Reino Unido

Del gheto al cielo con los maestros cantores de Charleston

Agustín Blanco Bazán

martes, 13 de noviembre de 2018
Londres, sábado, 13 de octubre de 2018. English National Opera (ENO) en el London Coliseum. Porgy and Bess. Texto de DuBose y Dorothy Heyward e Ira Gershwin y música de George Gershwin. Regie: James Robinson. Escenografía: Michael Yeargan. Eric Green (Porgy), Nicole Cabell (Bess), Nmon Ford (Crown), Latonia Moore (Serena), Nadine Benjamin (Clara), Frederick Ballentine (Sporting Life). Orquesta y coros de la ENO dirigidas por John Wilson. Coproducción con la Opera Nacional de Holanda y la Metropolitan Opera de New York.
Robinson: Porgy and Bess © Tristam Kenton, 2018

“Niebla” no es una novela sino una nivola. Así lo decidió su autor, Miguel de Unamuno, y como nivola la leemos en todas las ediciones disponibles. ¿Por qué? Hay varias historias. Una es que cuando el editor dijo que una narración donde un personaje se dirige al autor para pedirle que le perdone la vida no es una novela, Don Miguel respondió “entonces es una nivola.” Algo parecido ocurre con Porgy and Bess, cuando quienes no pueden comentar sin clasificar, discuten si la de Gershwin es una ópera, una comedia musical, o lo que sea. “¡Ópera!” dicen algunos, para agregar que es una ópera de segunda o de tercera, en castigo por no adaptarse a preconceptos culturales europeos sobre lo que debe ser una obra musical para aspirar a la dignidad de un teatro de herradura con orquesta en el foso. “¡Comedia musical!” afirman los que piensan que no debería ir más lejos que Broadway.

En mi caso, prefiero seguir a Unamuno, lo cual implica un bautismo con nombre raro para evitar clasificaciones innecesarias. Si no es una ópera o un musical, Porgy and Bess es entonces un afroratorio judío, cuyo núcleo es la aspiración de los habitantes de un gueto negro en Charleston por llegar a una “Tierra Prometida” mítica, que africanos y judíos perdieron cuando la esclavitud y los éxodos los obligaron a dejar su casa y peregrinar por un mundo esencialmente estructurado por el racismo y la discriminación. Las casas de ópera tradicionales son un símbolo de esta cultura excluyente, y así lo demuestra la falta de óperas “de negros” en sus repertorios. ¡Y eso que hay tantas! El programa de mano que ilustra la nueva producción de la ENO dice que hay mas de cien óperas de compositores negros. Y el judaísmo de Porgy es mas bien subliminal, aún cuando insistentemente aludido en notas y artículos, incluidos los del programa de mano, que nos recuerda que Summertime está inspirada en una canción yidish ucraniana y que el famoso It ain´t necessarily so (“no tiene por qué ser necesariamente así”) que el traficante de drogas Sporting Life predica como alternativa a las escrituras bíblicas, insinúa motivos de Kantor de sinagoga. Y por supuesto que la tradición judeo-vienesa, berlinesa y también neoyorkina del musical brilla a lo largo de toda la partitura.

Gershwin quiso comparar sus intenciones con las de Wagner y sus Maestros Cantores, porque como Nüremberg, la hilera de casuchas de madera del Catfish Row aloja una comunidad cerrada y triunfante en el paroxismo cantado de sus valores y creencias. Y también quiso evocar a Carmen, algo que creo logró al competir con Bizet con números musicales inolvidables en un contexto teatral vibrante. 

