Alemania

El oro de Múnich

Jesús Aguado

martes, 7 de agosto de 2018
Múnich, viernes, 20 de julio de 2018. Bayerische Staatsoper. Richard Wagner. Das Rheingold. Libreto del autor. Andreas Kriegenburg, producción. Harald B. Thor, escenografía. Stefan Bolliger, iluminación. Zenta Haerter, coreografía. Wolfgang Koch, Wotan. Markus Eiche, Donner. Dean Power, Froh. Norbert Ernst, Loge. John Lundgren, Alberich. Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, Mime. Alexander Tsymbalyuk, Fasolt. Ain Anger, Fafner. Ekaterina Gubanoba, Fricka. Golda Schultz, Freia. Okka von der Damerau, Erda. Hanna-Elisabeth Müller, Woglinde. Rachel Wilson, Wellgunde. Jennifer Johnston, Floßhilde. Bayerisches Staatsorchester. Dirección musical, Kirill Petrenko.
Kriegenburg: Das Rheingold © Bayerische Staatsoper, 2018

Gran expectación en la Bayerische Staatsoper ante el comienzo del Anillo wagneriano en el festival de verano, última ocasión, en principio, en que Kirill Petrenko lo dirigirá en este teatro. El director ruso, que aún no se incorpora a su flamante puesto como director de la Filarmónica de Berlín, continúa en Múnich hasta el final de la temporada 2019/20, pero la Tetralogía no se encuentra en su agenda en la ópera bávara. Petrenko es idolatrado en la casa, el Anillo completo es, obviamente, algo muy especial, y el reparto está cuajado de nombres de los que por sí solos llenan teatros, así que la expectación era más que comprensible.

Además, el principio físico de Das Rheingold, con ese mítico acorde de mi bemol mayor que va creciendo y expandiéndose desde la cuerda grave para ir creando la imagen sonora de la corriente del río, crea una doble expectación, y en la producción de Andreas Kriegenburg, no pudo comenzar de una manera más hermosa. El público va entrando a la sala con el telón abierto, y en el escenario, todo en madera clara, aparece un montón de gente, todos vestidos de blanco, distribuidos por la escena de manera aleatoria. Únicamente distinguimos tres figuras, tres mujeres con vestidos color verde agua y largas pelucas rubias, que evidentemente serán las Hijas del Rin. A medida que las luces se van atenuando y la orquesta afina, todos se quitan la ropa blanca y quedan prácticamente desnudos, yendo al fondo, donde se agrupan y comienzan a embadurnarse con irregulares manchas de pintura azul. Algunos comienzan a tomar posiciones en primer plano, sentados o de pie, formando parejas que se abrazan. Comienza el célebre acorde, y las parejas van moviéndose en actitud amorosa, cada vez más cerca unas de otras, hasta que de los movimientos individuales de las parejas va surgiendo el movimiento del río, como si a partir de ese impulso amoroso primigenio acabara formándose la gran corriente del padre Rin, que se mantendrá durante toda la primera escena, en un magnífico trabajo de la coreógrafa Zenta Haerter. En general, toda la escenografía, obra de Harald B. Thor, casi minimalista desde el punto de vista de los elementos escénicos, funciona sin fisuras. En la segunda escena parte de los bailarines forma una fila al fondo del escenario, de espaldas al público, con tres pequeños grupos subidos a unas plataformas sobresaliendo sobre sus compañeros, y en sus espaldas aparece proyectada la palabra Valhall, representando así los muros del palacio los mismos cuerpos que poco antes representaban el fluir del río. Muy bien resuelta también la escena en el Nibelheim, dos grandes planos inclinados, uno hacia arriba y otro hacia abajo. Por el inferior evolucionaban los personajes, y una hilera interminable de esclavos circulaba por el pasillo al fondo del escenario creado entre ambos planos, y había dos huecos, dos chimeneas a los que iban siendo arrojados los muertos por el esfuerzo. Menos lograda la escena final, tras el desenlace con los gigantes, la entrada de los dioses en el Valhalla hubiera requerido algo un tanto más espectacular, sobre todo después de el hermoso comienzo; pese a que la imagen del río volvía a aparecer con los bailarines en primer plano, tuve la sensación de que resultó algo pobre en comparación con el resto. Magnífica en todo momento la iluminación de Stefan Bolliger.

