Acertadamente, Cendrillon fue presentada como “cuento de hadas” ya en ocasión de su estreno en la Opéra Comique en 1899. Porque como “ópera” no sirve demasiado. La acción es lineal, amanerada, y sin progresión dramática. Uno tiene la sensación de estar dando vuelta cada hoja de un precioso librito de tapa dura exclamando en cada caso un “¡ay pero que bonita!”, ante el descubrimiento de una nueva ilustración en colores, preferentemente protegida con papel de arroz para que nuestros pulgares no la ajen.
¿Cómo comparar tanta preciosura con esa Cenerentola rossiniana en que cada personaje parece saltar de la escena para morder la yugular del público con una irresistible vena cómica? En Cendrillon en cambio los personajes pasan como en un desfile de modelos, haciendo monerías o caritas de tristeza. Y el espectador apenas alcanza a sonreír…
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