Discos

El referencial Stockhausen de David Tudor

Paco Yáñez
lunes, 18 de febrero de 2019
Karlheinz Stockhausen: Klavierstück I-VIII & XI. David Tudor, piano. Wilhelm Aulenkamp y Albert Wegener, ingenieros de sonido. Wolfgang Becker, Christian C. Dalucas, Werner X. Uehlinger, Bernhard Vischer y Harry Vogt, productores ejecutivos. Un CD ADD de 69:36 minutos de duración grabado en la Sala 2 de la WDR de Colonia (Alemania), los días 19 de septiembre de 1958 y 27 de septiembre de 1959. Hat Hut hat[now]ART 172. Distribuidor en España: Distrijazz.
0,000377

A estas alturas de la historia, cualquier amante de la música tiene (o debería tener) claro que los diecinueve Klavierstücke (1952-2003) de Karlheinz Stockhausen (Mödrath, 1928 - Kürten-Kettenberg, 2007) constituyen una de las cimas compositivas del siglo XX en lo que a escritura para piano se refiere, ampliando las posibilidades de un instrumento que Stockhausen investigó minuciosamente durante más de cincuenta años para alcanzar, llegado a sus últimos Klavierstücke, sonoridades que trascendían las del propio piano, acompañando al instrumento de sets percusivos y/o de electrónica, además de escribir para el que el compositor creía era el piano del futuro (como punto de encuentro entre el tradicional y la electrónica): el sintetizador (pensemos que a partir del Klavierstück XV "Synthi-Fou" (1991) los Klavierstücke están escritos para pianos electrónicos; o que el último de la serie, el Klavierstück XIX (2001-03), fue compuesto para cinco sintetizadores: una pieza, por cierto, aún pendiente de estreno).

Regresamos, hoy, a los primeros números de esta tan particular serie pianística por medio de una necesaria reedición que (por fin) nos ofrece el sello suizo Hat Hut: la de los Klavierstücke I-VIII & XI en manos de uno de los más grandes pianistas que el siglo XX conoció; especialmente, en lo que al repertorio contemporáneo se refiere (tantas veces por él estrenado, con una mención muy especial para las obras de John Cage): David Tudor; un pianista al que Stockhausen dedicó varios de los Klavierstücke aquí reunidos. De entre las ya numerosas grabaciones de estas piezas, como las de Aloys Kontarsky (Sony S2K 53346), Herbert Henck (Wergo WER 60135/36-50), o Ellen Corver (Stockhausen Verlag CD 56 A-C) -a las que habría que sumar el nuevo y personalísimo registro de Sabine Liebner para Wergo (WER 7341 2)-, la de David Tudor se alza como una referencia ineludible; en mi opinión, y con el doble compacto de Aloys Kontarsky, la cima interpretativa de estos Klavierstücke. Ambos nos ofrecen, además, unas lecturas totalmente de su tiempo, registradas pocos años después de que estas piezas fueran compuestas, sin duda, con el pianismo de intérpretes como Kontarsky y Tudor en mente (pensemos que David Tudor cuenta en su discografía con otros registros coetáneos de Stockhausen totalmente referenciales, como su antológica grabación de Kontakte (1959-60) para el sello Wergo (WER 6009-2), con el propio compositor en la electrónica: uno de los monumentos fonográficos stockhausenianos -no menos que las versiones de Aloys Kontarsky de estas mismas piezas, parte de ellas publicadas por la Stockhausen Verlag-).

