El ‘sí se puede’, hoy tan de moda, sirve también para definir algunas cosas en música clásica. Por ejemplo, para explicar por qué un concierto vocal de cámara sin hacer la menor concesión en el programa y los números fuera del mismo -aunque no llene hasta los bordes una sala inmensa como ésta (el Wigmore Hall, toda una referencia, tiene 750 butacas si no me equivoco, o sea algo menos de dos mil que la sala grande del Palau)- no sólo está muy por encima, como resultado artístico, de otros que sólo buscan la mayor gloria (si es posible) de algún solista conocido (sobre todo si es un tenor), sino que revelan, por oposición, la deformación y el bajo nivel de estos últimos.
Y eso fue lo que pasó esta vez. Dos artistas exquisitos, comunicativos y simpáticos, pero sin demagogias o ‘captatio benevolentiae’ (¿tengo que traducir?), fueron capaces…
Comentarios