A sus 89 años, lo de Bernard Haitink con la Chamber Orchestra of Europe no es que sea un idilio de madurez, sino que, tras la década que llevan cortejándose mútuamente, han alcanzado ese grado de compenetración al que sólo llegan los amores de verdad: cada una de las partes sabe lo que piensa la otra, pero ejercitan la inteligencia suficiente como para esperar a que cada una lo diga, al objeto de mantener despierto el estímulo afectivo y el estímulo intelectual. Que de eso se trata.
Lo mejor es que no les importa compartir esa intimidad con un público que se dio cuenta enseguida de lo que sucedía en el escenario. Bastó que, con el primer acorde de la Leonora nº 2, Haitink se sumergiese en la penumbra de la celda de Florestán para que el respetable observase un silencio patidifuso a lo largo de todo el concierto. Qué gusto escuchar esta…
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