Mahler es una feliz constante en la actividad de Robert Treviño al frente de la Sinfónica de Euskadi y es también, con seguridad, uno de los compositores con los que el potente maestro se siente más seguro y conocedor, más familiar: no hay en Mahler resquicio, no hay silencio, no hay matiz que Treviño eluda o ignore, y ciertamente se puede asegurar que su orquesta le sigue fielmente en esta exploración sonora de largo aliento. Inevitable recordar unas palabras del director dichas hará un par de temporadas: “La Sinfónica de Euskadi y yo mismo perseguimos promover la empatía, el amor, la pasión y la fuerza entre nuestro público y el mundo”. ¿Qué representa el mundo en esa frase? Representa la simbiosis entre música y mundo, la música en su poder de evocación, convocatoria y transformación. Es evidente que, quizá más que ninguna otra, la…
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