El registro de los nueve Klavierstücke aquí editados no lo es menos; máxime, con la calidad de sonido con la que se presenta en esta reedición de Hat Hut: primorosa. En los Klavierstücke I-IV (1952-53), destacan en la lectura de Tudor los vínculos con el Webern de las Variationen für Klavier opus 27 (1935-36), así como con una partitura sin la cual serían impensables los primeros Klavierstücke, los Quatre études de rythme (1949-50) de Olivier Messiaen (unas partituras que, asimismo, tanto marcarán a Pierre Boulez en sus piezas para piano contemporáneas). David Tudor disecciona las partituras de forma impactante, incluida la complejísima tarea de individualizar cada dedo en un modo de ataque distinto en cuanto a dinámicas y ritmos: una de las mayores dificultades de estos Klavierstücke. El resultado de tan portentosa técnica como la del norteamericano es una transparencia pianística sin parangón, a la par que de una articulación aristada, incisiva y torrencial que es seña de identidad en los registros de la Neue Musik efectuados en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo (en este sentido, Kontarsky y Tudor resultan mucho más convincentes que pianistas que, como Herbert Henck, resultan hasta borrosos y faltos de estilo frente al vigor de las grabaciones referenciales de Sony y Hat Hut). La capacidad de Tudor para crear constelaciones de notas y, en apenas un compás, detener un melisma de racimos en distintos rangos dinámicos dando pie a notas aisladas con una personalidad completa es proverbial, como lo es su manejo de la mano derecha en el registro agudo: tan definido, perfilado y centelleante, creando puntos sonoros que nos hablan de un pianismo que se trasciende a sí mismo para evolucionar del puntillismo serial a una verticalidad de grupos marcada por un pensamiento embebido de la música electrónica: ámbito que tan bien dominó un David Tudor compositor, él mismo, de piezas electroacústicas estupendas; de ahí, su conocimiento del concepto, del medio y de las derivaciones técnicas y estéticas a la hora de dar cuenta de estos Klavierstücke con la lógica, la fluidez y la musicalidad con la que lo hace.

El segundo bloque de Klavierstücke aquí recogidos (dedicados todos ellos al propio Tudor) abarca del quinto al octavo, adentrándonos en otro tipo de pensamiento musical dominado por la forma variable, algo que depara diferencias más sustanciales entre las distintas interpretaciones. En el Klavierstück V (1954) ello supone una profundización mayor en el peso de cada nota en el silencio, comprendidas sus resonancias y lo que el propio Stockhausen calificaba de «subarmónicos». El trabajo de Tudor con el pedal es crucial para entender su forma de perfilar cada nota en las reverberaciones de unas texturas suspendidas con total mimo y el punto exacto entre el atractivo de una sensualidad resonante y un aristado corte al romper las horizontalidades por medio de súbitos intervalos verticales (diagonales, más bien) de lo más particular (algo que atrae nuestra atención poderosamente por sus continuas novedades): realmente impresionante. En el caso del Klavierstück VI (1954-55, rev. 1961), Tudor ataca aquí la versión original de la partitura, lo que depara que esta grabación del año 1959 se quede en 16:20 minutos de duración, frente a los 25:23 minutos de Aloys Kontarsky, los 24:55 de Ellen Corver, los 24:40 de Herbert Henck, o los oceánicos ¡40:37! de Sabine Liebner. En buena lógica, la lectura de Tudor es más compacta, frente a las exploraciones constantes de cambios de tempi en las restantes versiones (especialmente, las de una Sabine Liebner que aquí, directamente, reinventa la partitura). Interpretación, por tanto, más unitaria, pero en la misma línea de total individualización de cada nota y de un control dinámico sin parangón en cuanto a definición (incluso, aunque las sucesivas revisiones de la partitura, al habilitar más tiempo para desmenuzar las resonancias «subarmónicas», permitieran un mayor dominio de las mismas; si bien Tudor, en un marco temporal más comprimido y rígido, obra el milagro de una musicalidad superior a la de cualquier otra lectura). En el Klavierstück VII (1954) vuelve a mandar David Tudor; especialmente, por poética y lirismo (sí), rescatando nuevamente ecos de Anton Webern y Olivier Messiaen para dar un salto en cuanto a seriación de eventos rítmicos; aquí dominados por Tudor en detalle en secuencias dinámicas sobre resonancias de pedal, con un contraste muy acusado entre registros graves y agudos, así como con una musicalidad desprejuiciada (teniendo el cuenta el militante momento histórico) que rescata hasta ecos postrománticos: aspecto en el que la lectura de Tudor es única gracias a su libertad, fraseo y personalidad. Por lo que al brevísimo Klavierstück VIII (1954) se refiere (con sus 1:47 minutos de duración en esta versión del año 1959), Tudor retoma los principios estilísticos de las primeras cuatro piezas, mandando lo aristado y el ataque más cortante: tan de época, aunque aquí supere en duración y resonancias a Aloys Kontarsky y a Herbert Henck, más secos y comprimidos (pero no a Ellen Corver ni, mucho menos, a una Sabine Liebner cuyo acercamiento temporal a Stockhausen es, en muchas de las piezas, el más dilatado y extremo; ya sea -antitéticamente- por lentitud o por rapidez).