Los que acudimos a Glyndebourne el 5 de julio de 1986 no somos los más indicados para criticar nuevas producciones de Porgy and Bess, porque aquella noche nos marcó para siempre. No sé si el grandioso Coliseum londinense y las salas de Amsterdam y Nueva York que compartirán esta nueva producción de la ENO son apropiados para este afroratorio. Pero menos apropiado aún parecía Glyndebourne, a donde acudí molesto por la frivolidad de presentar la obra de Gershwin en una casa de campo finolis inglesa, donde son demasiados los que van a ser vistos ensayando un picnic sobre la hierba vestidos de gala. Al no conocer bien la obra, no me percaté que ayudarían el calor del verano campestre y la pequeña sala original de Glyndebourne, que más que un teatro de ópera se parecía a un cine de barrio de los años 1930. En estas condiciones ya estábamos todos lo suficientemente sofocados para respirar sudando con el Summertime de Clara, luego que Simon Rattle nos electrizara con la vertiginosa energía de los acordes iniciales. Después vinieron, uno tras otro, esos evergreen que todos conocemos, sólo que en este caso no banalizados como diletantismo de velada en el bar de un hotel, sino fortalecidos por su engarce entre los inspirados spirituals a través de los cuales una comunidad desamparada sabe unirse en un trágico optimismo colectivo: Robbins, asesinado por Crown, es velado con un lamento donde la palabra hablada se transforma en onomatopeya: my man is gone, gone, gone… Y la desesperación se acrecienta cuando no alcanza la suma recolectada para pagar un entierro que las autoridades exigen realizar rápidamente, so pena de llevarse el cuerpo para diseccionarlo en hospital universitario. ¿Como va a presentarse el muerto a su Creador, si lo cortan en pedazos? ¡Qué similar es esta desesperación a la de los judíos ortodoxos frente a las cremaciones en los campos de la segunda guerra! Finalmente, el enterrador acepta displicentemente una suma tan exigua para él como descomunal para los contribuyentes y es entonces que Bess, como aquel personaje de Niebla, se sale con un incompresible desatino al urgir a todos que por favor suban ya al tren que los llevará a la Tierra Prometida. Ella ya tiene su billete listo, y pide a los demás que se apuren porque el tren sale hoy, y no queda mucho tiempo. Así que si quieren volver a ver a su hermano muerto, tienen que subirse ya. Y todos se suben a este irresistible Spiritual, para el final de acto más desolador y a la vez más gozoso en la historia del teatro cantado: del gueto al cielo con los Maestros Cantores de Charleston.

Y así sigue este afroratorio: ¿Bess afiebrada por la culpa de su engaño a Porgy? No importa, porque basta con invocar al Doctor Jesus para sanarla. Y sobre el final, Porgy parte en busca de Bess sin saber donde queda ese Nueva York adonde ella se ha escapado con un traficante de drogas. Los vecinos del Catfish Row tratan al principio de disuadirlo, pero el lisiado Porgy les retruca con un implacable “I´m on my way!” para comenzar enseguida el Spiritual que cierra la obra: O Lord, I’m on my way to the Promised Land. Y ante la mención de la tierra prometida no les queda a los vecinos más que reafirmar el credo de este lisiado imperturbable en su fortaleza moral. Como el tren de Bess, el camino de Porgy es a ninguna parte y a todos lados, como en La Odisea. En Glyndebourne, Porgy abandonaba primero una muleta, y después la otra, para seguir caminando, tambaleante pero seguro, hacia un firmamento enceguecedor, mientras los bastidores que cerraban el gueto parecían derrumbarse.

Nadie salió aquella noche de Glyndebourne hablando del picnic, la moda o el tiempo. Y me atrevo a sospechar que la admiración de los espectadores estuvo mezclada con un tinte de melancolía y sana envidia, porque ¡qué inferiores, culturalmente hablando, nos sentimos algunos frente a algo inaccesible para los educados en las opresivas prescripciones de la llamada “cultura occidental”! Me refiero a esos hombres y mujeres formidables por su capacidad de cantar y bailar con el alma y hasta el extremo. Comprensible pues, la prescripción impuesta por el compositor de limitar el canto en Porgy and Bess a una etnia de esclavos esclavos trasplantados, admitiendo caucásicos solo en las partes habladas de esa policía tan parecida al presidente racista de los Estados Unidos de América. Los llamados “blancos” necesitamos todavía muchas generaciones de educación e integración para aprender a cantar Porgy and Bess. Algo parecido a lo dicho por Helmuth von Moltke, uno de los mártires de la resistencia antinazi, cuando advirtió a los alemanes que sólo podrían superar a Hitler si aprendían a cantar los salmos como en las sinagogas. 

Con menor voltaje que en Glyndebourne, pero siguiendo la prescripción étnica de Gershwin, la ENO reunió un excelente elenco de cantantes británicos, africanos y norteamericanos. La orquesta pudo lucirse gracias a la enfática sensibilidad y sentido de ritmos impuestos por John Wilson. La escenografía de paneles movibles de Michael Yeargan facilitó una regie en la que James Robinson logró utilizar la totalidad de la boca escénica con vibrante interacción de solistas y coros. En la única escena fuera del gueto, la del picnic en la Kittiwah Island, el excelente Sporting Life de Frederick Ballentine se acercó por una vez a la comedia musical al predicar su It ain´t necessarily so bailando y cantando con una energía irresistible como tratando de incitar al público: “¡por favor no crean en la Tierra Prometida o las pavadas de la Biblia!” Y energía no le falta a este anti-evangelio mefistofélicamente burlón, que por lo menos una vez se regeneró como protesta de los justos: durante la Segunda Guerra Mundial, la Radio Europa Libre interceptaba la propaganda radial del Tercer Reich con el “no tiene por qué ser necesariamente así” de Sporting Life.

