Pintado de azul. Pintado, pero no actuado, porque en este nuevo Lohengrin de Bayreuth el sugestivo colorido de la escenografía contrasta con una regie de personas modesta en el mejor de los casos. El “azul plateado” de la música de Lohengrin aludido por Thomas Mann en una carta a Emil Pretorius, y reafirmado en la mágica puesta de Wieland Wagner de 1958, inició esta producción como un acierto de evocadora efectividad, pero las similitudes con Wieland se acaban sólo en el color. Porque vestuarios de exagerados cuellos flamencos blancos, y ocurrencias como las de condecorar a los nobles con etéreas alas de libélula obstaculizan desde un principio la sugestión del tono escénico. Mas aún la obstaculizan la comparación del regisseur del Lohengrin de Brabante con el Lenin de la Unión Soviética en el sentido que ambos son electricistas…
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