Por último, un Klavierstück XI (1956) también dedicado a David Tudor y que con su forma móvil (ésa que tanto dominaba el pianista norteamericano por su experiencia en composiciones análogas de los miembros de la Escuela de Nueva York) posibilita la existencia de muy diferentes versiones a partir de los diecinueve fragmentos que componen la partitura y por entre los cuales cada intérprete ha de ir trazando su propia ruta en cada lectura. Tudor, pianista que estrenó (el 22 de abril de 1957) este Klavierstück XI en Nueva York (ciudad en la que Morton Feldman y Earle Brown sentaban cátedra en las formas abiertas y móviles), es el más pertinente guía para introducirnos en tal laberinto combinatorio como esta obra depara, algo que aquí se manifiesta en cuatro versiones de lo que, escuchadas todas ellas, difícilmente podríamos decir es una misma partitura, si no media una escucha atenta de los parámetros compartidos entre estas cuatro versiones. Con sus duraciones entre los 7:00 y los 9:35 minutos, las realizaciones de David Tudor vuelven a comprimir más los eventos sonoros que Herbert Henck, con sus 12:50 minutos, o Aloys Kontarsky, que se va a los 13:59 minutos (cómo no, vuelve a mandar Sabine Liebner en cuanto a dilatación temporal, explorando más recovecos de la partitura en sus dos versiones de, respectivamente, 14:37 y 15:45 minutos de duración). Sin embargo, aunque los eventos tomados por Tudor sean más reducidos, estos destilan una musicalidad sin parangón, ya -como en los anteriores Klavierstücke- por un sabor tan de época, ya por una técnica sobrehumana que hace de este compacto la más recomendable referencia para adentrarnos en los primeros once Klavierstücke de Karlheinz Stockhausen por medio de unos registros verdaderamente históricos, tal y como señala Hat Hut. En todo caso, hemos de corregir aquí al sello suizo, que califica en la contraportada de este disco a estas tomas como las primeras grabaciones mundiales de los Klavierstücke, puesto que por las páginas de Mundoclasico.com ya pasó (el 28 de agosto de 2017) la grabación del concierto en vivo que el propio Tudor realizara en Darmstadt, el 8 de septiembre de 1958 (NEOS 11630), con el Klavierstück XI en programa; es decir, once días antes de realizar este registro en estudio en la WDR de Colonia. Más allá de su innegable valor histórico, era la publicada por NEOS una versión menos interesante que estas cuatro que presenta Hat Hut, ya por una menor duración (6:01 minutos) y presencia de formantes de la partitura, ya por una pésima toma de sonido monoaural que parecía no once días anterior, sino treinta años más antigua...

...así pues, por lo que a las tomas de sonido se refiere, estamos ante unos registros impresionantes en comparación con otras grabaciones pianísticas de los años cincuenta, editadas aquí por Hat Hut en 24 bits con una transferencia que respeta la fantástica sonoridad original: un piano de gran naturalidad, muy timbrado y bien espacializado (resultando, incluso, más definido y disfrutable que registros digitales tres décadas posteriores, como el de Herbert Henck). La presentación del compacto vuelve a ser la tan distintiva de Hat Hut, en una carpetilla con las notas impresas en el propio cartón, aquí a cargo de Kyle Gann (las mismas que había firmado en noviembre de 1993 para la primera edición de este compacto). Así pues, un cuarto de siglo más tarde, en 2018 vuelve a lanzar Hat Hut al mercado la reedición de uno de los discos más recomendables de Karlheinz Stockhausen: la primerísima puerta de acceso a sus soberbios Klavierstücke en manos de uno de los mejores pianistas del siglo XX, aquí en verdadero estado de gracia.

Este disco ha sido enviado para su recensión por Distrijazz.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.