Todo es fluido en la dirección de Urbanski, un maestro joven enfocado a evidenciar cuánto de bello hay en las obras escogidas para un programa bello, que comienza por Mahler, sigue con Mahler y termina con la Segunda de Brahms, tan delicada y evanescente. En todo el programa hay eros en abundancia, pero no hay pathos. Urbanski, pura delicadeza, de gesto quedo y preciso y tintes moderadamente coreográficos, parece empeñado en sentir y acariciar el sonido, más domeñándolo que suscitándolo.
Esa forma precisa y frágil de dirigir encuentra eco en una orquesta alemana buena, con secciones de mucha calidad, pero ¿puede sorprender a alguien que así sea? Lo normal ahora mismo es que las maderas sean muy buenas en casi todas las orquestas, lo mismo que el resto de las secciones. La Elbphilharmonie no es la excepción y tampoco sobresale. Deja en el…
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