bien, especialmente Dzambolat Dulaev (Kosta), quien está prácticamente todo el tiempo en escena y canta muchísimo. La plañidera, Emilia Tsallagova, lo hizo muy bien, al igual que Anna Kidnaze (Voz del pueblo), una cantante de la compañía del Mariinski a quien ya he visto tres veces en estas dos semanas. Destacables también Inara Kozlovskaya (Anna Tsalikova), con una voz poco potente pero sensibilidad y buen gusto, y Oleg Taisaev (Zapevala, el joven pastor). Insuficiente el tenor Viacheslav Kozlowski (Príncipe Dzakhsorov), quien actuó bien pero vocalmente tuvo errores e incluso desafinó en alguna ocasión. 

El público estaba entusiasmado, y aplaudió muchísimo, casi tanto como a Plácido Domingo y Gergiev en días pasados. Aunque sospecho que los aplausos no fueron tanto a los intérpretes concretos como a Osetia y la ópera. En la sala parecía haber un público con un porcentaje muy amplio de rasgos mediterráneos, narices amplias y labios generosos, que recordaban la influencia del imperio turco en los países al sur de Rusia. Pero sobre todo un público entrañable que en el descanso se dedicó a la relaciones sociales y las fotos, y no a mirar su móvil, como se ha convertido en costumbre en los intermedios del Mariinski.

Y no me resisto a terminar con una anécdota familiar. Mi padre nació en una aldea muy pequeña, apenas media docena de casas, llamada Vilarchán. Y como suele ocurrir en estos sitios, muchos pasaron su vida sin moverse prácticamente de allí, pero los que se fueron recorrieron medio mundo, porque de estos sitios cuando te vas, te vas. El caso es que mi padre aún tiene la costumbre de, cuando llega a algún sitio exótico o realmente lejano, decir: "Nunca uno de Vilarchán llegó hasta aquí". Y en en esta función del Mariinski, yo también me sentí francamente extraña a mí misma: nunca uno de Vilarchán -y yo medio lo soy- escuchó una ópera en osetio.

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