A esta balada de la relatividad sigue una de las escenas que más acercan a este compositor a la grandeza artística que tanto le admiraró a Schönberg. Me refiero al dúo en que Crown termina sometiendo nuevamente a una Bess que ya ha aceptado a Porgy como su salvador. En la ENO, Nmon Ford fue un Crown capaz de combinar el abuso con una pasión arrolladora, frente a una Bess que Nicole Cabell presentó convincentemente como una sometida de antemano al fatalismo de una drogadicción que la lleva a los brazos de cualquier abusador, abandonando así al lisiado que sólo por ella dejó de ser virgen. Durante el intervalo, un colega me preguntó si el triangulo amoroso Porgy-Bess-Crown no me hacía recordar al de Wozzeck, Marie y el Tambor Mayor, y, sí, le reconocí que así era, pensando no sólo en las similitudes entre personajes sino también en algunos números dramático musicales que tanto hacen recordar a la obra de Berg. Por ejemplo: la fuga atonal que describe el momento en que Porgy mata a Crown, la canción de cuna de Clara y el sermón de burla de Sporting Life, junto a numerosos obstinatos, y contrapuntos. Gershwin había visitado a Berg en Viena, y una partitura dedicada de Wozzeck se encontraba entre sus posesiones más valoradas. También asistió al estreno estadounidense de esta obra en Filadelfia en 1931.

Y es al protagonista de Wozzeck que me hizo recordar el sufriente y resignado Porgy de Eric Green, de voz algo velada, pero fraseo abierto y cálido. Nadine Benjamin, una soprano de carrera tardía y por ello mismo reconocida hoy en el Reino Unido como una artista capaz de llegar sin prejuicios de edad, cantó un excelente Summertime al comienzo y durante toda la velada protagonizó una Clara de fulminante autenticidad y carácter hasta el momento de su sacrificio final, cuando abandona a su hijo para buscar a su marido y ahogarse con él en medio de una tormenta. También merece una mención especial un My man is gone que Latonia Moore (Serena), cantó no como una queja individual sino como lo que debe ser, un lamento de trascendencia colectiva, en la línea del Requiem de Brahms. 

¿Por qué es Porgy and Bess una obra maestra? Por muchas razones, entre ellas la de ser una incomparable irrupción del arte como vida, entendida ésta última en su expresión de más primigenia y trascendente multiculturalidad. En mi caso, es una obra que no me suelta, hasta el punto de acordarme de ella cuando hace unos días leí en el New York Times a un comentarista diciendo que el atentado a la sinagoga de Pittsburgh ha hecho que no sienta más a los Estados Unidos de América como la Tierra Prometida. ¡“Porgy and Bess”! pensé cuando el pastor de la iglesia de Charleston masacrada por un racista blanco en 2015 acudió a abrazar al rabino de Pittsburgh el Sabath siguiente ¿Sabrá el rabino que un compositor judío encontró su Tierra Prometida inspirándose en esos desamparados de Charleston cuyo canto y vida observó durante tanto tiempo?

Y al Catfish Row lo veo en todos lados, por ejemplo en un galpón londinense donde la comunidad caribeña se reúne en la primavera de cada año para ensayar sus carnavales. Pasan las once de la noche y todavía siguen bailando, padres, madres y abuelos, con sus niños extasiados por algo que no alcanzan a comprender bien pero que ya han aprendido a sentir como los adultos. Son los mismos que pueblan iglesias de barrios indigentes vestidos de fiesta para misas dominicales de irresistible carisma musical. Y no me olvido de pensar en los lisiados de Lourdes, tan convencidos que alguna vez volverán a caminar sin muletas como el Porgy de Glyndebourne. Porgy and Bess es todo eso. Ópera o no, el cortijo de Catfish Row es siempre un escenario cósmico donde el sufrimiento y la esperanza son dos caras de una misma moneda.

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