Inexplicablemente, la ópera número once de Rossini, un éxito desde su estreno y de las pocas que de algún modo sobrevivieron hasta la explosión del renacimiento rossiniano, ha tenido poco recorrido en el Liceu. Ahora faltaba desde hacía treintaiséis años, pero hubo momentos en que la espera duró casi sesenta años. Pocas o muchas pueden ser las explicaciones, pero el regreso en 1928 se debió a una exigencia de la sin par Supervía, y en 1971 sirvió para el debut de Valentini Terrani, porque indudablemente muchísimo (aunque no todo) depende de la mezzosoprano que interprete a Isabella.
Se utilizó una puesta en escena del Teatro Regio de Turín que tiene cierto aire a Ponnelle, pero no su exquisito gusto y ligero humor. Este último es demasiado infantil y hoy no causa mucha gracia, como tampoco algunas tímidas morcillas a cargo…
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