Algunas obras de la segunda mitad del siglo pasado, aún cuando pasadas de moda musicalmente, son aptas para impresionar al público más diverso. Y no hay público más diverso que el del Festival de Salzburgo, donde en los últimos años se ha elegido al enorme escenario de la Felsenreitschule para alelar con puestas tremendistas.
“¡Qué tremendo!” balbucearon los espectadores en el 2012 frente a la exhumación de Die Soldaten de Zimmermann (1965). Todos esos caballos y esos soldados sádicos y calientes arrasando el escenario como Atila. La versión de Harry Kupfer que vi en los años ochenta era más intensa que la de Alvis Hermanis para Salzburgo, simplemente por ser más íntima, por sugerir, en lugar de mostrar extremos. Pero algunos regisseurs quieren mostrar todo y cuando más tremendo mejor.
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