En lo vocal, el gran triunfador de la noche fue, evidentemente, el Alberich de John Lundgren, imbatible en lo vocal y en lo escénico; su espléndida voz bien proyectada y la fantástica interpretación del repulsivo enano le granjearon la mayor ovación del público, junto a la de Petrenko. También estupendo el Loge de Norbert Ernst, con su traje rojo, tal vez un detalle demasiado obvio, pero encarnando a la perfección al retorcido dios del que no conviene demasiado fiarse. Ovación de gala también para él. En cambio, por sorprendente que parezca, no estuvo a la altura que nos tiene acostumbrados Wolfgang Koch, que era nada menos que Wotan. No es que cantase mal, no creo que Koch pueda cantar mal, pero no mostró el poderío vocal que le he escuchado en otras ocasiones. Tal vez simplemente no tuviera el día, o tal vez estuviera reservándose, al fin y al cabo tiene que cantar el resto de su participación en el ciclo en cuatro días, pero lo cierto es que dejó la sensación de no estar en plenitud. Y lo mismo podría decirse de su esposa, la Fricka de Ekaterina Gubanoba, también dio esa misma impresión: en absoluto estuvo mal, pero no estuvo como debería estar una Fricka en un teatro como el de Múnich. Me hago la misma reflexión, que podré confirmar mañana: el gran momento del personaje está en el segundo acto de Die Walküre, así que mañana comprobaré si ambos se estaban reservando o simplemente no estaban en su mejor momento.

Muy bien las Hijas del Rin, Hanna-Elisabeth Müller, Rachael Wilson y Jennifer Johnston, empastadas y con un hermoso sonido al cantar juntas y estupendas voces en los breves momentos a solo. Destacaría, tal vez, a Jennifer Johnston, con un color (de soprano dramática más que de contralto) muy wagneriano y una voz que me hace pensar en papeles de más envergadura en este repertorio. Fasolt y Fafner, los dos gigantes, fueron Alexander Tsymbalyuk y Ain Anger, y también fueron muy aplaudidos, los dos estuvieron estupendos pese a tener que cantar gran parte de sus papeles haciendo equilibrios sobre dos grandes cubos que iban siendo movidos por dos grupos de figurantes. Okka von der Damerau fue Erda, tal vez el papel requiriese un color de contralto más puro, pero lo defendió espléndidamente. El rol de Mime en el Oro es bastante reducido, pero lo que se oyó de Wolfgang Ablinger-Sperrhacke dejó con ganas de que llegue Siegfried para disfrutarlo más a fondo. Muy correcta y agradable (y muy enamorada de Fasolt tras ser tomada como rehén por los gigantes) la Freia de Golda Schultz, y, por último, los dos dioses que faltan, Donner (Markus Eiche) y Froh (Dean Power), también dejaron una muy buena impresión en sus breves intervenciones, aprovechando ambos bien sus momentos al final de la obra.

Y, cómo no, el gran triunfador de la noche volvió a ser Kirill Petrenko al frente de la espléndida Bayerisches Staatsorchester. Trabajo artesano y minucioso, control absoluto del volumen cuando era necesario y verdadera apoteosis sonora en los momentos puramente orquestales, con un final que dejó al público electrizado, estallando en una tormenta de bravos y aplausos. Excelente prólogo, por tanto, con la única sombra arrojada por la duda sobre Koch y Gubanoba, que esperemos se disipe en la primera jornada, Die Walküre, en la que ambos tienen grandes momentos.

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