Alemania

Cantaros en el desierto

Esteban Hernández

viernes, 3 de mayo de 2019
Múnich, miércoles, 10 de abril de 2019. Bayerische Staatsoper. Puccini: Madama Butterfly. Wolf Busse, puesta en escena. Otto Stich, escenografía. Silvia Strahammer, vestuario. Intérpretes: Cio Cio San, Ermonela Jaho. Suzuki, Analisa Stroppa, Riccardo Massi, B. F. Pikerton. Niamh O’Sullivan, Kate Pikerton. Boris Pinkhasovich, Sharpless. Ulrich Reß, Goro Najoko. Coro de la Bayerischen Staatsoper (Stellario Fagone, director). Bayerisches Staatsorchester. Antonino Fogliani, dirección musical. Ocupación. 100%
Ermonela Jaho © 2019 by Wilfried Hösl

La Madame Butterfly muniquesa sigue arrastrando un soberbio pecado, que no es si no el de perpetuar la puesta en escena de Wolf Busse (de finales de los años 70). No queda por ello otra opción que recurrir a un elenco que llame la atención de manera poderosa a un público que, todo sea dicho, tampoco se demuestra particularmente exigente, como es el de la temporada de abono.

Si el año pasado el vetusto pastel fue coronado singularmente por María José Siri, quien había abierto la temporada de La Scala (2016) en su debut como Cio Cio San, este año el dulce fue coronado por dos perlas naturales, cuales fueron la soprano albanesa Ermonela Jaho y la Suzuki (también proveniente de ese debut scaliero) de Analissa Stroppa.

Si en anteriores ocasiones la escena en sí se nos podía hacer fatigosa, en esta la luz que desprenden ambas protagonistas hace que aquello que las rodea se hunda en la lobreguez y se nos aparezcan dos cántaros de agua fresca en pleno desierto.

Ermonela Jaho no tiene una voz particularmente atractiva, como tampoco la tenía Callas, ni amplia, ni particularmente segura, si bien sus pianissimi son granos de sal gruesa esparcidos en el chocolate amargo... pero nada de eso importa cuando tienes en frente a quien con tanto acierto y éxito entiende el sentido de la ópera en general y del drama en particular. La soprano albanesa está seguramente más atenta a qué canta y cómo lo canta que a la técnica en sí, y eso se escucha, se aprecia y se disfruta. Es diametralmente opuesta por ejemplo a la citada Siri, precisa, pulcra, preparada, pero parca en la teatralidad – también vocal – que precisan muchos de sus personajes, aunque tras sus intervenciones uno siempre salga agradecido sin mácula.

Jaho tuvo además una inestimable presencia a su lado, porque me atrevería decir que no existe a día de hoy una Suzuki que pueda hacer la más mínima sombra a la de Analissa Stroppa. A sus inmensas capacidades dramáticas, le suma la calidad y calidez de una voz agraciada en su color, precisa en su devenir y natural en su fraseo. Stroppa es una de esas artistas de obligado cumplimiento, por talento y desempeño, a la que todo amante de la ópera le debe reservar siempre un hueco en su calendario.

Riccardo Massi se demostró como un tenor garantista, seguro en el registro agudo, si bien el título de Puccini penaliza un instrumento tendente a la opacidad y en terca lucha de fuerzas entre la pulcritud técnica y el resultado. Del resto del reparto destacó sin duda la actuación de Boris Pinkhasovich, un Scharpless punzante pero pulcro en su línea y dicción, con una interpretación que nos abrió el apetito de cara al venidero Ford de la nueva producción de Falstaff – puesta en manos de Kirill Petrenko – programada para el festival de 2020 .

La dirección de Antonino Fogliani – en sustitución del programado Karel Mark Chinchon – a pesar de mostrarse ansiosa en el gesto fue correcta en el resultado, con particular acierto en el aprovechamiento de la sección de viento metal, incisiva y acertada en todas sus intervenciones.

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